Buzón de Voz

Quién miente más: ¿Rajoy o Mas?

No hace falta estrujarse mucho las meninges para sospechar que es imposible sacar fruto del supuesto diálogo entre dos individuos que no hablan entre ellos, sino que cada uno se dirige a su propia parroquia. Son como dos locos hablando solos mientras caminan cada uno por su acera. Lo cual no quiere decir que la razón se ubique en mitad de la calzada, en la equidistancia (casi nunca ocurre). Pero sí cabe preguntarse, a día de hoy y ante la máxima tensión entre Cataluña y España, quién miente o se engaña más: ¿Rajoy o Mas?

- Si Mariano Rajoy hubiera estado “dispuesto a negociar desde el primer día”, como ha proclamado en su declaración institucional de este lunes, habría hecho algo más que cumplir su obligación de aplicar la legalidad vigente. Si de verdad sabe que el problema con Cataluña (o al menos con un porcentaje considerable de su ciudadanía) es de carácter político, hace tiempo que podría haber usado Rajoy herramientas políticas, y no exclusivamente jurídicas.

- Si Artur Mas estuviera dispuesto, como ha reiterado en numerosas ocasiones, a respetar la legalidad, habría defendido y planteado una reforma constitucional antes de convocar una consulta que muy pocos juristas consideran ajustada a la Constitución, cosa que tendrá que dilucidar en todo caso el Tribunal Constitucional en el plazo de cinco meses.

- Si Rajoy cree sinceramente que la consulta convocada es “profundamente antidemocrática” y que “el derecho a expresarse, el derecho a ser escuchado” no se puede “atribuir unilateralmente a una Comunidad” porque se está “sustrayendo ese derecho a todos los demás [españoles]”, entonces tiene muy fácil solucionarlo: hágase una consulta a todos los españoles sobre lo que desean para España y para Cataluña. Si se asume que este problema es netamente político y no exclusivamente legal, esa consulta democrática tendría la misma utilidad que buscan muchos de los que defienden la consulta catalana no vinculante: sabríamos lo que opinan los ciudadanos. Confrontar el resultado dentro de Cataluña y en el resto del Estado sería un ejercicio saludable para saber todos a qué atenernos (incluidos los independentistas). Salvando las muchas diferencias entre el caso de Escocia y el de Cataluña, lo cierto es que el conservador David Cameron proclamó algo que a Rajoy le vendría bien compartir: “soy patriota, pero también soy un demócrata”.

- Si Mas fuera sincero cuando dice que siempre ha querido dialogar, habría estado dispuesto a negociar sus 23 propuestas concretas sobre financiación, competencias, etcétera, sin imponer la convocatoria de la consulta al margen de lo que ocurriera con esa negociación. Dialogar es ceder.

- Si Rajoy fuera sincero en su oferta “permanente” de negociación, habría calibrado la oportunidad de arrepentirse de sus posiciones contra el Estatut aprobado por el Parlament, por el Congreso de los Diputados (tras el famoso “cepillado”) y por el pueblo catalán en referéndum. La forma de recuperar la iniciativa política ante la llamada “ola soberanista” pasaba al menos por poner el contador en el punto anterior a la sentencia del Tribunal Constitucional que en 2010 destrozó lo que habían votado los catalanes.

- Si Mas se creyera de verdad piloto del proceso y no se hubiera sumado a esa “ola” como un surfista del tacticismo político, habría argumentado también esa propuesta: si el Estatut que los parlamentos aprobaron y el pueblo refrendó no cabe en la Constitución, cámbiese la Constitución.

- Si Rajoy pensara honestamente que Mas y Junqueras “se apropian” y “manipulan” la voz del pueblo al identificar este con las manifestaciones masivas convocadas por la Asamblea Nacional Catalana, debería dedicar los fines de semana a recorrer ciudades y pueblos de Cataluña para argumentar las bondades de continuar juntos, en lugar de limitarse a amenazar desde Madrid con la obviedad de que “nadie está en democracia por encima de la Ley” (ojalá además esa obviedad se cumpliera siempre y sin asomo de duda).

El azar ha querido que uno de los momentos más tensos entre Cataluña y España coincida este 29 de septiembre con el 150 aniversario del nacimiento de Miguel de Unamuno, de quien siempre se recuerda aquel gesto de valiente dignidad ante los fascistas en la universidad salmantina: “venceréis, pero no convenceréis”. Convendría releer el incidente completo, como lo ha narrado por ejemplo el hispanista Hugh Thomas, porque, entre otras causas, Unamuno se jugó el tipo (y murió dos meses y medio después) por responder a quienes definían Cataluña y Euskadi como “cánceres de España”, y a catalanes y vascos como “antiespañoles”.

No es lo mismo (ni parecido siquiera) echar mano a la pistola, como hizo el tuerto Millán Astray, que echar mano de la Ley, como Rajoy hace. Pero si de verdad cree prioritario convencer a los catalanes, ya está tardando el presidente en desautorizar, por ejemplo, al eurodiputado Carlos Iturgáiz, que ha calificado la convocatoria del 9-N de “golpe de Estado” para añadir que “ETA y Mas tienen el mismo planteamiento y objetivo, cargarse España”. Desde el PP, y desde no pocos altavoces mediáticos, se pretende más vencer que convencer. Las fábricas de independentismo son las únicas que no cierran por la crisis.

Una vez suspendida la consulta por el Tribunal Constitucional, Rajoy se equivocará si sigue dirigiendo su discurso y su estrategia a sus propios votantes, quizás convencido incluso de que todo este proceso liquidará a CiU y la confrontación con el independentismo puede sumar al PP parte de los apoyos que los recortes sociales ya le han restado. Y errará Mas si piensa que una nueva fase del proceso, con elecciones "plebiscitarias" por medio, puede darle la fortaleza política que nunca tuvo.

Si no se engañan a sí mismos y dejan de engañar a los demás, ambos saben que cualquier solución pasa por abandonar los monólogos. Y, más tarde o más temprano, habrá que consultar a la ciudadanía.

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