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Nacido en los 50

La Casta y La Susana

Habemus candidatas. En una alarde de autoridad, liderazgo y democracia interna que caracteriza el quehacer del presidente del Gobierno, por fin dio el nombre de las candidatas tanto a la presidencia de la Comunidad, como a la Alcaldía de Madrid.

A mí, todo este proceso de retroalimentación y vuelta a los orígenes, regresión que se llama, me lleva a enmarcar el sainete en clave de zarzuela, más concretamente en La Verbena de la Paloma. Allí, don Hilarión, farmacéutico calavera se presentaba del brazo de Casta y Susana cantando: “Una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid, me dan el opio con tanta gracia que no me puedo resistir”.

El lector avispado habrá sacado varias lecturas de esta copla.

La primera es que en aquellos tiempos ya se atizaban cuando salían a darlo todo como en el psicodelia de los sesenta o en la ruta del bacalao. Nada más lejos de mi intención que señalar en este artículo que Rajoy ha tomado la decisión influido por la ingesta de sustancias estupefacientes, pero lo parece.

La segunda es que La Casta y La Susana de la zarzuela se convierten aquí en dos Castas, dicho sea con el mayor de los respetos y sin llevar a tan insignes políticas al archivo en el que las tiene incluidas Podemos, en referencia a los supuestos privilegios que, sin saber bien de dónde proceden, disfrutan nuestros políticos por el mero hecho de serlo, en unos casos por imperativo legal y, en otros, por la cara. Pues sí, ya no estamos como en la zarzuela ante una morena y una rubia, sino ante dos rubias mucho más acordes con la estética de la nueva España que se inaugurara con la victoria del señor Aznar en las elecciones generales, y que produjo una súbita mutación genética en su electorado caracterizada por una decoloración capilar en forma de mechas que haría entrar en convulsión, por lo insólito, al mismísimo monje Mendel.

Aquella noche, desde el balcón de Génova, ya se vislumbraba un efecto, a pesar de la oscuridad, que se aproximaba al conocido como viento sobre trigales, producido por aquella masa rubia que llenaba la calle enterrando a la tópica Carmen de Merimée, para aproximarnos a nuestros amigos teutones del norte y distanciarnos de la chusma africana con la que nuestros socios de la UE nos tenía asociados. Murió Carmen La Cigarrera y llegó la Marilyn que tan buenos ratos echara con el Rat Pack de Sinatra y Sammy Davis Junior, mucho más acorde con esa España que empezaba a amanecer, donde el “todo vale” se convirtió en el axioma de la nueva economía. En la almadraba del atún, técnica de pesca que se lleva a cabo en el Estrecho de Gibraltar, cuando se termina la temporada, el capitán, en el rito de despedida, pronuncia una especie de oración en la que, haciendo referencia a las melvas y demás pescados de menor tamaño que los marineros se meten entre la ropa “de estrangis” para llevar a sus casas, balbucea algo como: “El que robó, robó, y el que no, se jodió”. Esta pareció ser la consigna, a tenor de las consecuencias judiciales, que distinguió el tan “cacareado milagro económico”.

La tercera lectura que sacamos de esa letrilla es discordante. La alegría que desborda don Hilarión en compañía de esos dos pibones no parece que se vaya a producir en el caso de las candidatas, porque la imagen de Rajoy cogido de su brazo por las calles es difícil que se dé hasta dentro de un plasma con efectos digitales. Dicen lenguas entendidas de dentro del partido que Rajoy y Esperanza no se llevan bien ni mal, se odian. Cuando nuestra cazatalentos favorita se nombró candidata a la alcaldía, un silencio estruendoso rodeó su propuesta durante tanto tiempo que tuvo que comenzar la campaña antes de ser confirmada para tal fin. Ella es así. Si no hay líder, toma el puesto al asalto: “Pa chulo mi pirulo”.

La capitana del Costa Discordia abandonó la nave del Partido Popular cuando los jueces estaban echando el aliento en la nuca a sus principales colaboradores, puestos por ella misma a dedo, tomando la triste decisión, entre sollozos, de dejar la política activa para que toda la basura que se ha ido descubriendo no la salpicara, dándose la paradoja de que, intentando estar a margen, multiplicó su presencia en los medios cobrando así un protagonismo político mayor del que venía desarrollando, pero sin responsabilidad alguna en su presente ni en su pasado, lo cual no es raro ya que es un ser que juega mucho al despiste y suele empeñarse en hacer creer lo increíble, como cuando dijo en la Asamblea de Madrid que había descubierto la trama Gürtel. Yo también lo creo. Información no le debía faltar y, dicho sea de paso, todo ocurría delante de sus narices, es difícil que se le escapara detalle. Ella lo sabía todo, también, sin duda, su presidente de partido, pero a muchos nos habría gustado que, obligada por sus responsabilidades, hubiera denunciado y perseguido los hechos, en lugar de mirar para otro lado para, recordemos el día de la bochornosa foto de la plana mayor, anunciar públicamente que esta trama que les implica hasta el cuello era un montaje político, mediático y judicial, empeñándose en encubrir a los presuntos delincuentes. Algunos ya no tan presuntos.

Vuelve al ruedo de las candidaturas inmaculada, aunque su presidente le ha pedido que suelte el mando en plaza si quiere optar a la Alcaldía, a lo que ha respondido que ella “no es ningún muñeco”, dejando claro que el muñeco es él. Cosa que todos saben y doña Esperanza se empeña en obviar cada vez que tiene ocasión. No es de extrañar que su relación no sea demasiado buena. El Presidente suelta a doña Finiquito para que bregue con ella, pero es un rival pequeño para semejante vitorino. Tampoco conseguirán doblegarla si le envían agentes de proximidad, y menos ahora que la han hecho paracaidista honorífica. Tiene a su lado a las fuerzas de asalto. No está mal.

Del otro brazo cuelga una civilizada en lides sociales ,Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno de Madrid, que no se postula para ningún cargo y al final los consigue. También castiza, como la anterior, da una imagen más popular y ante los medios de comunicación no suele colocarse por encima del que pregunta, como hace su compañera de tándem a la que le gusta dejar claro que una cosa es esto del juego democrático, y otra muy distinta olvidar que todavía hay clases. Sin embargo, tras ese aspecto de serenidad estupefacta se encuentra una mano de hierro que maneja las fuerzas del orden, actualmente recuperando su calidad de represivas, con una agresividad inusitada e innecesaria. Especial relevancia, dentro de su gestión, tuvieron los acontecimientos de las Marchas por la Dignidad, donde la policía, en una acción que pudo provocar una masacre, irrumpió en la concentración antes de que finalizara convirtiendo un acto pacífico en una batalla campal que se relató como un atentado contra las fuerzas del orden de violencia imprevista por el alto número de policías heridos: 67, alguno de gravedad. Ciudadanos también los hubo, pero esos se lo ganaron. Ni siquiera los policías entendieron qué ocurrió allí. Al día siguiente celebraron una asamblea en la que exigieron la dimisión de sus superiores por la forma en que habían llevado aquella operación ya que entre otros hechos insólitos, quince compañeros quedaron aislados y rodeados por cientos de manifestantes y cuando pidieron refuerzos, los mandos denegaron la ayuda. Los medios de comunicación destacaron al día siguiente, casi con unanimidad, la brutalidad de los manifestantes. Fue lo único que trascendió de una de las manifestaciones más numerosas de la historia de nuestra democracia, que se desarrolló de forma pacífica durante toda la jornada. Cientos de miles de personas venidas de todos los puntos de España se volvieron a sus casas con una gran frustración, y el mensaje de la autoridad competente de que las manifestaciones cívicas no sirven para nada.

Esta truculenta y nefasta acción, lejos de costar el puesto a sus responsables, los encumbró. En el lote de la buena gestión del naufragio, la barbarie y el caos entró Cristina Cifuentes. Por suerte, no hubo muertos aquel día, pero no se entiende que alguien obtenga rédito de aquella catástrofe, a no ser que fuera el resultado de un plan preestablecido, de una estrategia. No debemos pensar eso porque estamos en una democracia y los responsables de las fuerzas del orden están para protegernos y no para masacrarnos. Eso y no otra cosa es lo que debemos pensar. Entonces sí, Cristina Cifuentes, es una buena chica.

La Casta y La Susana eran dos jóvenes de origen humilde que querían escalar posiciones en el escalafón social del brazo de un anciano pero rico farmacéutico. Las dos candidatas también quieren escalar posiciones en su carrera al poder. Rajoy va del brazo de dos auténticas fieras políticas. La una, gusta de mostrar su poder ante las masas para dejar claro que es fiel a su electorado más reaccionario. La otra, con su mirada felina, no ha hecho otra cosa que cumplir con su obligación, que parece consistir en haber convertido a las fuerzas del orden en agentes de una brutalidad inusitada en nuestra depauperada democracia. Sólo le falta que hagan leyes a su medida para que la mayoría silenciosa, que tanto gusta a Rajoy, se convierta en la única mayoría porque a la otra, la inconformista, le cierren la boca saltándole los piños de un buen porrazo que pagaremos todos encantados.

Dos buenas candidatas que definen bien al partido que representan. Cada una en su estilo. Complementarias. La imagen de la Nueva España, aquella que tanto queremos olvidar algunos.

No es de extrañar que Albert Rivera esté cosechando votos a espuertas sin necesidad de recurrir al desnudo con el que comenzó su carrera.

No me imagino a Rajoy sustituyéndole en eso. Antes, echará mano de la puerta giratoria. O volverá al Registro de la Propiedad ahora que, desde la Presidencia, lo ha convertido en chollo todavía mejor.

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