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Chato y el futuro

Luis Suárez-Carreño
Publicada el 30/03/2020 a las 20:35 Actualizada el 30/03/2020 a las 21:06

No hablaré casi del pasado, aunque mi amistad con Chato se remonte al pleistoceno: es decir, al final de los años 60, cuando las cenizas de las barricadas de París fueron traídas por un vendaval hasta Madrid, mezclándose con el humo de los primeros porros, junto a las primeras resacas de vino barato y los primeros amoríos. Las primeras pedradas, carreras y los primeros cócteles molotov. Y las primeras militancias y clandestinidades. Ya entonces él se llamaba Chato, solo Chato, no teníamos nombre ni apellido, sólo un apodo, inmutable, y un nombre de guerra contingente que cambiaba cada poco tiempo, el poco que tardaba la policía en dar un nuevo palo a nuestra frágil organización.

Desde aquellos tiempos han transcurrido 50 años de amistad inquebrantable y vidas paralelas. Venturas, desventuras… algunas compartidas, otras seguidas muy de cerca, incluso cuando nos encontrábamos transitoriamente en diferentes continentes. En este par de días transcurridos desde el fallecimiento de Chato Galante ha sido tal la erupción de testimonios y rememoraciones, en la mayoría de los casos por parte de personas más objetivas que yo para valorarle, que sobra por mi parte redundar en la importancia de su obra y su huella; no hay más que repasar la hemeroteca en estos días para calibrar su dimensión; tiempo habrá también para homenajearle como merece, una vez disipadas –en alguna medida– la pena y la rabia. Hablaré en cambio del presente y sobre todo del futuro, que de esto es de lo que le gustaba hablar a Chato desmintiendo machaconamente ese prejuicio de que estar en la cosa de la memoria y la justicia era estar anclados en el pasado.

Nuestro último afán, común y colectivo, al que me convocó Chato hace 10 años, ha sido efectivamente el de la lucha contra esa impunidad del franquismo que a estas alturas ya es como una ciénaga viscosa en el que se hunden nuestros pasos y que nos legó la Transición. Una impunidad que entronca en, se retroalimenta de, unas políticas de desmemoria, o de negación histórica, también persistentes, omnipresentes. En suma, la lucha contra la impunidad entendida como una parte nuclear de la construcción de la memoria democrática: justicia y memoria como déficits morales que asolan la calidad de la vida pública y la cultura democrática en nuestro país. Y que, de hecho, no son sino expresiones elementales de la aspiración al pleno vigor de los derechos humanos, que, increíblemente, no están del todo reconocidos entre nosotros.

El sentido que Chato y La Comuna hemos querido dar a esta lucha tiene cada vez más que ver con lo que viene que con lo que ya se fue. Es evidente que memoria es en muchos sentidos equivalente a conciencia; la conciencia democrática es la argamasa de nuestra fábrica social. Y la justicia sus sillares. Si nos fallan la conciencia y la justicia, ¿cómo enfrentar los desafíos globales del presente y los terribles retos del futuro (como los que contemplamos naufragar diariamente frente a nuestras costas)?

De esto es de lo que va en realidad, por ejemplo, el asunto del torturador González Pacheco (Billy el Niño); es un asunto mucho más grave y pernicioso de lo que trasluce su tratamiento periodístico. Chato y yo coincidimos hace pocos meses en un bolo mediático, seguramente el último que hicimos juntos, para una televisión pública autonómica que quiso grabarnos frente a la casa de González Pacheco. Allí coincidimos en señalar a las periodistas que este personaje, sus complicidades oficiales hasta el presente y sus condecoraciones, son sólo un síntoma, no el centro de la cuestión. La cuestión, hay que repetirlo, es el negacionismo del fascismo patrio –denominación de origen franquismo–, el blanqueo de la dictadura y la discriminación institucionalizada de unas víctimas respecto a otras. La cuestión es el déficit democrático en el que está sumergida nuestra conciencia –memoria– colectiva; la cuestión es el no acceso a la justicia de decenas de miles de personas.

Se puede sin duda expresar de manera mucho más políticamentecorrecta y elegante, pero lo diré de forma que se entienda fácilmente: ¿Qué mierda de sociedad es esta en la que hay que ser una víctima desamparada por el sistema judicial para merecer el reconocimiento post mortem? ¿Qué jodidos valores son los que estamos legando con estas incoherencias éticas a las generaciones que nos siguen?

Chato no fue una víctima desvalida, fue un resistente activo contra la tiranía y sufrió una represión que siempre supo era el precio probable a pagar. Su aspiración hoy, igual que entonces, no ha sido saldar alguna deuda personal, sino levantar una hipoteca, aliviar un lastre que arrastra toda la sociedad. Que amenaza al futuro en libertad de esa sociedad.

Esta aspiración, hoy, va a ser más exigente que hace unos días; vamos a extrañar, y mucho, la fuerza de Chato; aunque notemos siempre su aliento y nos inspire su ejemplo, no supliremos fácilmente su inmensa ausencia. Pero hay algo importante, de lo que él, al menos a mí, me convenció: que es una lucha a la que vale la pena entregarse. Porque se trata del futuro, lo sabemos bien, Chato, siempre fue por el futuro. Ese futuro que está siempre un poco más allá de nuestro alcance vital.

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