Plaza Pública

El nombre de la infamia

Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo, en sus escaños del Congreso.

Yo nunca aprenderé a restarquiero decir: a resignarme.

Juan Gelman

No hay manera de que nos dejen tranquilos. Y digo tranquilos en el sentido del sosiego individual pero, sobre todo, en el otro más largo, ancho y colectivo de la democracia. Y digo de la democracia para decir nuestra democracia, porque la de ellos, su democracia, está hecha del mismo material que llenaba de miedo mi tierra y a mi padre, que se murió de ese miedo cuando acababa de cumplir, hace casi treinta, setenta y cinco años. Nunca contó ese miedo, nunca. Y recuerdo lo que decía Maria Zambrano del poeta Emilio Prados: “ese que sufre de sed y de silencio”. La sed de la verdad, la tortura insoportable de callarla. Porque su democracia, la de ellos, sigue siendo la de aquel tiempo en que nombrarla, sólo nombrarla, te llenaba de calabozos la esperanza.

Al principio, pensaba que el miedo de mi padre era un miedo anacrónico, implantado en las tripas como uno de esos microchips que llevan en cualquier parte del cuerpo o en un simple bolígrafo los espías de las películas. Digo esto porque en 1992 me gustaba pensar que su miedo de joven anarquista, condenado cuando no había cumplido los veinte a doce años de cárcel en 1940, pertenecía al pasado, y que luego el miedo era otra clase de miedo, más metido en el recuerdo traumático que en la conciencia, menos coraza protectora que inútil hojalata quijotesca desmentida irónicamente su utilidad por el propio Sancho Panza. Y no hablo de mi padre, faltaría más: hablo de “los padres y las madres” que se murieron con el corazón comido por el miedo y el silencio. Hablo de “los padres y las madres” que se murieron con la palabra, que habría de contar lo que les pasó, convertida en un insoportable grumo de silencio. Por eso pensaba yo que aquel miedo ya había pasado de fase y estaba –como diríamos ahora en el lenguaje del puñetero coronavirus– en una definitiva desescalada.

Pero no era eso. Era que yo estaba radicalmente equivocado. Era que quienes provocaban aquel miedo después de ganar la guerra, incluso antes de ganarla, no se quedaron en la parte más infamante de la historia. Era que no les pasó nada cuando llegó la democracia. Era que no les ha pasado nada después de cuarenta años de democracia. Era que quienes heredaron su propia hacienda y la que robaron a la derrota, gritaban y siguen gritando que ganaron entonces la guerra y la van a seguir ganando nos pongamos como nos pongamos, porque eso de la democracia es un cuento chino que sólo nos creemos quienes seguimos pensando en un mundo en que lo malo de la vida va cediendo poco a poco a la esperanza. Otro enorme poeta, Ángel González, lo puso en sus versos: “Se paga con la muerte / o con la vida, / pero se paga siempre una derrota”. Por eso lo sabemos, y bien que lo sabemos: las derechas se arrogan desde siempre el derecho a gobernar. Es para esas derechas de Vox y del PP un privilegio que les viene de designios nada menos que divinos. Caudillo de España por la gracia de Dios: era ése el eslogan acuñado en las monedas de entonces y que seguían a rajatabla sus antepasados fascistas. Lo curioso es que siga siendo ése, tantos años después, el eslogan que siguen a rajatabla sus herederos, unos herederos que sin renunciar un punto a la ideología de sus familias nos dan todos los días, con un cinismo que aterra, lecciones de democracia.

Por eso sólo piensan en tumbar al Gobierno al precio que sea, como si les diera igual que en este país hayan muerto treinta mil personas por el Covid-19, que el virus haya hecho pedazos tantas casas y los afectos que las llenaban de vida, aunque esa vida fuera en muchísimos casos una vida vivida bajo los techos con goteras de la precariedad. Una precariedad que va a seguir aumentando cuando llegue eso tan raro que se llama “nueva normalidad”. Esa nueva normalidad será para los de siempre la normalidad de siempre: la de la intemperie. Miren si no lo que contaba Begoña P. Ramírez hace unos días en este mismo diario: los 23 personajes más ricos de España han aumentado en más de 14.000 millones de euros su patrimonio en acciones bursátiles desde el pasado 18 de marzo. Ya sé que la pregunta puede sonar a pura retórica o a demagogia barata. Pero por qué cuanto más pobre es la gente más ricos son los ricos. La misma canción de cuando la crisis de 2008. ¿O no?

En esta guerra abierta y machacona contra el gobierno destaca la obscena procacidad de su lenguaje. El insulto de proporciones ilimitadas se ha convertido -si es que lo perdieron alguna vez- en la manera de decir que entre ellos y sus padres y sus abuelos sólo hay la distancia que existe entre la realidad y los ensueños. La realidad es suya, claro, les pertenece por derecho de pernada. Recuerden la intervención de José Antonio Labordeta en el Congreso cuando gobernaba el PP de José María Aznar. Se morían de la risa los de la derecha cuando él hablaba, se burlaban de quien a ellos –tan señoritos y lustrosos– les sonaba a pobre barojiano o humilde pueblerino en los cuentos de Aldecoa. Y fue cuando les soltó aquello tan famoso de “¡a la mierda!”. Pero antes les había dicho una verdad que viene al pelo para lo de ahora: “Ustedes están acostumbrados a hablar siempre porque han controlado el poder siempre, toda la vida, y ahora les fastidia que vengamos aquí las gentes que hemos estado torturados por la dictadura a poder hablar”. Han pasado diecisiete años desde aquel día y a nosotros nos queda lo de siempre: pensar que estamos viviendo cuando en realidad sólo soñamos que vivimos, como más o menos venían a decir a la vez Fernando Pessoa y José Saramago, a quien tanto amo, a quien tanto me gusta nombrar porque me ha enseñado lo que son la decencia y la dignidad como poca otra gente a lo largo de mi vida.

El lenguaje procaz y los medios que lo extienden como una plaga son sus armas preferidas. El fascismo siempre tuvo éxito porque cuando dice algo lo hace sin ninguna explicación, convierte en sencillo lo complejo, banaliza el mal como si lo que escribía Hannah Arendt fuera tan simple y evidente como asegurar que llueve cuando está cayendo el agua a cántaros. Usan para cada ocasión una sola palabra: felón, traidor, bolivariano, terrorista, ilegitimo, asesino, etarra, genocida… Hablan como cuando en la escuela de mi infancia nos enseñaban la historia de la misma manera: rojos, comunistas, ateos, antipatriotas, masones, bandoleros… Una sola palabra basta para explicar, ocultándolos, sus auténticos intereses: convertir la democracia en su propiedad particular, en la vuelta a cuando las urnas no hacían falta porque todo lo que salga de las urnas, si lo que sale de las urnas es el triunfo de las izquierdas, será ilegítimo y habrá que acabar con esa ilegitimidad sea como sea. Escucho decir a Pablo Casado que Pedro Sánchez y su gobierno quieren convertir España en una dictadura y no sé si echarme al monte, como hicieron los hombres y mujeres de la guerrilla antifascista, o preguntarle qué tienen él y los suyos contra las dictaduras si vienen de ella, si se pusieron enfermos cuando sacaron al dictador de su tumba faraónica y si a él mismo le importan un pito los más de cien mil cadáveres que su querida dictadura dejó abandonados en las cunetas y los cementerios y ahí siguen, adornados, eso sí, por las bromas que los casados y abascales hacen cada día sobre esos asesinados, unos asesinados a quienes no sé por qué seguimos llamando eufemísticamente “fusilados”.

Les da igual que haya muerto tanta gente y que siga muriendo tanta gente. Recuerdo aquí el verso impresionante de Sylvia Plath: “¡Qué ojos tan grandes tienen los muertos!”. Para mí un muerto son todos los muertos porque hay en cada uno de ellos el dolor inconsolable de familias rotas para siempre. Y ahí están, todos y cada uno de ellos, mirándonos con sus ojos bien abiertos, exigiéndonos esperanzadamente que no los olvidemos. Pero a esos de las derechas les da todo igual, menos que el Gobierno sea un gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas-Podemos. Para esa gente el único gobierno legal es cuando ese gobierno es el suyo, el de los suyos, el que les otorgó la victoria en una guerra que no debería haber existido nunca si el fascismo no hubiera roto las urnas de 1936 a cañonazo limpio y con voraces consignas de exterminio contra la democracia que entonces representaba la República. No me lo invento yo para radicalizar esta columna de infoLibre: lo dice la historia.

En el fondo y en la forma de sus desplantes y amenazas subyace lo mismo: la izquierda no tiene ningún derecho a gobernar. Por eso la confrontación incansable contra el Gobierno no viene de la gestión, acertada y desacertada a la vez, como la de todos los gobiernos ante situaciones desconocidas, de la pandemia. Viene de mucho antes. Viene incluso de antes de que el PSOE ganara las dos últimas elecciones generales de 2019 y, sobre todo, desde que Unidas-Podemos entrara a formar parte del gobierno de coalición. Viene, como podemos leer en la historia tan triste de este país, como escribía Gil de Biedma, de cuando los padres y abuelos de quienes ahora han copado todos los carnés de demócratas y patriotas a golpe de cacerolas y gritos de libertad, se cargaron precisamente la libertad con un golpe de Estado contra la República y convirtieron la patria, su famosa y tan querida patria, en un cortijo que tantos años después siguen queriendo escriturar a su nombre, ese nombre que para mí será siempre, en honor de los “padres y las madres” de la derrota, el nombre de la infamia.

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Alfons Cervera es escritor. Su última novela: Claudio, mira, editada por Piel de Zapa.

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