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Los dirigentes de la Iglesia

Antonio Cañizares, el apóstol de la España una y católica

El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares.

Sergi Tarín | Valencia

La pasada no fue la mejor semana de Antonio Cañizares, cardenal y arzobispo de Valencia desde agosto de 2014. El miércoles ofreció una conferencia para el Fórum Europa. Se trató de media hora de exposición católica “recia”, adjetivo que utiliza con frecuencia. Pero en el turno de preguntas, tan rodeado como estaba de buenos amigos y confidentes, se sintió como en casa y se dejó llevar. Cuando se le interpeló por la corrupción política, contestó con un nuevo interrogante: “¿No hay una corrupción ahí cuando el hombre es eliminado en el seno de su madre indefenso y débil?”. Enfrente tenía a Juan Cotino y Francisco Camps, que probablemente jamás abortarían, pero que están imputados en casos de corrupción donde se investigan los 3,4 millones que se llevó la trama Gürtel durante la visita del Papa en 2006 y los 45 millones de agujero que dejó la Fórmula 1, respectivamente.

Pero la cosa no quedo ahí. “No creo que haya aumentado la pobreza en las proporciones que se dice. No veo a la gente en la calle pidiendo más que antes ni viviendo debajo de un puente”, afirmó, categórico, pese a los informes de Cáritas que, desde su propia diócesis, alertan de la sedimentación de una pobreza que en Valencia, con más de 200.000 hogares en riesgo de exclusión severa, se sitúa tres puntos por encima de la media española. Y continuó su discurso negando hasta tres veces, tradición evangélica, la posibilidad de que las mujeres oficien misas: “No es una cuestión de derechos sino de naturaleza”. Y al final, con la ideología desatada, se refirió a la acogida de refugiados sirios: “Esta invasión de inmigrantes, refugiados, ¿es todo trigo limpio o viene con mucha mezcla?”, “No se puede jugar con la historia, con la identidad de los pueblos”, “Muy pocos vienen porque son perseguidos”, “Es el caballo de Troya dentro de las sociedades europeas y, en concreto, la española”.

Estas declaraciones provocaron una oleada de indignación. El jueves, el presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blazquez, clausuró el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa con una homilía, a la que asistió Cañizares, donde utilizó palabras que sonaron a regañina: “La presencia de Jesús se prolonga especialmente en los perseguidos y refugiados”. Y hasta el Papa Francisco insistió ese mismo día en la idea de “ver y ayudar a ver en el emigrante y el refugiado no un problema, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados”. Cañizares también recibió la censura del Gobierno valenciano, cuya vicepresidenta, Mónica Oltra, le recordó el evangelio de Mateo: “Tuve hambre y me distéis de comer; fui forastero y me recogisteis”. Y Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, solicitó su dimisión. Finalmente, la Red Española de Inmigración le denunció por un presunto delito de apología del odio.

Y a este jueves de crítica le siguió un viernes de perdón. De perdón a regañadientes, que es lo que pidió Cañizares en un comunicado en el que dedicó más frases a justificarse que a disculparse, ya que aseguró sentirse “manipulado” y víctima de un “verdadero linchamiento”. Un martirologio que, horas después, se consumó en sábado de colisión cuando se dirigía a Ávila a primera hora de la mañana y una joven que dio positivo en el control de alcoholemia chocó lateralmente con su vehículo. Cañizares acabó con un corte en la cara y un brazo en cabestrillo.

“Muy de derechas”

Ese mismo día, como cada tercer sábado de mes desde hace unos 35 años, se reunió el grupo de los “Capellans del Dissabte” (curas del sábado), un colectivo progresista con cerca de 40 miembros, entre religiosos y laicos. Algunos de ellos conocen bien a Cañizares, ya que estudiaron juntos en el seminario de Moncada, en Valencia. Joan Almela lo recuerda como un alumno “callado, aplicado y muy estudioso”. Algo que contradice uno de los responsables del seminario de entonces y que prefiere mantener el anonimato: “Solía fingir que estaba enfermo para no madrugar y pelarse la misapelarse”. En lo que sí hay coincidencia es en el pensamiento del cardenal, “muy de derechas, muy español”. Rasgos que le vienen de familia. Su padre tenía un molino harinero y era el cacique de Sinarcas (Valencia), donde se crió Cañizares, aunque nació en la vecina localidad de Utiel.

Ordenado sacerdote en 1970, se acercó a los círculos progresistas que giraban alrededor de la revista “Iglesia Viva”, pero pronto viró hacia las conservadoras estructuras de la cúpula eclesial. En 1992 fue nombrado obispo de Ávila y en 1996 arzobispo de Granada. Ya en 2002 tomó posesión como arzobispo de Toledo y primado de España y en 2006 fue creado cardenal. Dos años más tarde, Benedicto XVI, con quien mantiene una estrecha relación, le nombró prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Ambos habían coincidido años atrás en la Congregación para la Doctrina de la Fe, denominación moderna de la antigua Santa Inquisición.

E inquisitoriales han sido muchos de sus comentarios en contra, por ejemplo, de las políticas progresistas del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. En junio de 2008 envió una carta a los colegios invitándolos a objetar contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía. “Los centros religiosos que impartan la nueva asignatura colaborarán con el mal”, llegó a decir. Y sobre el aborto, otra de sus grandes batallas personales, aseguró que es “lo más grave que le ha sucedido a la historia de la humanidad”. Más que los abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes irlandeses, tal y como declaró en marzo de 2010. Y tanto como para considerar “un atentado” el aborto que le fue practicado en 2003 a una niña nicaragüense violada con nueve años.

La unidad de España también ha sido tema de sus escritos. Su carta pastoral del pasado septiembre se tituló “Orar por España y su unidad”. Y a ésta le siguió una vigilia en la catedral de Valencia el 25 de septiembre, víspera de las elecciones en Cataluña, para rezar contra la independencia: “Dios quiere la unidad, es lo que le es grato, aunque nos empeñemos en obrar lo contrario”.

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Pero si hay algo que le atormenta es la pérdida de la fe cristiana y la llegada en masa de población musulmana. De ahí los recelos hacia los refugiados. Según Almela, “reproduce, tal vez inconscientemente, la idea del cardenal Cisneros y su temor a la invasión musulmana”. Cisneros o Juan de Ribera, también arzobispo de Valencia, quien a principios de siglo XVII se erigió en autor intelectual de la expulsión de los moriscos ante la premonición de un castigo divino si no quedaba salvaguardada la pureza católica de España. De ahí que Cañizares sancione la pluralidad. “La diversidad de culturas, por sí misma, no da lugar automáticamente a una humanidad mejor”, afirmó en enero de 1999 durante la Fiesta de la Toma de Granada por los Reyes Católicos.

Algo parecido sucedió el pasado 9 de Octubre, fiesta nacional de los valencianos, cuando Cañizares reconoció los méritos cristianos del Rey Jaume I, quien en 1238 reconquistó Valencia a los musulmanes “con muy poca sangre, devolviéndole su identidad y raíces”. Lo hizo en la catedral de Valencia y en desagravio a la decisión del alcalde Joan Ribó, quien decidió que la bandera de la ciudad no participara en el Te Deum que instauró Rita Barberá durante los últimos 24 años.

De verbo directo, poco ambiguo, Cañizares cultiva por igual amigos y enemigos. Estos últimos le denominan Su Menudencia, por su baja estatura. También le llaman el pequeño Ratzinger, por su vinculación con el anterior Papa. Y aunque es de modales discretos y austeros, le subyugan el chocolate y la cerveza. Y, por supuesto, las tradiciones muy españolas, como los toros y los moros y cristianos. Esta última tiene su máxima expresión en Alcoi (Alicante), donde Cañizares fue vicario 11 meses y donde nació Ovidi Montllor, cantautor que, en su canción El meu poble Alcoi, definió con exactitud uno de los placeres cardenalicios: “Allí hacen unas fiestas / que a muchos les dura un año / siempre pierden los moros / y ganan los cristianos”.

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