Que alguien se lo explique a la derecha española Cristina Monge
ANÁLISIS
Bombas retóricas, bombas arancelarias, bombas informativas, bombas electorales. Mientras vemos caer las bombas en Caracas (dinamitando lo que queda del derecho internacional) todas estas bombas caen ya, enviadas por la administración Trump, sobre Bruselas y sobre numerosos Estados miembros de la Unión Europea. Son hechos, no metáforas. Estados Unidos bombardea políticamente a Europa y amenaza, abierta y públicamente, en su última Estrategia de Seguridad Nacional, con intervenir contra el propio proyecto europeo.
Yemen o Palestina, incluso Nigeria, parecen quedar lejos. Pero viendo las bombas sobre Caracas y recordando los ataques contra infraestructuras energéticas estratégicas –Nord Stream– ejecutados o permitidos en espacio marítimo europeo, ¿no sería lógico que la Unión Europea asumiera que está bajo asedio? Que, como ha admitido Dinamarca en documentos oficiales de seguridad, Estados Unidos constituye hoy una amenaza potencial para su soberanía. Cuesta e impresiona decirlo, pero Bruselas y las cancillerías europeas deberían asumir ya que son un objetivo político —y llegado el caso, militar— del gobierno de Estados Unidos. ¿Alguien se sorprendería hoy de una invasión de Groenlandia?
La reacción es imprescindible y llega tarde. Durante décadas, la Unión Europea confundió alianza con dependencia, cooperación con subordinación y atlantismo con seguridad. El que fue paraguas estadounidense es hoy un dispositivo de disciplinamiento y una palanca de coerción. Washington ya no concibe a la Unión como socio, sino como espacio sobre el que intervenir, mercado a someter y actor político a neutralizar. Y no se trata de Trump como anomalía, sino de Trump como acelerador brutal de una tendencia larga: la negativa estructural de Estados Unidos a tolerar un proyecto democrático autónomo entre el orden imperial que imagina —ahora volcado en triangular repartos de influencia con Rusia— y su confrontación estratégica con China.
O Europa activa los resortes del derecho internacional y construye alianzas globales, o muy pronto será demasiado tarde. Democracia o barbarie. Reglas o distopía. Frenar a Trump o asomarse colectivamente al abismo
Las bombas no siempre explotan. A veces sancionan. A veces imponen narrativas. A veces reescriben marcos mentales. La guerra comercial es guerra por otros medios. La guerra informativa es hoy una guerra permanente y descarnada por el sentido, librada a golpe de desinformación. Y la guerra electoral —la injerencia directa o indirecta en procesos democráticos— ya está en marcha, como muestran los casos de Canadá, Honduras o, más recientemente, Argentina.
La lógica es clara. Del mismo modo que Washington aspira a configurar un Oriente Medio bajo protectorado estadounidense y mandato israelí y saudí, el horizonte de Trump es una Unión Europea fragmentada, débil, subordinada energéticamente, sin política industrial propia y sin capacidad de seguridad autónoma: una gran despensa comercial funcional a los intereses estadounidenses.
El caso venezolano resulta revelador incluso para quienes negaban esta realidad o marcaban distancia con el gobierno de Maduro. Si Estados Unidos puede bombardear, sancionar, asfixiar, secuestrar a un presidente y desestabilizar un Estado soberano a miles de kilómetros, ignorando el derecho internacional y desoyendo a Naciones Unidas, ¿qué freno real existe cuando el conflicto se acerque? ¿Qué garantiza que Europa no sea tratada como “zona de excepción”, como teatro secundario de una confrontación global?
La respuesta habitual —“somos aliados”— ya no sirve. También lo eran Canadá o México cuando fueron amenazados económica y existencialmente. También lo era Japón cuando se le impusieron décadas de estancamiento por la vía financiera.
Si la alianza con Estados Unidos siempre estuvo mediada por intereses compartidos, hoy solo median los negocios de Trump y su entorno y la voluntad del movimiento MAGA de dinamitar el mundo basado en reglas. La pasividad europea inquieta. Las amenazas de Trump no son excesos verbales ni gestos tácticos: son señales descarnadas de una doctrina. Una doctrina que aplica ya en América Latina y que aspira a someter al mundo bajo sus intereses y a desactivar cualquier polo democrático autónomo. Bruselas y los mandatarios europeos deberían asumir la crudeza del tiempo presente: frente a una doctrina hostil, la neutralidad no existe.
Las bombas ya caen en Rafah, en Nigeria y en Caracas. Pero también en Europa: destruyen infraestructuras –Nord Stream–, erosionan soberanías –Groenlandia– y tratan de condicionar procesos electorales en todos los Estados miembros. Bruselas está bajo las bombas. O lo asume, activa los resortes del derecho internacional y construye alianzas globales, o muy pronto será demasiado tarde. Democracia o barbarie. Reglas o distopía. Frenar a Trump o asomarse colectivamente al abismo.
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Antón Gómez-Reino fue diputado en el Congreso durante cuatro legislaturas entre 2015 y 2023 y miembro de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa y de la OSCE.
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