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'Killing Eve': feminidad letal

• La serie protagonizada por Sandra Oh y Jodie Comer subvierte los mecanismos del thriller convirtiendo a asesina y agente en personajes femeninos
• En verano, infoLibre recupera algunas de las mejores ficciones televisivas de la temporada que quizás hayan quedado sepultadas en la avalancha de estrenos

Publicada el 31/08/2019 a las 06:00 Actualizada el 30/08/2019 a las 21:26
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'Killing Eve'.

Fotograma de 'Killing Eve'.

HBO España
El argumento es de sobra conocido: un detective íntegro e inteligente persigue a un asesino en serie tan despiadado como brillante. El primero quizás se encuentra en conflicto entre el Bien, al que ha dedicado su vida, y el Mal, que le fascina. El segundo se topa por primera vez con alguien a quien considerar su igual, alguien a quien desafiar, alguien que entenderá al fin su idea del crimen y con el que podrá conversar a través del delito. El primero caza al segundo hasta que el segundo comienza a perseguir al primero. En esa búsqueda mutua, esos dos espíritus solitarios e incomprendidos, cada cual a su manera, quedan conectados por un vínculo extraño, algo que no es exactamente camaradería, que no es exactamente admiración, un lazo casi físico que hace del uno el reflejo del otro. Killing Eve se sirve de ese tropo de polis y cacos, aplicándole una sencillísima vuelta de tuerca: ambos personajes son femeninos. Después del éxito de su primera temporada, la serie estrenó en abril su segunda entrega para la cadena BBC America (disponible en España a través de HBO), por lo que pasa a formar parte de esta sección que recoge aquellas series que, perdidas en unos catálogos crecientes, pueden haber pasado desapercibidas para el espectador.

Eve (Sandra Oh) es una agente con un marido adorable que acabará envuelta en una compleja trama de espionaje cuando se tope con Villanelle (Jodie Comer), una refinada asesina a sueldo. Phoebe Waller-Bridge, showrunner de la primera temporada –decidió no continuar con la segunda–, hizo reposar la trama sobre estos dos pilares, que se mantienen en pie gracias en gran medida al trabajo de actuación de las intérpretes que les dan vida: Oh y Comer acapararon juntas una docena de nominaciones a los principales galardones televisivos, la primera se hizo con un Globo de Oro y la segunda con un galardón de la Academia Británica de Televisión, entre otros. Como en su celebrada producción televisiva, Fleabag, los personajes de Waller-Bridge (o, más bien, sus personajes femeninos) tienen una profundidad misteriosa, una densidad abismal que parece trenzada no en los elementos fundamentales de la trama, sino en ciertos gestos, ciertas formas de expresión.

De hecho, ni Villanelle ni Eve escapan del todo a su estereotipo. La asesina lleva consigo la infancia traumática que se le presupone, no tiene familia conocida, mantiene una relación pseudo paternofilial con su empleador y ve un motivo de orgullo en la cuidada orfebrería de sus homicidios. La agente descuida su relación matrimonial para dedicarse a su trabajo, debe enfrentarse a la muerte de un compañero y sospecha de un superior (en este caso, también femenino) que podría estar saboteando su trabajo en favor de la trama criminal. Esta trama, por cierto, es lo de menos. El tiempo que dedica la serie a aclarar para quiénes trabaja Villanelle es mínimo en comparación con el que se toma en desarrollar la relación entre las protagonistas. Tampoco están especialmente interesadas ni Waller-Bridge ni Emerald Fennell –responsable de la segunda temporada– en hacer verosímil la sección del guion dedicada al espionaje internacional, que danza de acá para allá, plenamente consciente de su propia insignificancia dentro de esta particular propuesta artística. Que los malos sean rusos o británicos, que el responsable de la ola de crímenes sea el millonario o sus acreedores, una revelación que en un thriller al uso supondría el clímax de la narración, aquí es una excusa para la interacción entre Eve y Villanelle.

La subversión de los roles de género en los papeles del policía y el ladrón permiten a Killing Eve desarrollar un discurso sobre la naturaleza de la feminidad. Los propios nombres de las protagonistas establecen desde el inicio esta reflexión sobre las implicaciones de la feminidad. En francés, una villanelle es un tipo de poema, pero la sonoridad de La Villanelle podría hacer pensar en una traducción cercana a La Villana, la mujer malvada por excelencia, la mujer que trasciende todas las normas. El de Eve ni siquiera hay que explicarlo: la propia serie juega con Eva, la primera mujer, y la manzana que será su perdición.

Si los asesinos –masculinos– múltiples, los psicópatas de ficción, parecen tener una obsesión con lo femenino –pensemos en Psicosis o en El silencio de los corderos–, Villanelle lo encarna. Su sobrenombre, como estableció Luke Jennings en la saga de novelas en las que se basa la producción, proviene de un perfume inventado por el autor, el favorito de Madame du Barry, última amante de Luis XV, ejecutada en la guillotina. La criminal de élite vive en un lujoso apartamento en París, uno en el que no sería difícil imaginarse a Carrie Bradshaw de Sexo en Nueva York, y gasta su abundante salario en alta costura y marcas de lujo. Una de las armas de Villanelle es su manejo de los idiomas, que le permite cambiar de un acento a otro sin esfuerzo, algo que une a un gusto por el disfraz. Pero quizás su mejor recurso sea otro. Con su cabello rubio, sus ojos claros y su cara aniñada, ¿quién podría sospechar de ella? No lo hacen, desde luego, sus víctimas, a menudo hombres poderosos que ven en ella bien un objeto sexual bien una pobre chiquilla necesitada de protección, con frecuencia ambas cosas. Lo que la hace verdaderamente letal es el disfraz que siempre lleva puesto: el de mujer.

Waller-Bridge ha contado en varias entrevistas cómo escribir un personaje femenino que no siente culpa resultó muy liberador. “Nuestras normas y códigos morales no tienen validez [para Villanelle]”, contaba a Vogue, “vive sin miedo alguno a las consecuencias. No he visto un personaje así nunca”. Es lo que fascina a Eve, una mujer de mediana edad ahogada por su propio aburrimiento que ve en Villanelle la posibilidad de ser otra. Quizás la posibilidad de vivir sin miedo, sin culpa, sin responsabilidad, movida solo por los propios instintos y necesidades primarias, una existencia dedicada al lujo, al placer y al poder liberador de la violencia. Killing Eve, pese a los asesinatos y la sangre, tiene un aire de fantasía de escapismo.

La serie se atreve a ir un paso más allá en la relación tradicional del thriller o la novela policiaca entre perseguidor y perseguido. Si a menudo el lazo entre el ratón y el gato parece trascender la mutua admiración y la fascinación parece entrar sutilmente en el terreno de lo erótico, Killing Eve lo abraza sin disimulo. Los regalos que Villanelle le hace a Eve –vestidos, guiños en la escena del crimen– no son aquí muestras veladas de una invitación que podría ser amorosa, como en otras ficciones, sino un claro acto de cortejo. El espacio mental que la agente dedica a su nueva presa se extiende como una niebla tóxica por toda su vida, y tampoco se salva su imaginario sexual: Eve se descubrirá, en un momento dado, sintiendo deseo por la refinada psicópata, y la serie decide no dejar esto en el plano del subtexto, sino hacerlo explícito. En la segunda temporada, los guionistas deciden acortar la distancia entre ambos personajes, explotando con más intensidad este filón, este sencillo mecanismo con el que Waller-Bridge subvertía fielmente los engranajes del thriller. Pero la tensión sexual, ese eficaz elemento narrativo capaz de aderezar cualquier salsa, es también frágil. Habrá que ver si la serie consigue mantener el equilibrio entre los dos polos, la mujer y la villana, en una tercera temporada ya en producción.
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