La maldición de los áticos Pilar Velasco
Con la creciente centralidad de la competencia geopolítica, el concepto de seguridad se ha asentado como una dimensión transversal en la gran mayoría de las políticas de la Unión Europea. Esta lógica también ha alcanzado la esfera económica. El término "seguridad económica" ocupa ya un lugar central en el debate comunitario, desde la Estrategia de Seguridad Económica presentada por la Comisión Europea en 2023 hasta el informe Draghi sobre competitividad.
A diferencia de la competencia geopolítica de la Guerra Fría, que operaba entre bloques relativamente estancos con reducida relación comercial, esta nueva etapa de rivalidad se despliega en un contexto de economía globalizada, sustentada en densas y complejas redes de interdependencia. El resurgir de los intereses nacionales por encima de las estructuras multilaterales está configurando un mundo caracterizado cada vez más por la confrontación económica, la coerción y la instrumentalización de las dependencias. Todo ello ha expuesto las profundas vulnerabilidades que padece la UE y que amenazan directamente al proyecto comunitario.
Por ello, hoy resulta insuficiente definir la seguridad desde un prisma únicamente militar. Hace falta adoptar una visión integral que conciba la seguridad como algo transversal, que se juega simultáneamente en el terreno de la defensa, la energía, la industria, las cadenas de valor y la tecnología. Lo que durante décadas se trató como política comercial, con la eficiencia y la obtención de crecientes beneficios como principales objetivos, se ha convertido, nos guste o no, en política de seguridad.
La inserción de este enfoque en la esfera económica suele generar recelo, sobre todo entre los sectores más liberales, que continúan concibiendo el libre mercado como un bien en sí mismo. Sin embargo, este recelo suele ir asociado al error de hacer equivaler seguridad económica con oposición al mercado global. Nada más lejos de la realidad.
La madurez de la UE exige reconocer los beneficios del libre mercado y de la interdependencia económica, pero también asumir que este esquema, en un contexto de rivalidad geopolítica, puede generar vulnerabilidades que rivales sistémicos u otros países, incluso socios, pueden explotar. Lo vemos con ejemplos recientes como la utilización del gas como herramienta de presión por parte de Rusia tras la invasión de Ucrania, las restricciones a la exportación de materias primas críticas impuestas por Pekín como represalia geopolítica, y las estrategias comerciales coercitivas de la administración Trump.
La seguridad económica consiste en evitar la ingenuidad respecto a quién tiene la capacidad de estrangular suministros críticos y actuar en consecuencia, no en levantar muros
La solución, evidentemente, no pasa por la autarquía. Para una economía abierta como la europea, integrada en cadenas de valor globales de las que depende el bienestar de sus ciudadanos, esa salida no es viable ni deseable. Los costes serían inasumibles. La seguridad económica consiste en evitar la ingenuidad respecto a quién tiene la capacidad de estrangular suministros críticos y actuar en consecuencia, no en levantar muros.
¿Qué implica, entonces, la seguridad económica en tiempos de interdependencia? Implica, en primer lugar, mantener la apertura comercial, pero incorporando las consideraciones de soberanía y resiliencia necesarias para asegurar que la UE pueda moldear su futuro en vez de limitarse a reaccionar ante shocks externos. En segundo lugar, implica asumir que no todas las relaciones comerciales ofrecen el mismo grado de fiabilidad, y que conviene distinguir entre dos tipos de afinidad con nuestros socios. La primera es funcional, es la que mantenemos con actores que comparten el interés en un mercado global, aunque no necesariamente nuestros principios políticos. La segunda es de valores y hace referencia a la que construimos con países comprometidos con las mismas estructuras democráticas y multilaterales. Ambas son necesarias, pero no son intercambiables, debido a que no se pueden depositar las mismas expectativas de fiabilidad y confianza en un socio funcional que en un aliado que comparte nuestros valores.
Pero el objetivo no es solamente reducir vulnerabilidades a través de la diversificación de socios fiables. Un elemento igualmente esencial de la seguridad económica es reforzar nuestra competitividad global y nuestra posición en las cadenas de valor más relevantes. En otras palabras, hay que hacerse imprescindibles en el entramado económico mundial. Un actor del que otros dependen tiene mucha más capacidad de disuasión y negociación que otro que simplemente ha diversificado sus proveedores, pero carece de relevancia en las estructuras de producción mundial. Europa ya cuenta con activos de este tipo como las máquinas de fotolitografía que emplean tecnologías de luz ultravioleta extrema, sin la cual Estados Unidos ni China pueden fabricar los semiconductores más avanzados.
Todo ello solo es posible a escala comunitaria. Los Estados miembros por sí solos carecen de la masa crítica necesaria para disuadir a terceros de guerras comerciales o presiones económicas. Una respuesta fragmentada a este nuevo contexto solo se traducirá en duplicidades e ineficiencias que acabarán por erosionar el mercado común europeo, que es, precisamente, el principal activo estratégico del bloque.
Esta nueva orientación de la política económica europea, pasando de una lógica basada en la eficiencia a otra diferente, que incluye también la seguridad, comportará costes a corto y medio plazo. Relocalizar industria crítica en la Unión Europea o en países afines, reducir importaciones de productos esenciales procedentes de actores no fiables, aunque los vendan más baratos, o construir capacidades propias en sectores estratégicos no saldrá barato.
No obstante, la alternativa es no hacer nada y esperar a que nadie explote nuestras vulnerabilidades. Esta posición resulta difícil de sostener cuando incluso el mayor aliado de la historia de la UE trata de obtener beneficios políticos coaccionándonos económicamente. Como todo, las posibilidades de que la Unión Europea sobreviva a un contexto tan competitivo pasan por asumir un papel proactivo que no nos deje desprotegidos ante factores externos. Pasan, en definitiva, por dejar de confundir apertura con indefensión.
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Marcel Muñoz Rodríguez es coordinador de Políticas Públicas de la Fundación Alternativas.
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