El riesgo de fuga y las “pequeñas fugas”

Los jueces han decidido retirar el pasaporte a Begoña Gómez. La resolución habla de un posible "riesgo de fuga". Una expresión solemne, casi cinematográfica. Uno imagina aeropuertos, identidades falsas, maletas con doble fondo y vuelos nocturnos hacia algún país sin tratado de extradición. ¿Alguien se imagina a Pedro Sánchez bajando del Falcon de regreso España sin Begoña Gómez? y respondiendo como Caín cuando Dios le preguntó por el paradero de su hermano Abel, contestara "¿soy yo acaso su guardián?" Pero quizá hemos entendido mal el auto y prejuzgado a los jueces.

Porque la palabra "fuga" tiene en español una extraordinaria riqueza de significados. La publicidad nos recuerda cada día que millones de personas sufren “pequeñas fugas” de orina al reír, al toser o al hacer ejercicio. Para todo hay solución, dicen los anuncios. Salvo, al parecer, cuando interviene la justicia.

Y aquí es donde todo empieza a cobrar sentido.

Durante meses, Begoña Gómez ha sido objeto de una colección de bulos tan grotescos que harían sonrojar a un guionista de comedia. Uno de los más persistentes sostenía que la esposa del presidente del Gobierno era en realidad un transexual llamado Begoño con persistentes problemas de próstata, posiblemente una hipertrofia benigna que requirió, aseguraban, algunos días de baja laboral. El tal Begoño recibió subvenciones cuyas cantidades eran ocultadas por el Gobierno para montar una red de prostíbulos encubiertos como alojamientos turísticos, restaurantes, cafeterías o saunas. Además de los ingresos que recibiría como narcotraficante en el norte de Marruecos. Delirios, por supuesto, pero difundidos con entusiasmo por quienes convierten la mentira en una forma de militancia.

Incluso los tribunales han terminado pronunciándose sobre uno de esos disparates al considerar que llamarla "Begoño" no constituye delito. Curiosa época la nuestra, en la que la justicia acaba dedicando tiempo a determinar los límites penales de un chiste de patio de colegio.

De modo que quizá el famoso "riesgo de fuga" no era el que imaginábamos. Tal vez los jueces estaban preocupados por otro tipo de fugas. Las de los anuncios de televisión. Las que se solucionan con un “Tena Lady Ultra” y no con la retirada de un pasaporte.

Quién sabe. A lo mejor todo este procedimiento podría haberse resuelto con un buen bragapañal.

Resulta difícil no percibir en determinadas decisiones una voluntad de escenificación. No basta con investigar; parece necesario exhibir. No basta con instruir; hay que representar. Los jueces saben —porque algunos incluso han aprobado las oposiciones— que cuando la persona investigada es la esposa del presidente del Gobierno, cada medida cautelar adquiere inevitablemente una dimensión simbólica que trasciende lo estrictamente jurídico.

Pensábamos que los jueces hablaban de evasiones internacionales cuando, quizá, solo estaban preocupados por las otras “pequeñas fugas” de las que nos advertía la inmortal Concha Velasco

No afirmo que exista una voluntad deliberada de humillarla —Dios me libre—. Digo que, vista desde fuera, la escena produce exactamente ese efecto. Y en política, como en justicia, los efectos también importan.

A la pobre Begoña —o Begoño, puesto que ya sabemos que esa licencia cuenta con respaldo judicial— solo le faltaría completar el repertorio de las viejas ceremonias de escarnio público: raparla al cero, obligarla a beber aceite de ricino y pasearla por las calles con un cartel infamante colgado del cuello.

La imagen pertenece a otros tiempos, sí. A una España que creíamos archivada junto con sus fotografías en blanco y negro. Pero hay decisiones que despiertan ecos incómodos, porque parecen inspiradas por la misma intención: la de convertir la investigación de la mujer del presidente en espectáculo antes que en ciudadana con derechos.

Tal vez los jueces tengan excelentes razones jurídicas para retirar un pasaporte. Tal vez. Lo que cuesta entender es por qué, tratándose de una persona que ha comparecido siempre ante los tribunales y cuya notoriedad hace prácticamente imposible cualquier desaparición, la medida termina pareciendo menos una cautela procesal que una escena cuidadosamente iluminada.

Y mientras discutimos sobre el riesgo de fuga, las que de verdad se están fugando son: la presunción de inocencia, la proporcionalidad y la prudencia institucional. Esas hace tiempo que abandonaron discretamente el escenario.

Qué desconfiados hemos sido algunos. Pensábamos que los jueces hablaban de evasiones internacionales cuando, quizá, solo estaban preocupados por las otras “pequeñas fugas” de las que nos advertía la inmortal Concha Velasco.

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Francisco Barba Cañete es escritor y politólogo.

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