Qué ven mis ojos

La mafia del fútbol desenfunda la pistola

“El problema de este mundo es que está en manos de gente que da lecciones de cosas que suspendería en un examen”.

A unos los retiran de la circulación y otros se esconden hasta que deja de llover. Unos dan lecciones de integridad desde la cárcel en la que seguramente no deberían estar, pero que tampoco es el antídoto infalible a sus posibles delitos, como Oriol Junqueras, que golpea lo que no nombra al asegurar que “fui a prisión porque yo no me escondo y soy consecuente con mis actos”; y otros, por ejemplo el que no se sabe bien si aún es o ya no es presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar, reaparecen ante la opinión pública tras una larga temporada oculto, aprovechando que sus colegas de la FIFA amenazan a España con dejarnos fuera del Mundial del año que viene en Rusia, “por las injerencias del Gobierno” en el deporte de nuestro país. El antiguo futbolista y eterno presidente, un buen interior en sus tiempos, pero famoso más que nada por haber tumbado a Cruyff de un puñetazo en un partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona, fue suspendido por sus presuntos robos de dinero y detenido por orden de la Audiencia Nacional, en el marco de la Operación Soule, que se llama así en alusión a un deporte francés del siglo XII que tenía hechuras medio de fútbol y medio de rugby, se disputaba entre dos pueblos vecinos separados por su cercanía, igual que suele ocurrir con casi todos, y consistía en llevar por las buenas o por las malas el balón hasta la iglesia del equipo contrario, recorriendo kilómetros en una lucha sin cuartel, durante la cual tenían que vadear ríos, subir montañas y atravesar bosques llenos de fieras salvajes quizás más civilizadas que ellos, quienes aparte de las manos y los pies, utilizaban palos con el fin de abrirse paso entre los rivales. Vamos, que ni pintado.

El autoritario Villar, siempre tan reacio a dar explicaciones, tal vez porque la oratoria no es una gracia que quisiera darle el cielo, por decirlo a la manera de Cervantes, sólo había abierto la boca en una ocasión, tras ser arrestado y puesto en libertad con cargos, para decir que se consideraba “un leproso” y víctima de “un golpe de Estado”, que lo habían arrojado a él y a su familia “al barro” y que era por completo inocente de todas las acusaciones que había en su contra. Entre ellas, la de amañar las elecciones que, una vez tras otra, se llevaba de calle. Las conversaciones telefónicas de algunas de sus personas de confianza, intervenidas por orden judicial y después hechas públicas, daban vergüenza ajena: “Mis árbitros, mis entrenadores y mi fútbol-sala votan lo que yo le digo”, alardeaba uno de ellos, “y si no, pues les echo a la calle, porque yo pongo y quito a dedo. Así lleva haciéndose los últimos treinta y dos años”. Pero claro, la cosa no se quedaba ahí, porque el camino del poder conduce al dinero y porque la historia demuestra que mandar más tiempo de lo que resulta sensato hacerlo, lleva al que lo hace a transformarse en un cacique y a confundir lo que sólo gestiona con lo que es suyo; así que la mano de hierro que manejaba la Federación, también se metía en las cajas fuertes; y su ley del silencio, impuesta para que nadie dijera esta boca es mía acerca de las supuestas comisiones y mordidas que se llevaban a cabo de los pagos por los derechos de la selección, tenía amedrentados a los dirigentes territoriales hasta tal punto que, según los investigadores de la Policía, su funcionamiento era el de “una verdadera mafia”.

El deporte es un negocio, y el fútbol lo es más que ninguno, mueve cantidades astronómicas de euros, dólares, yenes y petrodólares, representa un fenómeno social, produce y gasta millones, es un activo publicitario de primer nivel y hasta un foco de influencia política. La impunidad con la que se ha gestionado a sí mismo, por encima del bien y del mal, parece estar llegando a su fin, sin embargo, entre otras cosas porque Hacienda ha dejado de mirar para otra parte y hoy es el pan nuestro de cada día ver a los ídolos salir de los estadios para ir a los juzgados, pagar multas de siete cifras y tener que bajarse los humos por la cuenta que los tiene, entre otras cosas porque por mucho que amenacen con marcharse del país en cuanto les exigen cumplir con sus obligaciones tributarias, como cualquier hijo de vecino, saben que cambiar de camiseta no hace desaparecer las irregularidades que cometieron. Suelen escaparse por la tangente y lavarse las manos con la disculpa de que ellos jamás se ocuparon en persona de sus asuntos, y como siempre hay algún pariente que carga con el muerto en su nombre, todos contentos.

Pero una de dos: o son todavía más prepotentes de lo que aparentan, o están muy nerviosos y ven que se les viene la noche encima, porque atreverse ni más ni menos que a amenazar a un país como el nuestro, pasando por encima de nuestros magistrados y dando por hecho que la mismísima Audiencia Nacional actúa al dictado de La Moncloa, es de una insolencia difícil de creer e imposible de tolerar. El presidente Rajoy ha estado torero en este caso y ha contestado a los aspirantes a extorsionadores que España va a estar en el Mundial y, además, lo va a ganar. Sí señor, al César lo que es del César. Pero también estaría muy bien que hubiera una reacción oficial y se pusiera en su sitio a esos dirigentes por lo general agarrados a sus sillones con uñas y dientes y que ellos mismos, en algunos casos, son también sospechosos de comportamientos delictivos. Que se lo digan a Blatter. Que se lo digan a Platini. Y a tantos otros. Que se lo digan.

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