Ruido en el Congreso y llanto militar Víctor Guillot
La forma más habitual de comunicar peligro en actividades y entornos con incertidumbre –mar, montaña, deportes de naturaleza, meteorología cambiante– es recurrir a escalas graduadas. Una combinación de colores y categorías que promete matices útiles: riesgo bajo, moderado, medio, alto. El mensaje pretende ser proporcional y fácil de entender. Sin embargo, parte de una suposición frágil: que las personas interpretan el riesgo como un dato técnico y actuarán en consecuencia.
En la práctica, el riesgo no se procesa solo como información. Se interpreta como permiso, como advertencia o como reto, según la experiencia, las expectativas y el contexto. Y por eso el punto intermedio de cualquier escala es el más delicado. No porque sea el más seguro ni el más extremo, sino porque es el más interpretable.
"Medio" rara vez se lee como "hay una probabilidad relevante de daño grave". La lectura más extendida es más simple: "se puede". El problema es que cuando una señal se convierte en una autorización implícita, el comportamiento se desplaza hacia el límite.
Esta tensión se ve con especial claridad en las avalanchas. Existe una escala estandarizada de 1 a 5, y el nivel 3 ("considerable") se repite como un patrón incómodo. Se da con frecuencia, mantiene la actividad alta y, según datos de accidentalidad alpina, concentra entre el 40% y el 50% de los accidentes mortales. Es un dato clave porque el nivel 3 no describe un escenario benigno: habla de condiciones peligrosas en las que el desencadenamiento puede ser probable.
A partir de ahí, la explicación es tan humana como contundente. En niveles muy altos, mucha gente se retira: por prudencia, por cierres, por disuasión social. En niveles muy bajos, el margen de seguridad suele ser mayor. El nivel intermedio, en cambio, mantiene el movimiento: hay suficientes personas practicando y hay suficiente peligro como para que el fallo tenga consecuencias irreversibles. Es el nivel donde más se cruzan riesgo real y decisión de seguir.
A esto se suma el papel del propio lenguaje. "Precaución" parece una instrucción clara, pero no lo es. Cada uno traduce esa palabra a su manera. Para alguien con experiencia técnica puede significar renunciar a ciertas zonas. Para muchos usuarios, en cambio, equivale a continuar con un extra de atención. Y en entornos complejos, la atención no anula un riesgo estructural: lo maquilla.
Los colores también empujan. El verde tranquiliza. El rojo frena. El amarillo invita a avanzar con cuidado. Pero el cuidado es un concepto elástico: se adapta a la motivación, al cansancio, a la presión del grupo ("solo falta una hora"), al tiempo invertido, al coste del viaje. En ese marco, el nivel intermedio se convierte en el lugar perfecto para el autoengaño: "no está perfecto, pero no es para tanto".
Y hay un sesgo todavía más profundo: la percepción de control. Muchas personas no interpretan la escala como una descripción del entorno, sino como una evaluación indirecta de su propia habilidad. Si el riesgo es medio para la media, para mí será algo menos porque me considero prudente o preparado. Es una lógica comprensible, pero peligrosa. Porque en determinados escenarios el accidente no llega de forma gradual: basta un detalle invisible para que la situación deje de ser manejable.
Porque en determinados escenarios el accidente no llega de forma gradual: basta un detalle invisible para que la situación deje de ser manejable
Aquí aparece la pregunta incómoda: ¿está informando o está habilitando? Las escalas graduadas aportan matices, pero el matiz también abre un espacio de negociación interna. Y esa negociación suele resolverse a favor de la acción cuando el mensaje no es un "no" rotundo.
Por eso, en determinadas circunstancias, tiene sentido plantear una alternativa: el criterio binario. Permitido o prohibido. No en todos los contextos, pero sí cuando concurren tres elementos: consecuencias potencialmente fatales, rescate difícil o lento y un público con capacidades muy diferentes. Ya ocurre con las banderas rojas en playas o con cierres de rutas por temporal, aunque genere resistencia: muchos lo perciben como autoritario o excesivo.
La idea es simple: reducir el margen de interpretación allí donde la interpretación mata. Evitar que el "nivel medio" funcione como coartada. Cuando el objetivo es proteger vidas, el reto no es solo describir el peligro. Es anticipar cómo las personas traducen esa descripción en conducta. Y volver a esa pregunta: ¿estamos informando o habilitando?
A veces, la comunicación más responsable no es la que ofrece más matices, sino la que deja menos espacio al optimismo individual. Porque hay riesgos que, en la práctica, no se parecen a un semáforo. Se parecen a una puerta. O está abierta o está cerrada.
___________________________________
Anna Garcia Hom es doctora en Prevención y Seguridad Integral.
Lo más...
Lo más...
LeídoLamprea, anguila, salmón: así festejamos la extinción en los ríos gallegos
David Reinero (Praza.gal)Feijóo fracasa en su intento de que Bruselas y el PP europeo condenen la regularización del Gobierno
Marta Monforte JaénTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirla¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.