¿Una nueva normalidad en Oriente Medio? Ruth Ferrero-Turrión
La estrategia parecía sencilla. Romper la tregua, intensificar los bombardeos sobre instalaciones militares iraníes, degradar sus capacidades de respuesta y obligar a Teherán a volver a la mesa de negociación en una posición de debilidad. Dos semanas después, los hechos apuntan en otra dirección. Estados Unidos ha demostrado una vez más su superioridad militar, pero no consigue modificar el cálculo estratégico de la República Islámica. Y esa es la cuestión que empieza a perfilar el verdadero alcance de esta guerra.
Durante décadas, Washington ha abordado Oriente Medio desde una premisa que rara vez ha resistido la prueba de los hechos: la idea de que la presión militar puede crear las condiciones para una solución política favorable. Ocurrió en Irak, ocurrió en Afganistán y, en menor medida, también en Siria. La capacidad para destruir infraestructuras, eliminar dirigentes o paralizar temporalmente la capacidad militar del adversario nunca ha sido suficiente para alterar su voluntad política. Irán parece dispuesto a confirmar de nuevo esa vieja lección.
Los últimos bombardeos estadounidenses han afectado a bases militares, sistemas de defensa aérea e infraestructuras estratégicas. Sin embargo, Teherán continúa conservando aquello que realmente importa en una guerra de estas características: capacidad de respuesta. Los ataques contra instalaciones estadounidenses en el Golfo, la presión permanente sobre el estrecho de Ormuz y la posibilidad de activar, de forma más o menos coordinada, a sus aliados regionales siguen formando parte de su arsenal estratégico. La cuestión, por tanto, no es si Estados Unidos puede seguir golpeando a Irán. La cuestión es cuánto tiempo puede hacerlo sin obtener un resultado político tangible.
Donald Trump afronta un dilema que trasciende el terreno militar. A diferencia de otras guerras, el tiempo no juega necesariamente a favor de quien dispone de mayor capacidad de fuego. Cada semana de operaciones incrementa el coste económico de proteger las rutas marítimas, mantiene la incertidumbre sobre los mercados energéticos y aumenta el riesgo de un incidente que obligue a una escalada todavía mayor. Lo que comenzó como una operación destinada a restaurar la disuasión amenaza con convertirse en una guerra de desgaste que la propia Administración había prometido evitar.
El error consiste en seguir interpretando este conflicto como una confrontación convencional. Irán no pretende derrotar militarmente a Estados Unidos. Sabe perfectamente que no puede hacerlo. Su objetivo es otro: convencer a Washington de que el coste de mantener la presión terminará siendo superior a los beneficios que pueda obtener. Es una lógica que ya conocimos en Irak o Afganistán, aunque con instrumentos diferentes. No se trata de conquistar territorio ni de obtener grandes victorias militares. Se trata de prolongar el conflicto hasta erosionar la voluntad política del adversario.
Teherán dispone para ello de varias ventajas que suelen pasar desapercibidas. La primera es su capacidad para combinar medios convencionales y no convencionales. Misiles, drones, operaciones navales, ciberataques o sabotajes permiten mantener una presión constante sin necesidad de entrar en una guerra abierta de grandes dimensiones. La segunda es su posición geográfica. El estrecho de Ormuz continúa siendo uno de los principales cuellos de botella del comercio energético mundial. No hace falta bloquearlo completamente para generar incertidumbre. Basta con mantener la amenaza creíble de que puede hacerse.
Estados Unidos puede seguir castigando a Irán. Irán puede seguir resistiendo. Israel puede seguir debilitando a sus adversarios. Pero ninguno parece capaz de definir un horizonte político que vaya más allá de la siguiente operación militar
La tercera ventaja es política. El régimen iraní atraviesa dificultades económicas evidentes y un creciente desgaste interno, pero la presión exterior refuerza el discurso de la resistencia nacional. La historia demuestra que los ataques extranjeros suelen fortalecer, al menos temporalmente, a los gobiernos que los sufren. Apostar a que los bombardeos desencadenarán un colapso político en Teherán constituye, cuando menos, una hipótesis arriesgada.
Mientras tanto, la diplomacia intenta abrirse paso en un contexto cada vez más adverso. Catar, Omán y otros mediadores mantienen contactos discretos para recuperar algún tipo de alto el fuego que permita retomar las negociaciones. El simple hecho de que esas conversaciones continúen revela que ninguna de las partes considera posible una victoria decisiva. Pero también pone de manifiesto otro problema: nadie quiere aparecer como el primero en ceder.
Israel observa esta situación desde una lógica distinta. Para el Gobierno de Benjamín Netanyahu, el debilitamiento de Irán constituye una oportunidad estratégica que difícilmente volverá a repetirse. La erosión de Hezbolá, la pérdida de influencia iraní en Siria y la implicación militar estadounidense alimentan la idea de que ha llegado el momento de alterar definitivamente el equilibrio regional. Sin embargo, esa percepción puede conducir a una peligrosa ilusión. Debilitar a Irán no equivale necesariamente a estabilizar Oriente Medio. De hecho, puede producir el efecto contrario si empuja a Teherán a convertir la confrontación permanente en el eje de su política exterior.
En este momento está por ver si Washington dispone realmente de una estrategia para convertir sus éxitos militares en un acuerdo político. Hasta ahora, los bombardeos han demostrado que Estados Unidos puede destruir capacidades. No ha demostrado que pueda construir una salida.
Quizá esa sea la principal enseñanza de este nuevo episodio en Oriente Medio. La superioridad militar sigue siendo una condición necesaria para proyectar poder, pero ha dejado de ser suficiente para ordenar políticamente una región. Estados Unidos puede seguir castigando a Irán. Irán puede seguir resistiendo. Israel puede seguir debilitando a sus adversarios. Pero ninguno parece capaz de definir un horizonte político que vaya más allá de la siguiente operación militar. Por el momento Israel gana y una nueva normalidad se instala en Oriente Medio.
Y esa es precisamente la señal más preocupante. Cuando una guerra deja de responder a un objetivo político reconocible y comienza a sostenerse por su propia dinámica, el riesgo no es únicamente que se prolongue. El riesgo es que termine convirtiéndose en la nueva normalidad de Oriente Medio.
__________________
Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.
Lo más...
Lo más...
LeídoTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirlaDel Bienquerer
El placer de matar a una madre: la novela que ilumina la violencia psiquiátrica y el robo de bebés
Pasos de vida
¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.