De Tahrir a Taksim: plazas, símbolos y retratos

En Oriente Medio y el Norte de África, la calle ha sido históricamente el principal espacio de vida y expresión política. En 2011, durante la oleada de levantamientos populares que sacudieron la región, plazas como la de Tahrir, en El Cairo, se convirtieron en el epicentro de la acción política de unas sociedades que dijeron “basta” a décadas de represión, estancamiento económico y corrupción. Hoy, estas plazas muestran un rostro distinto.

En Egipto, durante los 18 días de protestas que culminaron con la caída del régimen de Hosni Mubarak ―tras tres décadas en el poder―, los manifestantes ocuparon en masa la plaza Tahrir, que se convirtió entonces en un bastión revolucionario. Una década después, sin embargo, el paisaje urbano cairota cuenta otra historia, y en Tahrir los policías se imponen en número a los transeúntes.

La plaza fue rediseñada en 2020, y en su centro se erige ahora un obelisco faraónico de 19 metros custodiado por cuatro esfinges procedentes del templo de Karnak, en Luxor. Ya no es lo que era, y de ser un espacio de reunión y protesta ha pasado a ser un enclave frío y monumental. El poder ―representado en este caso en la figura de al-Sisi, que se mantiene en el cargo desde que en 2013 un golpe de Estado militar acabase con el efímero gobierno de los Hermanos Musulmanes― ha securitizado el corazón simbólico de la ciudad, convirtiéndolo en un escenario controlado y sin apenas presencia ciudadana.

Como Egipto, Túnez conoció el mismo destino de la contrarrevolución urbanística, y las plazas de la revolución fueron militarizadas y cercadas para limitar su acceso. Estas intervenciones, circunscritas al periodo posterior a los levantamientos populares de 2011, son en realidad parte de una tendencia regional más amplia. Por eso, más allá de los casos en los que el Estado interviene de forma directa en la disposición de los lugares, existen otros antecedentes históricos y escenarios en los que el control del espacio público se ejerce de forma más sutil: modificando, por ejemplo, su apariencia y función.

Las grandes urbes del Golfo ejemplifican esta lógica, cuyos planes urbanísticos ―aunque producto del urbanismo neoliberal― beben de las experiencias de sus vecinos regionales. En estas ciudades la vida privada sustituye la pública, y en lugar de plazas y parques encontramos centros comerciales, complejos residenciales y estructuras poco amigables para el peatón.

En esa misma línea, el downtown de Beirut, antiguo zoco y corazón histórico de la ciudad, fue objeto de una profunda transformación tras la guerra civil libanesa. El proyecto prometía revitalización social y económica, pero acabó desplazando a familias y comerciantes locales, que fueron reemplazados por edificios de mármol y fachadas de lujo.

Este modelo elitizado, por cierto, nunca logró arraigar, y pasear hoy por el downtown es lo más parecido a estar dentro de una postal postapocalíptica: el área permanece casi deshabitada y fuertemente controlada, lo que plantea la pregunta de si la reconstrucción perseguía también la creación de un espacio público dócil en el frágil periodo de posguerra. Sea cual sea la intención, el resultado es un centro histórico desactivado y sin tejido urbano. 

En todos los casos, ya sea de manera directa —a través de la militarización— o indirecta —mediante proyectos urbanos que alteran el entorno—, la gestión del espacio público se ha convertido en una extensión de los intereses de quienes ejercen el control. Pero la calle nunca es completamente dócil, y ante esa resistencia, el poder recurre a otra estrategia: saturar el espacio público con su propia iconografía. Es decir, “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. 

La gestión del espacio público se ha convertido en una extensión de los intereses de quienes ejercen el control

Un ejemplo paradigmático de este fenómeno es Erdoğan, en Turquía. El líder turco ha desplegado una estrategia de monumentalización religiosa con la que busca inscribir su proyecto político en el paisaje urbano. Así, en uno de los costados de la plaza Taksim —espacio central de las protestas de 2013 y lugar profundamente asociado a la historia de la resistencia en Turquía— se erige desde 2021 la mezquita Taksim. Su construcción no responde únicamente al deseo del presidente de controlar el que fuera el principal punto de encuentro de los manifestantes, sino que obedece también a su ya conocido empeño por reforzar la identidad islámica de Turquía. También la mezquita de Çamlıca, inaugurada en 2016, se alza sobre una de las más altas colinas de Estambul, desde donde observa y vigila toda la ciudad.

Pero el antecedente más claro de la apropiación simbólica del espacio público se encuentra en Irán. Un año después de su proclamación, la República Islámica se vio envuelta en una cruenta guerra con su vecina Iraq. El proyecto político era muy prematuro, y eran muchas las voces críticas y detractores. En un momento donde la identidad nacional iraní estaba aún definiéndose, Jomeini entendió que una manera efectiva de generar cohesión social era inundando el espacio público con retratos oficiales y mensajes nacionalistas. De hecho, con la exaltación de los mártires de la guerra, cuyos rostros asomaban por las calles de Teherán, el régimen logró movilizar a la población y alentar a muchos jóvenes a alistarse en el ejército.

En definitiva, quien controla el paisaje y su simbolismo ejerce un gran poder sobre las dinámicas sociopolíticas en Oriente Medio y el Norte de África. Por eso, y aunque las formas varíen en función del lugar —ya sea mediante la securitización, el rediseño o la saturación simbólica—, el espacio público constituye un campo de batalla donde se negocian la identidad, el poder y el orden.

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Nahia Varela Molina es especialista en el mundo árabe-musulmán y colaboradora de la Fundación Alternativas.

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