El árbol de las cerezas amargas: el algoritmo contra el rigor

En la era de la saturación digital, las estadísticas selectivas sirven para construir grandes mentiras. Es el viejo truco del cherry picking o el sesgo de selección: se trata de acudir a un árbol, recoger únicamente las frutas maduras o podridas que convienen al relato y mostrar la cesta como si fuera la radiografía exacta de todo el bosque. Cuando esta técnica se aplica a dramas humanos tan desgarradores como la explotación sexual de menores, el resultado es gasolina flotando en una opinión pública a punto de estallar.

La historia reciente demuestra que los datos étnicos sesgados o falsos no se quedan en el plano académico; saltan a las calles en forma de disturbios, violencia y fractura social, como los vividos en el Reino Unido en el verano de 2024 tras los bulos de Southport.

El ultraderechista Javier Negre emplea estructuras narrativas de deshumanización, pánico moral y victimización de la mayoría, enfocándose sobre todo en los musulmanes. En su retórica son comunes términos como “invasión islámica”, “ideología que carcome” o “colapso de Occidente”. Es una falsa teoría conspirativa rechazada categóricamente por la comunidad académica, verificadores de datos y organismos internacionales.

Pese a la falsedad del discurso y lo rastrero de su argumentación, la extrema derecha sigue creciendo y ganando adeptos.

Lo más peligroso es que la desinformación no nace de una mentira completa. De hecho, una parte sustancial de los hechos es cierta, pero se presenta de manera que conduce al público hacia conclusiones falsas. Tan irresponsable es negar la realidad como exagerarla, por eso debemos diferenciar entre el periodismo serio y la propaganda.

Numerosos estudios criminológicos demuestran que más del 80% de los abusos infantiles se producen en entornos familiares conocidos o cercanos a las víctimas. El propagandista Javier Negre, ha tomado los datos observados en determinados municipios y los ha proyectado matemáticamente al conjunto del país, los presenta como si describiera una realidad nacional homogénea donde ser musulmán es sinónimo de violador o abusador sexual. El problema adquiere una relevancia moral, porque cuando Negre convierte artificialmente una excepción documentada en regla universal, la consecuencia es la estigmatización colectiva de millones de personas que no tienen ninguna relación con los delitos.

El rigor informativo debe pasar por encima de la complacencia o del algoritmo de interacción

La ciencia social lleva décadas advirtiendo sobre este tipo de manipulación que persigue dejar de informar y tratar de persuadir, y en la actualidad la inteligencia artificial añade más complejidad al problema.

Muchos ciudadanos acudimos a la IA buscando una respuesta neutral, ajena a los intereses ideológicos de partidos, medios de comunicación o grupos de presión. Pero las máquinas no piensan en el vacío. Tienen los sesgos de los seres humanos que las crearon. El historiador y filósofo Yuval Noah Harari advierte en su obra Nexus que los sistemas algorítmicos no distinguen necesariamente entre verdad y viralidad. Una información puede expandirse masivamente no porque sea correcta, sino porque resulta emocionalmente poderosa, genera indignación o confirma prejuicios previos. Hasta el papa León XIV nos lo acaba de advertir en su encíclica “Magnifica humanitas” donde nos invita a replantearnos el papel de la tecnología subrayando que la IA no es neutral y aboga por “desarmarla” de lógicas de dominio, exclusión y control. No se trata de una conspiración tecnológica, sino de una limitación inherente a algoritmos entrenados por seres humanos sesgados. Cuando una determinada narrativa domina el ecosistema informativo, el riesgo de que también influya en las respuestas algorítmicas aumenta significativamente.

Por ejemplo, en Torrepacheco se presentó un acto concreto de delincuencia como consecuencia directa de la inmigración en su conjunto, circularon vídeos descontextualizados, imágenes procedentes de otros lugares y mensajes interesados en señalar a comunidades enteras como criminales. Los mensajes más alarmistas eran los más compartidos y comentados. La emoción viaja más rápido que la verdad.

Tras el asesinato de varias niñas en Southport, se difundieron rápidamente informaciones falsas sobre la identidad del autor. Antes de que las autoridades reaccionaran, miles de usuarios compartieron interesadamente la atribución del crimen a colectivos inocentes. Esta desinformación alimentó disturbios, ataques contra mezquitas y enfrentamientos callejeros. Posteriormente se comprobó que muchas de las afirmaciones iniciales eran falsas.

La tecnología no necesita mentir para desinformar; a veces basta con amplificar selectivamente una parte de la verdad y silenciar el contexto necesario para comprenderla. La democracia necesita investigaciones honestas, la justicia necesita pruebas y la inteligencia artificial ciudadanos capaces de pensar críticamente. Cuando Javier Negre utiliza palabras como “invasión total” despoja al musulmán de su individualidad civil, lo transforma en un enemigo uniformado, en un “varón en edad militar”. Y cuando afirma que la inmigración “carcome el corazón de la civilización occidental”, lo compara con una enfermedad que corrompe al cuerpo sano desde dentro. Negre no busca debatir datos, sino contribuir a un mito literario cerrado donde el musulmán es una amenaza existencial que nos obliga a elegir entre la sumisión o la confrontación.

Los programadores y los modelos de IA no pueden ser meros espectadores asépticos. El rigor informativo debe pasar por encima de la complacencia o del algoritmo de interacción. Cuando un informe miente o manipula con las cifras globales, la obligación ética de la tecnología debe ser desmontar la falacia de inmediato, de forma directa y sin preámbulos. De lo contrario, seguiremos permitiendo que quien mira un árbol crea que todo el bosque está podrido.

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Francisco Barba Cañete es escritor y politólogo.

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