La auctoritas moral de León XIV Juan José Tamayo
“China is going to eat our lunch? Come on, man… They’re not competition for us.” (Joe Biden).
“Trade wars are good, and easy to win. Under my administration, we will never lose our manufacturing and technology leadership to China.” (Donald Trump, 2018).
En 2019, Joe Biden ironizaba: “¿China se va a comer nuestro almuerzo? Vamos, hombre… no son competencia para nosotros”. Un año antes, Donald Trump afirmaba, bravuconamente: “Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. Y complementaba: “Bajo mi administración, nunca perderemos nuestro liderazgo en fabricación y tecnología ante China”.
Apenas unos años después, China concentra cerca de la mitad de las patentes mundiales, domina el refino de minerales críticos, pulveriza récords en robótica y lidera de forma aplastante las cadenas industriales de la transición energética.
Al calor de la cumbre EEUU-China, conviene revisar con perspectiva dónde está cada potencia. Y hasta qué punto el declive estadounidense y la consolidación de la emergencia china sugieren que el mundo, tal y como lo narran desde la hegemonía estadounidense, es ya pasado, y que el presente y el futuro apuntan a una incontestable hegemonía china, ante la que la UE y España —que está buscando acertadamente su canal privilegiado de relación con China— tienen que resituarse. Pero hagamos un repaso a las cifras.
Entre 2005 y 2024, el PIB de China pasó de 2,3 billones de dólares a 18,7 billones: un crecimiento acumulado del 707%. En el mismo período, el de Estados Unidos creció un 120%, y el de la Unión Europea, un 63%. China representaba en 2005 el 5% de la economía mundial. Hoy roza el 17%. La Unión Europea, que pesaba un 25%, ha caído al 17,6%.
Pero el PIB es solo la superficie. Lo que está ocurriendo en las capas más profundas de la economía -las que determinan quién tiene poder real en las próximas décadas- es aún más revelador.
En 2005, China representaba el 10,3% de las patentes mundiales. En 2024, esa cifra alcanza el 48,6%. Estados Unidos ha retrocedido del 23,5% al 16,2%. La Unión Europea, del 25% al 15,7%. En el Índice Global de Innovación, China ha escalado del puesto 29 en 2007 hasta superar ya a Alemania, Japón y Francia.
China ocupa ya posiciones de dominio en todos los sectores que van a definir la economía y el poder global durante las próximas décadas
En producción manufacturera, China controla hoy el 27,7% del total mundial, frente al 17,3% de Estados Unidos y apenas el 15% de la UE. Y en robótica industrial, mientras el mundo multiplicaba por cuatro su parque de robots entre 2005 y 2024, China lo multiplicaba por 175: de 11.557 unidades a más de dos millones, acaparando el 43,5% del stock mundial.
En las dos últimas décadas, China ha construido una apabullante acumulación de capacidad industrial, tecnológica y científica.
China ha pasado de ser un actor refractario a la lucha contra el cambio climático a dominar, de inicio a fin, la cadena de las energías renovables. De los diez mayores fabricantes de aerogeneradores del mundo, siete son chinos, con una cuota conjunta que supera el 62% de la producción global.
Comparativamente, las cifras son elocuentes. Siemens Gamesa –empresa hispano-alemana– ocupa el octavo puesto, con un 5,3% del mercado. GE Vernova, el gigante estadounidense, el décimo, con un 4,1%.
En baterías para automoción eléctrica, los datos son todavía más contundentes: CATL y BYD, ambas chinas, controlan juntas el 55,6% del mercado mundial. Las tres primeras empresas no chinas del ranking apenas suman un 9%.
En electrolizadores para hidrógeno verde –tecnología clave para la descarbonización industrial–, China concentra el 60% de la capacidad manufacturera mundial y el 65% de la capacidad instalada. No hay alternativa occidental a corto ni a medio plazo.
La transición energética, la inteligencia artificial, los semiconductores y la industria de defensa tienen un denominador común: dependen de un conjunto de minerales críticos cuya producción y, sobre todo, cuyo refino están extraordinariamente concentrados.
China controla el 98,8% de la producción mundial de galio –esencial para semiconductores y electrónica de defensa–, el 78,3% del grafito natural –base de los ánodos de baterías–, el 69,2% de las tierras raras –indispensables para imanes permanentes, eólica y vehículos eléctricos– y alrededor del 50% de la capacidad mundial de refino de cobre. En litio, aunque la extracción es más diversificada, China concentra el 70% del refino global. En cobalto, cuya extracción se localiza mayoritariamente en la República Democrática del Congo, China refina el 89% de la producción mundial.
Es cierto que China tiene importantes retos y dificultades que afrontar: su crisis demográfica, su –a pesar de todo– dependencia energética, los problemas de su mercado interior (crisis inmobiliaria, etc.), sus dificultades y restricciones tecnológicas en chips avanzados o su no desacoplamiento financiero de la economía global dolarizada.
Y es cierto también que, a día de hoy, EEUU mantiene la hegemonía en el campo de la inteligencia artificial y el software de frontera –las siete mayores empresas de IA del mundo por valoración (Nvidia, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, OpenAI y Anthropic) son estadounidenses–, en el terreno de la financiación e internacionalización del dólar –el dólar sigue siendo la moneda de reserva mundial, lo que otorga a Washington una capacidad de sanción financiera, de financiación del déficit y de presión económica sin equivalente– y en capacidad militar –EEUU gasta en defensa más que los diez países siguientes juntos–.
Pero China ocupa ya posiciones de dominio en todos los sectores que van a definir la economía y el poder global durante las próximas décadas: transición energética, tecnologías, manufactura avanzada, minerales críticos y semiconductores.
Ese es el mundo que asoma tras la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump. El “Reino del Centro”, China, tiene el dominio de las cartas de navegación del siglo XXI. China ya está en el futuro. Mientras, Donald Trump se empeña, cual emperador en decadencia, en golpear a socios y enemigos en una sobreactuación que no demuestra más que fragilidad.
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Antón Gómez-Reino fue diputado en el Congreso durante cuatro legislaturas entre 2015 y 2023 y miembro de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa y de la OSCE.
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