Caníbales

Piojos Book Tour

Cuando presenté mi anterior novela, mi hija tuvo a bien contagiarme una conjuntivitis feroz para que me acompañara en la gira de promoción. Con los ojos inyectados en sangre, me escudé detrás de unas gafas de sol, una chupa de cuero y un par de frases intensas:

- Escribir es desangrarse.

Eso decía a los periodistas, ocultando la mirada (y aclarando que la frase no era mía).

***

Tres años después, me gusta tanto Solos como si no la hubiera escrito yo, y me relajo hasta que Clara me despierta en la primera entrevista:

- ¿Por qué el feminismo tiene una imagen tan viejuna cuando sigue siendo necesario?

Glups.

(Me viene a la cabeza esto de Moderna de Pueblo).

Contesto una tontería:

- Mira, si el feminismo fuera una empresa, sería urgente hacerle un rebranding, un cambio de marca. Es casi imposible limpiarlo de prejuicios interesados (y de esa tendencia a igualar los “ismos”: machismo, marxismo, nazismo, extremismo…). Habría que llamarlo “MUJERES”, o “50%”, para que sea global, y hacerle un campañón con los mejores creativos del planeta. Porque las mujeres somos imprescindibles y se nos necesita enteras.

***

A partir de ahí, consigo evitar las preguntas difíciles. Hablo mucho de la soledad, de la autocrítica, de la amistad, de las risas, de la esperanza, de la ironía, del teatro, de la tecnología. Hasta de las flamencas del whatsapp.

Y, mientras tanto, veo la cuarta temporada de House of Cards.

- La tienes que ver pensando en Donald Trump– me advirtió Miriam Lagoa.

- Es que prefiero hacer como que Trump no existe.

- Pues… Wake up!

Vale. Pienso en Donald Trump.

- Trump no sería posible en Europa- dicen los buenistas.

- Trump, en Europa, es casi un continente- dicen los realistas. Mira a Europa, nuestra Europa, externalizando la gestión de refugiados para que nada nos ensucie.

Me avergüenzo y, aprovechando mi despiste, el matrimonio Underwood me abofetea con sus proclamas:

We don't submit to terror.

We make the terror.

***

El terror lo creamos nosotros al abandonar a los demás. O lo que es lo mismo: refugiados somos todos. Me dan ganas de poner altavoces con el monólogo de Shylock. O de tatuárnoslo.

***

Acabo House of Cards y duermo con miedo. Me atacan en sueños una banda de políticos soberbios y una mujer que, como Claire Underwood, nunca se baja del tacón. Por la mañana tengo una entrevista en una radio importante. Lo cuento en casa y mi hija me explica que soy la madre de su clase con más resultados en Google.

- ¿Eres famosa, mami?

- No, para nada.

- Eso pensaba yo. De hecho, como mujer la que más, pero hay un padre que tiene millones de resultados más que tú.

Le explico que los resultados de Google no miden la calidad personal, le hablo de las ventajas del anonimato y ella se rasca. Se rasca. Se rasca. Se rasca. Se… Mierda.

***

Para promocionar esta novela, mi hija me regala una panda de amigos pequeñitos y picajosos que han quedado en su cabeza. Cojo el móvil y gestiono: que la entrevista sea telefónica, que nos den cita urgente en el local más vergonzante del barrio, que la esperen tarde en el colegio, que… Cinco minutos después, mi hija y yo somos despiojadas, una al lado de la otra.

Ella lee Futbolísimos y yo contesto preguntas sobre la conciliación. “La conciliación no existe”, le digo al periodista. “Y si existe, es un teléfono móvil”.

“¿Y el éxito? ¿Qué es para ti el éxito?”. El periodista imagina a una autora glamourosa. Pero yo me veo en el espejo: embadurnada en aceite mataliendres.

- Al final, los piojos nos igualan a todos y nos ponen a cada uno en nuestro sitio.

- (…)

- El éxito es no abandonar a los demás.

El periodista se queda mudo, intentando descifrar mi frase como si fuera un aforismo insondable, y yo miro a esa niña piojosa y extraordinaria, y veo que se está partiendo de risa. Se ríe de su madre, que tiene tantos resultados en Google como piojos.

- Te he contagiado por amor, mami. Te lo prometo…

P.D.: Las marcas se empiezan a convertir al feminismo, por convicción o por oportunismo: aquí algunas pruebas.

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