Desde la tramoya

¿Un Gobierno en decadencia?

Luis Arroyo nueva.

Tan pronto como se produjo la abrumadora mayoría de Díaz Ayuso y del PP en las elecciones autonómicas madrileñas, un puñado de portavoces de diverso origen se aprestaron a diagnosticar el comienzo del fin del Gobierno de Sánchez. Por supuesto, los primeros fueron los líderes del PP, iniciando la propia ganadora de las elecciones y continuando su jefe nacional, Pablo Casado.

Se sucedieron luego hasta cinco encuestas (Celeste-tel, Sigma Dos, Gad-3, DYM e Invymark) que sirvieron a los medios de la derecha (aunque también a laSexta) para certificar que, por primera vez, Pablo Casado y el PP se ponían por delante de Pedro Sánchez y el PSOE en intención de voto. Cualquiera pensaría que las encuestas fueron encargadas ad hoc y que sus cocineros pusieron los ingredientes necesarios para anunciar, como hizo La Razón, un “cambio de ciclo”.

Como suele pasarle al muy pusilánime PSOE, enseguida están sus propios cuadros más críticos al quite para darle la razón a los conservadores. Algunos barones que cuestionan la estrategia de Ferraz o de Moncloa (en este caso en particular el fiasco de las mociones de censura en Murcia y en Castilla León). O la baronesa por excelencia, ya en su propia campaña de primarias frente al alcalde sevillano y candidato oficialista. Por supuesto, se les añaden los que ya hace años abandonaron el partido y rechazan por motivos diversos a su secretario general, como los leguinas o corcueras o, en nivel superior, personalidades históricas como Felipe González o Alfonso Guerra.

En definitiva, en una repetición de la historia que ya vivieron antes los tres presidentes socialistas, hay un momento en el que trata de generarse un clima que va desde la hostilidad hasta la simple desconfianza, y que es muy difícil de cambiar si termina por manifestarse. A Felipe González le sucedió entre 1993 y 1996, cuando el “paro, despilfarro y corrupción” produjeron una fortísima erosión en la reputación de su Gobierno, justo después del año triunfal de 1992. A Zapatero le ocurrió entre 2008 y 2011, cuando estalla la crisis económica.

El PP también vivió esos cambios de ciclo, por supuesto. La arrogancia del Gobierno de Aznar con el Prestige, la Guerra de Irak y la boda de su hija, y el cenagal de la corrupción durante el segundo mandato de Rajoy.

Pues bien, tengo la sensación de que se precipitan los augures del cambio de ciclo. Primero, porque hasta ahora los problemas que afronta el Gobierno de Sánchez no tienen ni una décima parte de la gravedad que tuvieron los que dilapidaron la reputación de otros presidentes. Sánchez no tiene a un director general de la Guardia Civil fugado, ni a un ministro del Interior en la cárcel, ni tiene que comparecer ante el Tribunal Supremo por supuesta condescendencia o complicidad con acciones terroristas de los GAL. Tampoco afronta un rechazo del 90% de la población a la participación en una guerra desastrosa.

Es cierto que tiene que lidiar con una crisis económica tan grave cuantitativamente o más que la de 2007, pero la podrá afrontar en condiciones mucho mejores que las que sufrió Zapatero: con dinero europeo a espuertas y con la sensación de que esta crisis nos ha afectado a todos más o menos por igual. De hecho, la gestión de la pandemia, por mucha crítica que se pueda hacer al Gobierno, contará finalmente en el haber y no en el debe del balance, porque muy probablemente el futuro será mejor que el pasado, cuando nos quitemos por fin la mascarilla y la actividad vuelva en plenitud. Es posible incluso que asistamos a unos nuevos “felices años 20”, como aquellos del siglo pasado, si los virus u otros desastres no nos lo impiden. Mientras tanto, ni en Ferraz ni en Moncloa hay realmente contestación, Pablo Iglesias, que era un elemento de ruido en el Gobierno, ya no está y la derecha está, por primera vez en su historia, dividida en tres.

Por supuesto, todo es susceptible de empeorar, y de decretarse el indulto de los presos del procés, la derecha y todas sus terminales van a hacer de la decisión el casus belli más grave desde que la izquierda apoyó “asesinar a bebés” cuando promovió la legislación sobre la interrupción voluntaria del embarazo, o “destruir a la familia” cuando se aprobó el matrimonio homosexual, o la “ruptura de España” y la “traición a los muertos”, cuando se habló con ETA. Como entonces, el Gobierno será objeto de enorme presión, también por parte de algunos supuestos amigos. Quizá como entonces, aguante también el embate. Y la historia termine por darle la razón.

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