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Rita Barberá. Morir con el escaño puesto

Los humanos somos muy de encariñarnos con lo material: con una servilleta del bar donde te besó por primera vez, con una camiseta de aquel concierto de los Stones, con un escaño en el Senado... Te comprendemos, Rita, cuesta tanto desprenderse de las pequeñas cosas, esas que nos remiten a otros tiempos felices cuando, asomados al balcón de la vida o del Ayuntamiento, nos creíamos los amos del mundo... Muy tierno. Muy fan.

Estabas más a gustito que Ortega Cano en un bodorrio, repanchingada en el Senado, al caloret del fuero, cuando el Supremo anunció que abrirá causa penal contra ti por presunto delito de blanqueo. Es ese supuesto pitufeo, de mil en mil, que ha hecho desfilar a tus pequeños hombres y mujeres azules hasta el juzgado.

Dice la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, en el auto que responde a la petición de la fiscalía, que si ha ido a cantar ante el juez toda la tropa azul, no tiene sentido que no acuda quien mandaba en la familia, la portadora del gorrito rojo, Papá Pitufo... Mamá, en tu caso.

Y Mariano, que no se caracteriza por su rapidez de movimiento salvo cuando se entrega a la caminata veloz, tardó nada y menos en pedirte que abandonaras la militancia en el partido. Pero no lo hizo de viva voz, el marrón de llamarte se lo endosó a María Dolores.

Yo me pongo en la piel de Cospedal y me tiemblan las canillas, me imagino tragando un chupito de orujo para armarme de valor y con más nervios que, de adolescente, cuando llegaba el momento de llamar al portero automático, en una de esas noches en las que llegaba a casa bastante más tarde de lo autorizado:

– ¿Sí?

– Yo.

– Sube.

“Sube” significaba: “Verás la que te espera por haber llegado tarde, te vas a comer una bronca de media hora, se te van a quitar las ganas de desobedecer, mona”.

Difícil momento para Cospedal, comunicarle a la grandísima Rita, militante número tres del PP –llegó cuando la gaviota aún no había roto el huevo–, al “icono”, al “modelo”, a “la mejor alcaldesa de Valencia”, a “la amiga de Mariano”, que cerrara la puerta de Génova 13... por fuera.

¿Habría sido tan rápida la petición de la dirección Popular, si no tuviéramos la vida en funciones y el PP un acuerdo con el único partido que se aviene a pactar con ellos, Ciudadanos? ¿Cuántos Pokémon son cazados al día en todo el mundo? ¿Por qué ahora el agua de coco es lo más, acabará desbancando a la quinoa? Dudas que me corroen...

Rita respondió, comunicado mediante, que vale, que se iba del partido, pero no entregaba el escaño ni de coña. Agarrada a su fuero como el público del Sálvame al bolso, Barberá se resiste a dejar de ser senadora porque “de lo contrario, podría entenderse como una asunción de culpabilidad”. Lo de la asunción de responsabilidad política lo dejamos para el cine de ciencia ficción.

Resulta curioso que alguien se aferre al aforamiento con tanto celo, hartos como estamos de oír a los expertos del mundo jurídico que no es privilegio, que se limitan las instancias judiciales, que es más corto el camino y menos las oportunidades para la defensa, que el fuero no es chollo ni privilegio. A juzgar por la resistencia de todos a dejarlo –les costó lo suyo en su día a Chaves y Griñán– o de buenos son tontos, o son masocas, o alguien nos está contando una milonga...

Dice Rajoy que él ya no tiene autoridad para decirle a Barberá que abandone el escaño. Mariano parece un padre agotado: “No hago carrera de ella” y Rita una abuela que no deja su casa ni para pasar una noche gratis en un resort 5 estrellas: “De aquí me sacan con los pies por delante”. ¡Es todo tan familia española!

Dice Isabel Bonig, presidenta de PPCV, que Rita debería tener una “salida digna” para una “trayectoria brillante”, abandonar su acta y retirarse para defender su honorabilidad. Pero Rita pasa. Acostumbrado su oído a las mascletás, el clamor de dentro y fuera de su expartido y en el Parlamento valenciano, por uno le entra y por otro le sale. 

Escribía Hugo Izarra, hace unos días, un texto delicioso sobre las estatuas de los líderes autoritarios. Al leerle, me dio por pensar que Rita se ha convertido en su propia estatua, apuntalada y fijada al suelo, resistiéndose con uñas y dientes a que la derriben.

La imagino cada mañana –acostumbrada como está a arreglar aceras y farolas, nos dijo Camps– paleta en mano, rellenando con cemento las grietas que hacen peligrar su eterna permanencia en el centro de la plaza pública.

Y ahí está, en el Senado, representando a Valencia por designación autonómica y con un plus económico de 2.300 euros por integrarse en el grupo mixto. Eso sí, muerta políticamente, aseguran los expertos en líderes y lideresas, suceda lo que suceda con el caso por el que la investigan.

Cual general Custer en Little Big Horn, Rita ha decidido morir con el escaño puesto.

REPRESENTACIÓN GRÁFICA:

Rita se aferra al escaño.

Muy fan de... Rato, Blesa y sus tar-jetas

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