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Plaza Pública

La lucha es por la igualdad

Publicada el 21/10/2018 a las 06:00 Actualizada el 20/10/2018 a las 14:01
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“Los que culpan de la crisis de la izquierda a su excesiva atención a las cuestiones posmateriales (ecología, feminismo, derechos civiles) a costa del conflicto de clase, ¿qué modelo de  izquierda "materialista" exitosa tienen en mente?”.
José Fernandez Albertos


Con su pregunta, Fernández Albertos tiraba con bala, citando sin nombrarlos ciertos discursos que establecen un debate con una dicotomía, con un trade off, entre “diversidad” y “clase trabajadora”, un marco en el que el aumento de las reivindicaciones y los éxitos de la diversidad perjudican la lucha obrera y explica el crecimiento de la ultraderecha entre los trabajadores.


Es este el debate más vivo que hay en la actualidad dentro de la izquierda, con posicionamientos orbitándolo por parte de gente como Alberto Garzón, Julio Anguita o Manolo Monereo. Es un debate importado, derivado de escritos como el de Owen Jones y su Chavs, el de Francis Fukuyama en su Against Identity Politics, o el de Mark Lilla en su ensayo El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad. Y se ha trasladado casi de manera mecánica a España por Daniel Bernabé en su ensayo La trampa de la diversidad, en el que califica la lucha por la igualdad social de la mujer y la diversidad como una herramienta neoliberal, una “trampa neoliberal” para la izquierda y como culpable de la frustración de las clases populares y de la clase obrera, lo que, por tanto, estaría abriendo la puerta a la ultra derecha para crecer entre dichas clases.


¿Un dilema competitivo?

Parte del marco de este debate asume una primera tesis, que existe un tradeoff, un dilema competitivo, una dificultad de simultanear las luchas “simbólicas”, “posmateriales”, compuestas por elementos conceptuales, ideológicos, lingüísticos, de gestos (políticas de reconocimiento) y minoritarias y la lucha “real”, “material”, la clase trabajadora y obrera, la lucha verdadera que afecta a todos y que engloba todas las demás luchas, aunque no lo sepan. Desafortunadamente, además de no explicar por qué la igualdad de la mujer o la diversidad no son materiales, no se explica tampoco el por qué de esta dicotomía competitiva, el por qué compiten y se perjudican entre sí la lucha por la igualdad económica y la lucha por la igualdad social. No se explican los mecanismos ni se exponen los argumentos que justificarían que el avance de una igualdad perjudica a la otra, más allá de apelaciones genéricas a la “división” que generan y las peticiones de volver a la clase, en realidad argumentos circulares.

Este marco asume además una jerarquía desde lo normativo, obviando que la importancia política real de las luchas no se define en la teoría o en el deber ser, se define en la praxis, en la acción, en el resultado. Una lucha es efectiva políticamente si logra movilizar y activar, si logra éxitos en políticas públicas, si logra extender su marco discursivo hasta que, incluso tus oponentes, deben asumirlo. Y una lucha que, desde lo normativo es éticamente deseable, pero que no logra politizar por su estrategia, por ejemplo, la lucha por la igualdad económica articulada desde la “clase obrera”, ha de repensar su estrategia. Achacar a otras luchas políticas su fracaso o su falta de impacto, es hacerse trampas al solitario.

Porque si entendemos este debate exclusivamente como un toque de atención sobre la importancia de lo económico, podemos afirmar que es positivo. Los avances en la igualdad social no han ido parejos con avances hacia la igualdad económica entre determinados grupos, especialmente los hombres. Los avances en derechos e igualdad real y efectiva de la mujer y la diversidad no se han traducido en más derechos económicos y laborales. Pero ¿esto se debe a que las luchas por la igualdad social son una “trampa neoliberal”? ¿O, más bien, se debe a la incapacidad del actual discurso sobre la igualdad económica de politizar esa desigualdad, de generar una identidad aglutinante alrededor de esta opresión? ¿No es un reconocimiento explícito de la victoria de neoliberalismo, de su trabajo en individualizar a aquellos que sufren la desigualdad económica, el considerar más viable elaborar discursos que culpen de su fracaso a las luchas por la igualdad social que articular un discurso inclusivo y que movilice a los que sufren la desigualdad económica? Parece que es más fácil señalar a los grupos minoritarios y a las mujeres como culpables del fracaso de la lucha contra la desigualdad económica que plantear una alternativa viable.

¿La diversidad alimenta a la ultraderecha?

Y esto nos lleva a la segunda tesis implícita e incluso explícita en el debate: la excesiva apuesta por la igualdad social y la diversidad es responsable del ascenso de la ultraderecha. Al afirmar la existencia de ese dilema competitivo entre igualdad social e igualdad económica, se asume que una supuesta apuesta excesiva por la igualdad social, de las mujeres y la diversidad han llevado a la izquierda a abandonar la lucha por la igualdad económica. Esto estaría afectando especialmente a las clases populares y la clase trabajadora, al invisibilizar sus reivindicaciones. La conclusión final es que la prioridad excesiva por la igualdad social, de la diversidad y la mujer, sería responsable del ascenso de la ultraderecha, que, según se afirma, estaría creciendo entre las clases populares o trabajadoras olvidadas, hartas de que otros mejoren su situación mientras ellos empeoran.

Dejando a un lado que no existe un dilema competitivo entre igualdad social e igualdad económica, este argumento parte de varios errores. Para empezar extrapola como dato cierto para otros países lo sucedido en el caso francés, donde la ultraderecha de Le Pen sí logra buenos resultados entre los trabajadores. Desde este único caso que obsesiona a la izquierda, se asume que la ultraderecha atrae a la clase obrera, a los más pobres, algo que, según los datos que tenemos, no es cierto en Italia con la Lega de Salvini, ni en EEUU con Trump, ni según algunos datos preliminares a Bolsonaro en Brasil, ni tampoco en España con VOX. Es posible que en otros casos se pueda cumplir este mito sobre el voto obrero que pasa a la ultraderecha, pero como ilumina Alberto Garzón en este artículo, analizando las características de los partidos de ultraderecha, lo que comparten estos partidos son sus planteamientos autoritarios, su oposición a la igualdad social, a los derechos civiles, independientemente de su posición respecto a la redistribución económica, con casos como Aurora Dorada (Grecia) o Jobbik (Hungría), en posiciones netamente a favor de la igualdad económica. Para continuar, obvia los datos, que señalan, como apunta de nuevo Garzón, que los partidos en España no han reducido sus demandas materiales, sino que, al revés, estas han crecido, lo que negaría frontalmente que se estuviese abandonando las reivindicaciones materiales, aunque sea posible que estas reivindicaciones materiales no estén logrando conectar y politizar a la mayoría social.

Y para terminar, se invierte la dirección de la causalidad, culpando a la diversidad de la frustración, rabia e indignación de los votantes, rabia y frustración que llevaría a una polarización y al voto anti establishment, cuando en realidad, la rabia y la frustración es previa, se produce por causas económicas y sociológicas (pérdida de expectativas vitales, pérdida de dignidad) y el señalamiento de las minorías o la diversidad es su consecuencia, convirtiéndose estas en un chivo expiatorio justificado discursivamente.

La irresponsabilidad histórica

Y aquí es donde se hace evidente la gravedad de este discurso rojipardo. Si entendemos que, debido al momento histórico, al clima social de rabia, descontento y frustración, existe mucha gente que busca culpables, sean los de arriba, sea el gobierno de Madrid, sea Cataluña, sea el feminismo, o lo que sea, articular un discurso señalando que hay un dilema competitivo entre igualdad económica y social y señalar como responsable a la diversidad del ascenso de la ultraderecha calificándola como neoliberal, tiene un efecto de crear realidad, de establecer un marco explicativo para personas que se identifican de izquierdas en el que el problema, la trampa, la amenaza, es la diversidad. Siendo claros, este discurso es una versión del discurso de ultraderecha para consumo desde la izquierda. Cuando se dice o insinúa que hay que priorizar a la clase trabajadora (¿“la clase trabajadora primero”?) o que la economía “es lo que sí nos afecta a todos” (y no es cierto, la pobreza afecta a los pobres igual que la discriminación a los discriminados), se ve con claridad que este discurso es la versión de izquierdas del discurso de ultraderecha que señala a las minorías como culpables. De hecho, si cambiamos “clase trabajadora” por “españoles” y “economía” por “España”, veremos que en el discurso solo cambia el sujeto (españoles o clase trabajadora), manteniendo la diversidad como el problema, como neoliberal, como trampa, como amenaza.

Este es un discurso clásico que pone al penúltimo a luchar con el último. Y esto es así independientemente de que se afirme lo contrario declarativamente de vez en cuando: el marco discursivo de “problema-solución” establecido tiene muchísima más potencia que cualquier “disclaimer” ocasional. Incluso si asumimos la mejor buena fe de los defensores de este discurso, el efecto del mismo puede escapar completamente a sus intenciones y ser interpretado en términos de “la trampa es la diversidad” por parte de una gran cantidad de gente, especialmente en este momento histórico de búsqueda de culpables, en el que la diversidad es particularmente vulnerable, como sabemos por el aumento desmesurado de la violencia contra las minorías en Italia, Reino Unido, Alemania o el más contenido en la propia España, en la que este tipo de delitos de odio han aumentado un 13% de 2013 a 2016.

El momento histórico

¿Qué es lo que explica, por tanto, este momento histórico de cambio, de ruptura de sistemas de partidos, de ascenso de figuras anti establishment como Trump, Bolsonaro, Salvini, Andrés Manuel López Obrador, o de pretendidos outsiders políticos como Macron? ¿Por qué vuelve la ultraderecha, por qué feudos como el de Baviera, donde la CSU ha gobernado con mayoría absoluta durante 61 años, quiebran? No es fácil encontrar una explicación.

Que el clima internacional es agitado es algo que no es necesario demostrar. Los partidos tradicionales y especialmente la socialdemocracia y la derecha tradicional, están quebrando. Tras la salvaje crisis de 2008 hay una enorme frustración acumulada, se percibe que el contrato social está en cuestión, no se reconoce a las instituciones políticas tradicionales como efectivas, como capaces de solucionar el problema. Lo económico es posible que haya sido el detonante y haya generado un magma de descontento, pero cómo se solidifica ese magma depende de muchos elementos, algunos de ellos discursivos, otros institucionales, otros mediáticos, otros muchos desconocidos.

En el fondo, podríamos resumir el clima social como un sentimiento social, como una dinámica de masas, colectiva, en la que la frustración y el descontento han activado un deseo de cambio acelerado, que rompe esquemas e instituciones muy asentadas. Y junto con ese deseo de cambio, aparecen el miedo y la reacción, la respuesta de los que ven las cosas cambiar rápido y no quieren que cambien, como sucede en EEUU entre los blancos que sienten perder el control. Frustración, rabia y miedo, un cóctel de sentimientos negativos que estaría llevando a un repliegue identitario generalizado, una dinámica de buscar culpables fuera de tu grupo más próximo, identitario, sea ese grupo la nación española, sean las mujeres, sean los LGTB+, los blancos, sea Cataluña, sea la clase trabajadora.

Ante la incertidumbre y el miedo, buscamos a los nuestros, buscamos a los que nos dan la razón, a los que pensamos que nos apoyan contra el resto del mundo. Y es esta dinámica de repliegue identitario la que está llevando a un fundamentalismo discursivo, a identidades cada vez más excluyentes y conflictivas con el resto. El tono es de conflicto continuo, de choque buscado, con Cataluña, con Madrid, con los inmigrantes, incluso dentro de los colectivos, estos se fragmentan más y más, peleando internamente entre sí, buscando cada vez más un espacio más puro, más tuyo, más seguro.

Esta dinámica de repliegue y cierre identitario extremo se ve agravada por las redes sociales, que fomentan la aparición de burbujas, que promueven el no escuchar a quien te molesta o te agrede con sus críticas y su tono elevado y agresivo. De manera efectiva, se vuelan los puentes y se polariza a la gente. La tolerancia, el respeto, saltan por los aires y solo se busca el conmigo o contra mí, activándose la ofensa con facilidad, gracias a herramientas como Twitter. Y cuando logramos quedarnos solos con los nuestros, comienza un proceso perverso de retroalimentación discursiva, en la que, desconectados de la mayoría, se elaboran discursos cerrados, de autojustificación, incomprensibles por la mayoría, por los otros, que en muchos casos son percibidos como el enemigo a batir.

Toda esta dinámica social de frustración, deseo de cambio, miedo, reacción, repliegue identitario, fundamentalismo discursivo, conflicto, voladura de puentes y retroalimentación discursiva, se intensifica por momentos y es ya independiente de la situación económica y social. Da igual lo que se haga, la rabia y la ira están en el aire y, de no pararse, nos pueden llevar al desastre, como sucedió en otros momentos históricos.

Hacia la igualdad se va juntos

Desde un punto de vista progresista, el objetivo final, el proyecto de sociedad, es una sociedad con mayor igualdad, mayor igualdad económica y mayor igualdad social, más redistribución y predistribución económica y eliminación de la estratificación social por género, orientacion o identidad sexual, racialización, etnia, diversidad funcional… En resumen, se busca una igualdad final, real, efectiva, una igualdad de poder, una capacidad efectiva de tener vidas dignas, dentro de la libertad de poder ser, de la diversidad, de vivir como uno quiera. Y para que exista esta igualdad final, esta debe llegar a todas y a todos. Si la igualdad es solo entre unos pocos, o se establecen jerarquías o prioridades en aspectos de la igualdad, (o como diría el cerdo Napoleón si “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.”), deviene en desigualdad.

La mejor manera, por tanto, de avanzar hacia la igualdad es hacerlo de manera conjunta, colectiva, sumando y convenciendo a la mayoría, y más en este momento histórico, en el que la falta de discursos colectivos, amplios, omnicomprensivos, que incluyan y no nieguen la diversidad, se hace cada vez más necesario. La igualdad lo es independientemente de que sea en lo económico o en lo social. La búsqueda es la misma y las alianzas entre ambas búsquedas no solo son posibles sino imprescindibles, como ilustró magistralmente la película Pride.

Necesitamos por tanto, hoy más que nunca, puentes, luchas comunes, colectivas, que articulen todas las luchas sin negarlas, que no jerarquicen, que no subordinen, que no nieguen, que no culpen ni señalen a los demás, que no ataquen, sino que escuchen y unan. Necesitamos enfrentar el miedo y la tensión con tranquilidad y sosiego, necesitamos actuar con calma y desterrar el miedo, la rabia y el conflicto. Necesitamos buscar aliados, amplios, que sumen. Necesitamos convencer al conjunto de la sociedad, no a los nuestros y menos replegarnos sobre los nuestros. Necesitamos dejar de decir quién puede y quién no puede hablar, o participar y opinar, y volver a escuchar, incluso a los que nos odian y no nos entienden, precisamente para explicarles las cosas y que dejen de odiarnos y logren entendernos.

Hacia una sociedad mejor, igualitaria, vamos todos juntos, escuchándonos, con serenidad, diálogo y debate colectivo, buscando lo común en nuestras luchas en vez de señalarnos mutuamente como culpables, neoliberales, trampa, amenazas.

Sé que el momento histórico que vivimos nos impulsa a buscar culpables, a afirmar que hay dilemas competitivos, a asegurar que el otro alimenta a la ultraderecha y que la solución es volver a reatrincherarnos, sea en la clase trabajadora, sea en cualquier otra identidad.

Pero las trincheras y el miedo solo sirven para la guerra. Salgamos de ellas, y hablemos.
_______

Ignacio Paredero es activista LGTB+, sociólogo y politólogo.
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1 Comentarios
  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 21/10/18 08:56

    La libertad empieza a ser real cuando se llega holgadamente a fin de mes. Hasta entonces se es una víctima de la libertad de enriquecerse obscenamente que ejercen los demás. De 1900 a 1950 gracias a ls reivndicacions sindicales de sindicatos serios y comprometidos con los trbjadores la jornada laboral se redujo un 50 % de la mano del desarrollo científico y tecnológico que incrento la productividad laboral. Eso permitió que la riqueza creada gracias a ese desarrollo se reepartiera entre los trabajadores por la vía salarial, ¡que es el mejor instumento de justicia social! A nadie se leocurrió proponer¡ que se quemaran los telares! Todos aooyaron este desarrollo tecnológico que por la vía laboral mejoraba su bienestar. Y la riqueza creada fue tal que dio para despilfarrarla destruyendo dos veces Europa y una vez parte de Asia y volver a reconstruirlas en mejores condicionnes. El desarrollo tecnológico del último medio siglo ha sido muy superior ¡pero no se ha reducido la jornada laboral!, para repartir esa riqueza entre todos. El resultado ha sido que los ricos han alcanzado niveles de riqueza que superan la más obscena obscenidad nunca imaginable y los pobres han regresado al S. XIX. Sólo una acomodación de la jornafda laboral reduciendo de nuevo drásticamente la jornada laboral ¡que ha demostrado experimentalmente ser el mejor instrumento de repartor de la riqueza!, y mucho más justo y equitativo que las subvenciones!, permitirá reequilibrar la economia. El problema es la falta de demanda, la que no pueden hacer los trabajadores. Ellos, además, han perdido su llbertad porque no llegan a fin de mes. Muchos ni siquiera a la tercera semana. Mientras los gobiernos y sus torpes economistas, no se enteren de esta realidad y los sindicatos no la exijan como hicieron en 1900, seguiremos sin demanda y con un retroceso en el magro estdo de bienestar que esábamos empezando a conseguir.

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