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Malas noticias

Miguel Sánchez Romero.

A partir de este sábado los españoles podrán prescindir del uso de mascarillas en sitios abiertos. Una desgracia para quienes descubrimos en ellas la oportunidad de reafirmar nuestro patriotismo estampándoles una bandera en el lateral (preferiblemente el derecho). Ahora, los auténticos patriotas no vamos a saber cómo reconocernos por culpa de un nuevo bandazo del Gobierno que nos obliga, prácticamente, a pasar a la clandestinidad.

La mascarilla con la bandera española era el DNI de los patriotas, nuestro saludo de Star Trek. Bastaba echar un vistazo a la mejilla del otro para tener la seguridad de que quien la llevaba era uno de los nuestros. Y si, por casualidad, esa persona había elegido el color caqui de fondo, podías apostar a que además era aficionado a los himnos antiguos y las playlists de la Legión. Tengo un amigo daltónico sin ningún interés por la política que por culpa de la mascarilla ha acabado de concejal de Vox.

La mascarilla servía de guía en tus relaciones con extraños. Cruzarte en la calle con alguien que llevaba en ella la bandera te permitía suponer que compartíais un ideal, una visión del mundo, unos valores que iban desde el “¡Gibraltar español!” a la certeza científica de que hay dos formas de hacer frente a un virus: una de izquierdas y la correcta, la de derechas.

La primera, una concepción cobarde de la medicina que ante una simple febrícula gripal advierte al doctor: “No prolongue mi vida innecesariamente. Si paso de los treinta y ocho aplíqueme la eutanasia”. La otra, más arrojada y varonil, que únicamente considera ensañamiento médico la prescripción de supositorios.

¿Estoy diciendo que todo aquel que llevaba impresa la enseña nacional en la mascarilla pertenece, como yo, a la derecha radical? No. Desgraciadamente, no todos han entendido el compromiso que conlleva portar una bandera. Pero era más fácil imaginar ciertas complicidades con algunos de los que la lucían. Como, por ejemplo, el convencimiento de que su verdadera utilidad no es reunir en torno a un símbolo a un grupo humano sino, más bien, unirlo en contra de otro. Quienes somos expertos en banderas sabemos que, en realidad, la tela es solo una forma de adornar el palo, que es lo verdaderamente importante. Si lo llevas sin adorno se te ven un poco las intenciones.

Una multitud de gente blandiendo palos, ya sea en una concentración en la plaza de Colón o en la celebración de la Diada, daría pistas a las autoridades de lo que nos apetece hacer con quienes nos llevan la contraria.

Personalmente, soy muy partidario de la guerra de banderas porque es la única forma de que dos hombres puedan partirse la cara por diferencias cromáticas sin que se dude de su virilidad. El equivalente hetero a Karl Lagerfeld y John Galiano llegando a las manos por un rojo valentino.

Desafortunadamente, las guerras de banderas solo tienen un ganador: una empresa china. Por lo general, radicada en Yiwu. Es en esa ciudad del este del país donde se fabrican la mayoría de las banderas españolas, esteladas o republicanas que luego, por un módico precio, lucen enfrentados quienes las exhiben. Allí podemos imaginarlas antes de su envío a España, apiladas todas juntas en un almacén de algún polígono industrial, descansando en aparente concordia mientras se odian en secreto.

En la cámara de comercio de Yiwu siguen atentamente el devenir de la política española porque saben que su economía depende de las fluctuaciones del mercado ideológico español. Cada vez que Losa Díez o Glabiel Lufian Losa DíezGlabiel Lufianen la pronunciación autóctona publican un tuit, un gerente chino levanta el teléfono y pide nuevas remesas de tejidos. Por su parte, las escuelas de negocios de la ciudad enseñan a los futuros empresarios que solo hay una cosa que guste más a un español que comprar una bandera para manifestar su apego a una causa: que se la den gratis.

Las banderas han sido siempre mi pasión. Antes de hacerme de derechas, soñaba con ir a una final de Roland Garros y agitar como un loco una republicana al tiempo que gritaba “¡Vamos Rafa!”. Me parecía una buena forma de poner a prueba su concentración. Si no lo hice fue por respeto a la memoria de Azaña. Él era más de Wimbledon.

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