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Los 14 meses del vicepresidente Iglesias: unos Presupuestos sin Cs y un pulso permanente con el PSOE

Pablo Iglesias, tras la toma de posesión de su cargo en la sede del Ministerio de Sanidad en Madrid en enero de 2020.

Su ministerio apenas dispuso de competencias, pero por su vicepresidencia han pasado los momentos más críticos de la legislatura. De su despacho salió una sola ley, la de protección de la infancia (apodada ley Rhodes), pero a él llegaron en más de una ocasión los nervios indisimulados de Moncloa. Su mayor reto fue atraer a la parte socialista del Gobierno a unos Presupuestos para su aprobación con la mayoría de la moción de censura y no con Ciudadanos. El líder de Unidas Podemos puede tachar esa casilla como una misión cumplida que da aire a una legislatura de la que, a partir de ahora, él no formará parte.

Por el camino, el asedio constante de la oposición. Por su supuesta responsabilidad en lo ocurrido en las residencias (el Gobierno central nunca retiró la competencia, que es de las autonomías) y por sus propios problemas y los de su partido con la Justicia, que no han desembocado hasta ahora en una sentencia condenatoria o una imputación formal.

La producción de textos normativos es modesta porque sus competencias también lo eran: la ley de infancia y varios reales decretos-ley, pero su influencia ha sido decisiva en el primer Gobierno de coalición desde la Segunda República.

En realidad, la dimisión de Iglesias encierra alguna similitud con su llegada al Gobierno: nadie lo esperaba. Porque pocos apostaban en el verano de 2019 por un Ejecutivo con presencia de Unidas Podemos y menos aún con su líder dentro. Solo su empeño personal y su convencimiento de que los gobiernos monocolor eran parte de la historia acabaron dibujando la coalición como única forma plausible de investidura para Pedro Sánchez tras dos elecciones generales en siete meses.

Ahora, el anuncio de su dimisión también parte de una decisión personal y también coge a todo el mundo por sorpresa: no sale del Gobierno porque lo cesen o porque la legislatura esté tocando a su fin. Abandona de manera unilateral la primera línea de la política nacional para emprender una arriesgada batalla electoral en las autonómicas de Madrid del 4 de mayo.

Un mandato marcado por el covid y las discrepancias con el PSOE

Los 441 días del líder de Podemos al frente de la vicepresidencia segunda empezaron con el afán de poder avanzar en las profundas reformas ideadas en el pacto de coalición y con la intención de establecer canales permanentes de entendimiento y lealtad con el presidente Sánchez.

El primer objetivo se topó pronto con la crisis del coronavirus que, en gran medida, hizo saltar por los aires todos los planes del Gobierno. En el seno de Moncloa reconocen que el estallido de la pandemia tuvo tal impacto que incluso afectó, para bien, a la relación entre los socios. Ni siquiera había tiempo de enfrentamientos.

Desde el primer día de su toma de posesión el líder de Unidas Podemos ha sido consciente de que, ante la falta de competencias de su departamento, su trabajo debía ser otro. Más político, más estratégico, de liderazgo de su formación en batallas que estaban por librarse dentro del Ejecutivo.

Durante la primera etapa de la pandemia gran parte de esas batallas las libró cara a cara con el presidente, en encuentros periódicos en los que ambos también se encargaban de desactivar posibles conflictos entre sus respectivos equipos. Desde Unidas Podemos celebraban orgullosos que medidas como la paralización de desahucios durante el primer confinamiento, la prohibición de cortar suministros básicos a personas que hubieran quedado en situación de vulnerabilidad o la agilización del Ingreso Mínimo Vital, llevaban su sello y habían sido logros de Iglesias.

Los Presupuestos, su gran batalla

Pero tras el verano se produjo, seguramente, la madre de todas las disputas. El Gobierno se enfrentaba al reto de sacar adelante unos Presupuestos Generales del Estado y la negociación dio lugar a los dos momentos de mayor tensión interna de la legislatura.

Iglesias no estaba dispuesto a que el partido socialista reanimase a Ciudadanos como posible socio parlamentario. Su apuesta por la mayoría de la investidura y su veto explícito a Inés Arrimadas se convirtieron en seria advertencia la mañana del 28 de agosto. “El PSOE sabe que con Podemos no va a contar para pactar unos presupuestos con Ciudadanos”, dijo la portavoz del partido, Isa Serra.

En ese mismo momento, el móvil de Iglesias sonó. El líder de Unidas Podemos abandonó momentáneamente la reunión del Consejo de Coordinación de su partido en la que participaba para atender la llamada del presidente. Pedro Sánchez le comunicó que se tomaba el anuncio como una amenaza intolerable y le advirtió de que no jugase con fuego. Iglesias le contestó que también sus palabras sonaban a amenaza y que estaba dispuesto a asumir las consecuencias de su posicionamiento estratégico.

Sobre esa cuerda, siempre tensada y en ocasiones cerca de romperse, ha caminado el ya cabeza de cartel por Unidas Podemos a la Asamblea de Madrid, que este martes se sentará por última vez en la mesa del Consejo de Ministros.

Un par de meses más tarde, PSOE y Unidas Podemos llegaron a un preacuerdo sobre el borrador de presupuestos pero Pablo Iglesias exigió para cerrarlo dos compromisos más: regular el precio de los alquileres y facilitar el acceso al Ingreso Mínimo Vital. Sin cerrar ambos pactos, Moncloa organizó el acto de presentación del texto presupuestario. A pocas horas del acto, el vicepresidente hizo saber a Pedro Sánchez que, sin la firma de ambos compromisos por escrito, él no acudiría a la ceremonia.

El acuerdo de presupuestos contó finalmente con el compromiso de regular el mercado de los alquileres y facilitar el ingreso al IMV. Meses después, Iglesias también consiguió apuntarse el, seguramente, tanto político más importante de su paso por el Gobierno: consiguió cerrar con Bildu el compromiso de apoyo a las cuentas generales del Estado desbaratando así las aspiraciones socialistas de incluir en la ecuación a Ciudadanos.

Iglesias contra el muro de la Moncloa

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Creen en Unidas Podemos que ese momento cambió definitivamente la dinámica interna del Gobierno. Las batallas políticas de Iglesias en el seno del Gobierno empezaron a chocar contra un muro. De la noche a la mañana desaparecieron los maitines de los lunes, en los que presidente y vicepresidente despachaban semanalmente y acordaban posturas comunes.

Interpretan los morados que la consigna del PSOE fue la de “cerrar el grifo” a los logros del vicepresidente. Y ahí encuentran la explicación a, probablemente, la mayor frustración política de Iglesias en todo este tiempo: no sacar adelante una ley de vivienda que incluya la regularización del mercado del alquiler.

Tras varios meses de enfrentamientos públicos y de ruido de sables en el seno de la coalición, Iglesias llega a la conclusión de que su papel en el Gobierno ha concluido. Tras tomar la decisión de presentarse como candidato a la comunidad de Madrid y dar paso a un relevo de liderazgo en Unidas Podemos con Yolanda Díaz al frente, volvió a hacer lo que nadie esperaba: mandó un mensaje al presidente comunicándole su dimisión.

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