La mejor noticia en el peor de los momentos

F.J. Sancho Mas

El pasado 7 de julio de 2026 marcó un antes y un después en la historia de los derechos humanos y la salud. Porque no es lo mismo reclamar atención política, financiera y médica por una enfermedad olvidada que denunciar la violación de un derecho fundamental y humano. Esa es la diferencia después del 7 de julio.

La noticia debería haber llegado por altavoces a cada una de las más de mil millones de personas afectadas en el mundo por una o varias de las 21 enfermedades tropicales desatendidas (ETD), según la clasificación de la ONU. Es una lista larga donde resuenan algunas como la leishmaniasis, la lepra, la filariasis linfática o el Chagas. La mayoría de estas dolencias comparten rasgos de exclusión, estigma y discriminación. Suelen causar estragos en entornos de pobreza, poblaciones tradicionalmente olvidadas y con un fuerte impacto en mujeres y niños.

Si algunas de ellas, como la enfermedad de Chagas, antes estaban muy localizadas en sus zonas endémicas rurales por la presencia del vector transmisor, hoy son una realidad y un problema de salud global y hasta urbano por los movimientos migratorios y los cambios climáticos. Solo en España se estima que puede haber 80.000 personas con la enfermedad de Chagas, que, además, puede transmitirse de madre a hijo.

Y, a partir del pasado 7 de abril, las ETD son algo más: son materia de derechos humanos. Ergo, no tratar debidamente estas enfermedades será una violación de los derechos humanos y no solo un problema de negligencia sanitaria o política.

La resolución aprobada recientemente por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU fue impulsada por un grupo de países africanos liderado por Malawi. Asimismo, contó con el apoyo de decenas de organizaciones.

No es lo mismo reclamar la falta de atención médica que denunciar la violación de un derecho humano legalmente respaldado

La Declaración Universal de los Derechos Humanos se aprobó en 1948, al final de un mundo en guerra. El artículo 25 —de un total de 30— se refiere directamente al derecho a la salud. A falta de un informe que detalle en qué consistirá la inclusión de las ETD en los derechos humanos, podemos anticipar un impacto en el fortalecimiento del trabajo de incidencia de los grupos y asociaciones de personas afectadas. Porque no es lo mismo reclamar la falta de atención médica que denunciar la violación de un derecho humano legalmente respaldado. Ese es el punto que marca un antes y un después del 7 de julio.

Para quienes investigan —entre los que hay miles de españoles y españolas—, para quienes dan formación y para quienes desarrollan herramientas terapéuticas y logísticas contra las ETD, estamos en un tiempo nuevo. No solo trabajan por una cuestión de justicia y equidad en salud, sino por un derecho humano oficialmente reconocido.

Y hasta aquí la parte naíf de la noticia. Porque, sinceramente, ¿quién cree que los Estados estén ahora mismo temblando por la noticia? ¿Creen que están calculando los recursos y compensaciones millonarias que tendrían que abonar a cada persona que no haya sido tratada apropiadamente de una ETD? ¿Alguien se imagina ver condenado al Gobierno de un país por no dedicar más atención al compromiso de eliminar las ETD? Imaginen a Donald Trump y Elon Musk riéndose juntos. A que da mucha grima.

Bien es cierto que, en materia legal, no es lo mismo un problema de salud pública que uno de derechos humanos. Este tipo de derechos son inalienables y pertenecen a cada una de las personas.

Stalin —vaya personajes que se están viniendo a este artículo—, según dicen, inventó aquella frase de que “la muerte de mil millones de personas es solo una estadística, pero la muerte de una puede ser una desgracia”. Él sabía de esas cosas. En parte, la resolución de la ONU les cambia el nombre a las enfermedades desatendidas: ya no son «helmintiasis, filariasis, pian u oncocercosis». Ahora se llaman Yusuf, Amelia, Ibrahim, Wole o Chantal. Atenderlas no es solo un deber de salud pública, sino un derecho de Yusuf, Amelia, Ibrahim, Wole o Chantal. Un derecho de cada uno de nosotros.

No es tiempo de hacerse muchas ilusiones. Otra vez, nos encontramos en un mundo en guerra, con una financiación creciente hacia el sector armamentístico y un recorte fundamental a la ayuda en salud global —échenle la culpa a Trump y Musk, pero miren cómo les siguen muchos otros—.

Y, sobre los derechos humanos, solo hace falta ver lo que está ocurriendo en Gaza, frente a nuestros ojos, así como en otras partes del mundo, al norte, sur, este y oeste. Si buscan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, encontrarán un papel carbonizado o esparcido en añicos. Y ya las violaciones de tales derechos ni siquiera se enmascaran ni disimulan. Al menos, todavía.

Estamos en el “todavía”, en uno de los peores momentos para los derechos humanos. Así que la aprobación de que las ETD formen parte de ellos parece más bien el regalo envenenado de un banco en quiebra que elige a un incauto director sin informarle del estado de las cuentas.

Pero el tiempo pasa y los muertos pesan. Veremos la vuelta a la cordura, en ese ciclo pendular incesante del ser humano entre la violencia y el sentido común; entre lo mío y lo de todos. Volveremos a la idea del todos, al «otro mundo posible». Volveremos a leernos cada artículo de los derechos humanos como si fuera la única frontera del mundo. Entonces, alguno preguntará: «¿Cómo llegamos a consentir aquello?», como se preguntan en silencio tantos millones que supieron antes y no hicieron nada.

Lo importante será que, cuando llegue ese día, en los artículos de la Declaración estarán ya las ETD, donde siempre debieron estar, con la cara, los ojos y la boca de cada una de las personas afectadas, pero por fin atendidas. Por una mañana, por una tarde, la del 7 de julio, no se nos prohibió soñar. «Pasó una mañana, pasó una tarde. Fue el día primero».

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F. J. Sancho Mas es periodista y escritor. Es experto en temas de cooperación internacional y salud global.

F.J. Sancho Mas

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