IKEA, Vini y las cosas de segunda mano

Durante mucho tiempo, comprar un producto de segunda mano era algo que casi hacíamos en voz baja. Parecía que reconocerlo implicaba admitir que no podíamos permitirnos uno nuevo. Existía un cierto prejuicio social, una especie de complejo heredado de una época en la que estrenar era sinónimo de éxito y reutilizar parecía reservado a quien no tenía otra alternativa. Qué rápido cambian las cosas.

Hoy la segunda mano ha dejado de ser una necesidad para convertirse en una elección inteligente. No solo ha desaparecido el estigma, sino que muchas personas muestran con orgullo que han comprado un mueble reacondicionado, una bicicleta restaurada o una prenda que ya tuvo otra vida. Hemos empezado a comprender que el verdadero valor de un producto no está en que salga de una fábrica envuelto en plástico, sino en que siga siendo útil durante el mayor tiempo posible.

Hace unos días tuve la oportunidad de participar, invitado por IKEA, en una jornada de cocreación en la que representantes de distintas organizaciones trabajábamos conjuntamente para identificar los principales mitos que todavía existen alrededor de la segunda mano. La dinámica era sencilla: escuchar, debatir, cuestionar nuestras propias ideas y construir mensajes que ayudaran a seguir normalizando un modelo de consumo mucho más responsable. Fue una mañana especialmente enriquecedora.

Porque cuando uno reúne alrededor de una mesa a personas con trayectorias tan distintas, descubre que, pese a las diferencias, existe un consenso sorprendente: prolongar la vida de los productos tiene sentido económico, ambiental y social.

Recuerdo que, en uno de los grupos, alguien resumió la cuestión con una frase tan sencilla como brillante: «Es de tontos pagar más por lo mismo». Más allá de la provocación, aquella afirmación encerraba una enorme verdad.

Si un producto conserva todas sus prestaciones, ha sido revisado, ofrece garantías y puede seguir prestando exactamente el mismo servicio, ¿qué sentido tiene fabricar otro nuevo consumiendo materias primas, energía y agua? ¿Por qué convertir en residuo algo que todavía puede seguir siendo útil durante años? La economía circular nos invita precisamente a hacernos esas preguntas.

Con frecuencia pensamos que cuidar del planeta consiste únicamente en reciclar. Sin embargo, reciclar debería ser casi el último paso. Antes están la prevención, la reutilización, la reparación y el alargamiento de la vida útil de los objetos. Cada vez que conseguimos que un mueble continúe acompañando a otra familia, que una lámpara ilumine un nuevo hogar o que una estantería siga cumpliendo su función, estamos evitando nuevas extracciones de recursos naturales, reduciendo emisiones y disminuyendo la cantidad de residuos que generamos.

Pero la segunda mano no solo tiene un valor ambiental. También posee una importante dimensión social.

Muchas de las iniciativas vinculadas a la reutilización se desarrollan junto a entidades de economía social o empresas de inserción que generan oportunidades laborales para personas que encuentran mayores dificultades para acceder al mercado de trabajo. La economía circular, cuando está bien planteada, no solo protege el medio ambiente; también ayuda a construir una sociedad más inclusiva.

Durante la jornada aparecieron, como era lógico, algunas dudas razonables. La principal tenía que ver con la confianza. ¿Podemos fiarnos realmente de un producto de segunda mano? La respuesta: en realidad, depende de quién nos lo ofrece.

No es lo mismo adquirir un artículo revisado por una empresa que se juega su prestigio en cada venta que hacerlo entre particulares sin ninguna referencia previa. La reputación se ha convertido en uno de los grandes activos de la economía circular. Quien pone un producto de nuevo en el mercado sabe que no solo está vendiendo un objeto; también está ofreciendo confianza.

Las cosas no tienen una primera o una segunda vida. Solo tienen la vida que nosotros decidimos darles

Después del trabajo en grupo visitamos el espacio donde IKEA desarrolla buena parte de esta actividad. Pudimos conocer el recorrido que siguen los muebles devueltos, los que han estado en exposición o aquellos que, por diferentes circunstancias, todavía pueden seguir utilizándose.

Nos enseñaron cómo se clasifican, cómo se inspeccionan, cómo se reparan cuando resulta necesario y cómo vuelven a ponerse a disposición de otros clientes con todas las garantías.

Hubo algo que me llamó especialmente la atención. Miles de pequeñas piezas perfectamente ordenadas para que cualquier persona pueda solicitar gratuitamente un tornillo, una bisagra, un anclaje o cualquier componente necesario para reparar un mueble en lugar de sustituirlo. Puede parecer un detalle sin importancia. No lo es. Representa un cambio profundo de mentalidad.

Durante demasiados años hemos diseñado productos para ser reemplazados. Ahora empezamos, afortunadamente, a diseñar sistemas para que puedan seguir viviendo.

También conocimos un proyecto especialmente interesante desarrollado junto a una empresa de economía social para recuperar colchones y alfombras procedentes de exposiciones o de devoluciones muy recientes. Tras un exigente proceso de higienización y control de calidad vuelven al mercado evitando que uno de los residuos domésticos más complejos termine innecesariamente en una planta de tratamiento.

Sin embargo, el mayor aprendizaje de aquella mañana no estaba en los muebles. Tenía nombre propio. Vini. Así es como le conocen todos sus compañeros.

Era una de las personas del equipo de IKEA que participó con nosotros durante la jornada y quien posteriormente nos acompañó en la visita. No necesitó grandes discursos para transmitir una idea muy sencilla: disfrutaba profundamente de su trabajo.

Explicaba cada proceso con naturalidad. Respondía a las preguntas con paciencia. Se detenía en los detalles sin perder nunca la sonrisa. Mientras recorríamos las instalaciones, compañeros de distintos departamentos se cruzaban con él, le saludaban afectuosamente y seguían su camino con esa complicidad que solo existe cuando el ambiente de trabajo es saludable.

No sé cuánto tiempo lleva en IKEA. Ni cuál es exactamente su puesto. Y, sinceramente, tampoco importa demasiado. Lo verdaderamente importante fue la sensación que transmitía.

Porque quienes nos dedicamos a observar organizaciones sabemos que existen cosas imposibles de fingir. Una empresa puede elaborar excelentes memorias de sostenibilidad, presentar objetivos muy ambiciosos o desarrollar campañas de comunicación impecables. Todo eso está muy bien.

Pero si quienes trabajan dentro no creen en el proyecto, tarde o temprano acaba notándose. Las personas son, probablemente, el mejor indicador de la autenticidad de una organización.

Aquella mañana tuve la impresión de que Vini no estaba simplemente enseñándonos un almacén de muebles de segunda mano. Estaba mostrando con orgullo un trabajo en el que creía. Y eso tiene un enorme valor.

Naturalmente, ninguna empresa es perfecta. Todas tienen margen de mejora.

Y quienes nos dedicamos a la divulgación ambiental tenemos la obligación de señalar aquello que se hace mal cuando corresponde hacerlo. Ser críticos forma parte de nuestro compromiso con la sociedad. Pero existe otra responsabilidad igualmente importante: reconocer las buenas prácticas cuando aparecen. Porque si solo hablamos de los errores, nunca construiremos referentes positivos. Y los necesitamos.

Necesitamos empresas que comprendan que vender no puede ser el final de la relación con un producto, sino el comienzo de una responsabilidad compartida. Necesitamos modelos que faciliten reparar antes que sustituir, reutilizar antes que desechar y alargar la vida útil de las cosas antes de convertirlas en residuos.

Y necesitamos, sobre todo, personas como Vini.

Personas que entienden que la sostenibilidad no es únicamente una palabra escrita en una memoria corporativa, sino una actitud que se transmite cada día, casi sin darse cuenta, en la forma de trabajar, de explicar las cosas y de relacionarse con los demás.

Al marcharme pensé que quizá el mayor éxito de la economía circular no será conseguir que compremos más productos de segunda mano. Será lograr que algún día dejemos de llamarlos así.

Porque, en realidad, las cosas no tienen una primera o una segunda vida. Solo tienen la vida que nosotros decidimos darles.

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Miguel Aguado Arnáez es divulgador ambiental, director de la consultora B LEAF y docente de la Universidad Europea.

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