La ética de la política

¿Hay mentiras justificadas en política?

Celebración en Barcelona de la declaración de independencia, que diversos líderes del 'procés' afirman ahora que sólo fue "simbólica".

Los tabúes suelen romperse en arranques de rebeldía o de descuido, casi siempre como consecuencia de actos poco planificados. Por eso sorprendió que fuera Artur Mas, lo contrario de un novato o un improvisador, quien agrietara el tabú del engaño en política. Tabú únicamente sagrado para los propios políticos, porque a pie de calle la mentira, el ardid y el descaro de nuestros gobernantes son temas recurrentes. Se dan por hechos, en realidad. Menos frecuente es que un dirigente o exdirigente admita que, de lo que todo el mundo sospecha, algo hay de verdad.

Mas habló del secreto como quien sabe que es, en realidad, un secreto a voces. "En el mundo de la política hay un componente simbólico y estético –dijo Mas el 21 de febrero en la radio Rac-1–. Muchas veces en el mundo de la política un argumento se exagera o se infla para intentar quedar lo mejor posicionado posible ante una determinada opinión pública. Eso pasa". A continuación lanzó una pregunta retórica, que parecía que iba a responderse a sí mismo: "¿Eso es un engaño o es una exageración?". Pero fue el periodista quien respondió, esta vez más rápido que el entrevistado: "En determinados momentos de la historia puede ser un engaño". Y Mas convino: "Muy bien, puede llegar a ser un engaño".

Mas no es un cualquiera. Fue el presidente de la Generalitat impulsor del proceso independentista unilateral que ha abierto la mayor crisis política e institucional del presente periodo democrático. Y sus palabras no hacían referencia a un asunto menor, sino a la declaración de independencia aprobada por el Parlament el 27 de octubre, que desencadenó la intervención de la autonomía catalana por parte del Gobierno. Uno de esos "determinados momentos de la historia" a los que aludió el periodista.

Aunque es pronto para dar por amortizado a Artur Mas, es obvio que al menos por el momento ha abandonado la primerísima línea política. Su paso atrás podría explicar su controvertida alusión al "engaño", que también está relacionada con el hecho de que está centrado en su defensa judicial, para la que ha trazado una estrategia en la que coincide con algunos otros puntales del procés: afirmar que varios de los hitos esenciales del intento de ruptura fueron en realidad "simbólicos". Es decir, que al "pueblo catalán" se le decía que se estaba fundando una República –"intentar quedar lo mejor posicionado posible ante una determinada opinión pública"–, pero en realidad no era así. Y lo sabían. Los líderes del proceso lo sabían perfectamente. Pese a lo cual, si aquel 27 de octubre, o al día siguiente, se les hubiera dicho que la DUI era una "exageración" para quedar bien ante la opinión pública, seguramente lo hubieran negado.

¿Qué hay aquí? ¿Mentira? ¿Engaño? ¿Manipulación? Y extendamos la cuestión: ¿Hasta dónde es justificable no decir la verdad en política? ¿Lo es en algún caso? infoLibre explora el tema con la ayuda de profesores de Filosofía y Ética, que a su vez se remiten a las aportaciones de los clásicos del pensamiento sobre la verdad y su contraria.

  1. El principio de utopía

A Antonio Madrid, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, le sorprende la pregunta cuando acaba de terminar El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, que aborda el tema de la esclavitud negra en Estados Unidos. Mente rápida, no tarda en establecer una conexión. "El libro plantea la siguiente pregunta: ¿Es preferible una ilusión útil o una verdad inútil? La verdad del esclavo es que el amo nos machaca, nos va a machacar toda la vida y machacará a nuestros hijos. La ilusión es la huida. Hay un personaje abolicionista que reflexiona: 'Los esclavos ya conocen su realidad, pero si sólo se quedan con ella, si no introducen el principio de utopía, de esperanza, de ilusión útil, nunca caminarán hacia ella'".

El profesor se sitúa en un marco teórico. No se refiere al caso catalán. Sino, en general, al impulso de causas políticas en base a una hipótesis utópica. "El principio de esperanza forma parte de la dimensión transformadora", afirma, aludiendo a Francisco Fernández Buey (Utopías e ilusiones naturales) y a Ernst Bloch (El principio esperanza). El problema es cuando el poder disfraza la utopía de verdad al alcance de la mano. Ahí pasamos de la "dimensión transformadora" al engaño o la sugestión interesada, más aún cuando todo se pone al servicio de la preservación del poder. Al pueblo se le promete una inminente salida de la crisis, una independencia sin costes políticos ni sociales... siempre y cuando se le confíe el poder al líder adecuado. Dicho líder y sus adláteres saben que su mensaje no es cierto. Es la gente la que no lo sabe. Y, si lo descubre, no está claro que quiera admitir lo que ven sus ojos.

  2. Un uso torcido de la razón de Estado

José Luis Gordillo, también profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, sitúa el punto de inflexión sobre la cuestión de la verdad en política en la irrupción de las masas como sujeto político, en el siglo XIX. "Hasta entonces la misión de los monarcas era contener a la gente, con la ayuda de las iglesias cristianas, siempre al servicio del poder. La gente no entendía, tenía que trabajar y arrodillarse. Y si surgía alguna inquietud, para eso está el clero. Punto. Luego, cuando las masas empiezan a contar políticamente y se implanta el sufragio universal, surge una cuestión: ¿Cómo hago para convencerlos de que obedezcan?".

Como advirtió Nicolás Maquiavelo, mostrar el poder desnudo no ayuda a mantener la respetabilidad imprescindible para lograr obediencia. Eso lo saben también los gobernantes democráticos. Prefieren tomar nota de Maquiavelo, que anima a su Príncipe a servirse de la religión –y sus tácticas– para asegurar el control social, que de Immanuel Kant, que considera injustificable cualquier mentira u ocultación porque supone tratar al sujeto como menor de edad. Ésa es la clave. ¿Cuántas veces el gobernante acaba encontrando justificable la mentira ante un pueblo que –a criterio de los mandamases– no entendería la verdad? ¿Cuántas veces lo que esconde ese supuesto deseo de no confundir o alarmar al pueblo es en realidad pura voluntad de conservar estatus, privilegios y espacios de poder, cuando no simple necesidad de ocultar errores o indecencias? Todas estas posibilidades constituyen deformaciones de la llamada "razón de Estado", tantas veces cortada de la razón del gobierno de turno.

Vamos con Gordillo al caso catalán. El engaño, afirma el profesor, es "inadmisible" en cualquier caso, pero más cuando afecta a "asuntos centrales del debate público". "Ha sido una farsa notable, en la que han primado los factores emocionales, lo cual hace que no les pase factura en la sociedad catalana. Ahora incluso pueden decir que han exagerado", señala el profesor, que se reconoce "desconcertado" por el fenómeno y por la falta de respuesta social. A su juicio, hay algo en común entre las falsedades que envolvieron al procés y la pretendida ceguera de tantos dirigentes del PP que según dicen no tenían ni idea de que en Génova Luis Bárcenas anduvo años presuntamente repartiendo sobres. "Todo forma parte de la misma crisis. Tanto el PP como Convergència, sobre todo el pujolismo, han formado parte troncal del régimen del 78", introduce Gordillo. "Con la crisis y el descubrimiento de los engaños y la corrupción", añade, ambos partidos han hecho uso de la mentira para seguir a flote. Y sin que las papeletas de sus partidos dejen de entrar en las urnas.

  3. Minoría de edad

Desde Platón a Kant, desde Agustín de HiponaaFriedrich Nietzsche, desde Jeremy Bentham a Hannah Arendt, son múltiples los pensadores que se han ocupado filosóficamente del gran asunto de la mentira. En esta gran tradición de pensamiento nunca se justifica la mentira por propia conveniencia, ni mucho menos la actitud mendaz. Y sólo en algunos casos puede el gobernante sacar la balanza para medir pros y contras. En su artículo Sobre el origen de la justificación paternalista del poder en la Antigüedad clásica, Javier de Lucas, catedrático de Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad De Valencia, observa cómo Platón sí contempla la posibilidad de una mentira entendida como "medicina", ante causas que podrían considerarse de fuerza mayor. Es la "noble mentira platónica". La mentira piadosa. En las Memorables de Jenofente, Sócrates muestra cuáles podrían ser las situaciones en que la mentira fuera justa, entre las que están dar valor a los soldados, engañar a un niño que no quiere tomar la medicina o enfrentarse al "sometimiento a una nación injusta y enemiga"...

Los políticos importantes, los que han acumulado experiencias durante décadas en los despachos más exclusivos, suelen darse a la revelación y a la reflexión a destiempo, una vez retirados. Será por la añoranza del protagonismo. Henry Kissinger llegó a justificar para los gobernantes el uso de la mentira, que en su caso tenía un cariz mucho más maquiavélico que platónico. Es lo contrario al planteamiento de Thomas Jefferson: sólo hay una ética, sin divisiones, no hay ni puede haber un compartimento estanco para políticos, ni un espacio en el que puedan decidir a solas con sus conciencias y sus intereses si es aceptable mentir. Ningún gobernante se atrevería en público a quitarle la razón a Jefferson. Pero, ¿y a puerta cerrada?".

De Lucas cita como gran referente para evaluar la cuestión a Kant y su polémica sobre un supuesto derecho a mentir por razones de humanidad. "Kant concluye de manera radical pero coherente que no es lícito mentir jamás, porque es la negación más grave de lo más valioso que tiene el hombre, que es su capacidad para comunicarse. Al engañar, la discusión libre y pública se cortocircuita. Es una conclusión difícil de rebatir política y filosóficamente, pero también difícil de aplicar", explica. El concepto clave es la "mayoría de edad", el rango de madurez que alcanza el ciudadano, y que obliga al poder a tratarlo con respeto y a considerarlo capaz de entender y decidir. En este punto De Lucas advierte sobre un viejo asunto ético y político: cómo el pueblo "puede ser engañado mediante la utilización de los mensajes y los recursos de la religión", rebajando al ciudadano a la condición de niño.

"Esta mentira tiene la misma estructura que lo que en teología moral se llama la mentira piadosa, que viene a decir: 'No está usted preparado para enterarse de esto'", señala De Lucas, para quien en Cataluña se ha producido una "falsificación" de la que los responsables del procés eran "conscientes". "Lo correcto hubiera sido: 'Queremos algo que creemos que merece la pena. Pero es difícil, es complejo, no lo vamos a alcanzar el año que viene'. A la gente sólo se le puede dar esperanza en algo si se le proporciona también la información y los elementos básicos". La situación se complica, a juicio del catedrático, porque en Cataluña hay una multitud "implicada en el circuito del engaño", que se mantiene porque se basa más en emociones que en razones. Las emociones a flor de piel abonan a su vez el campo para el éxito de las "exageraciones".

Aquí no hablamos de si es lícito o no es lícito mantener en secreto una investigación policial para no arriesgar sus resultados. O callar un riesgo de atentado si su revelación puede dificultar la logística para impedirlo. Hablamos de la mentira-mentira, del engaño-engaño. Con fines políticos, aunque estos sean benéficos. "La mentira no está justificada nunca. Jamás. Yo soy ahí bastante radical", señala Rafael Escudero, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid. "Mentirle a un ciudadano es asumir su incapacidad para entender y decidir de acuerdo con sus preferencias, es negarle la mayoría de edad y perderle el respeto a la dignidad", afirma. Moralmente, las declaraciones de Mas le parecen "inaceptables". Y una cosa más: revelan el "populismo" del procés, según Escudero. Populismo porque consistía en decirle al pueblo –a parte del pueblo– exactamente lo que quería oír. Como se les habla a los niños.

  4. De la noticia falsa al secreto

Mucho antes de las fake news, Hannah Arendt ya vio venir la desbocada tendencia a "transformar el hecho en opinión, a desdibujar la línea divisoria entre ambos". Cuando esto ocurre la suerte sonríe a arribistas y mentirosos, que ven la oportunidad de liberarse de la atadura de la engorrosa realidad. "Vista con la perspectiva de la política, la verdad tiene un carácter despótico. Por consiguiente, los tiranos la odian, porque con razón temen la competencia de una fuerza coactiva que no pueden monopolizar", señala Arendt en Verdad y mentira en política. Siguiendo a Arendt, el riesgo es añadido por el carácter ambicioso del mentiroso. "El embustero tiene la gran ventaja de que siempre está, por así decirlo, en medio de la escena política; es actor por naturaleza; dice lo que no es porque quiere que las cosas sean distintas de lo que son, es decir, quiere cambiar el mundo", escribe. La escritora atribuye al político mentiroso una responsabilidad directa en el deterioro de derechos y libertades. De la democracia, en suma. "La libertad de opinión es una farsa, a menos que se garantice la información objetiva y que no estén en discusión los hechos mismos", anota.

En las palabras de Arendt resuena Kant, defensor de la exigencia de publicidad del poder, como intento de conciliación entre política y moral. Publicidad y "transparencia", añadiríamos hoy, como garantía frente a los abusos de un poder que, a solas y a oscuras, se sentirá tentado por la arbitrariedad. "En un apéndice de su obra Sobre la paz perpetua, Kant dice que toda decisión política que no pueda ser sometida a discusión pública es ilegítima, con lo cual va no sólo contra la mentira, sino también contra el secreto", señala Javier de Lucas. Siglos después Jürgen Habermas dejó establecido que el espacio público debe garantizar una discusión libre en la que todos puedan participar con razones. "Si se ocultan hechos y se manipulan mediante la propaganda, ¿cómo va a existir esa discusión?", reflexiona De Lucas. Este enfoque sería especialmente duro con las ocultaciones por parte del nacionalismo catalán, que ha levantado parte de su influencia sobre la idea de su defensa de la deliberación popular.

  5. Engañar y dejarse engañar

"Son buenas aquellas mentiras cuya intención y consecuencias resultan beneficiosas", señala Miguel Catalán, profesor de Ética e Ideas Políticas de la Universidad CEU Cardenal Herrera, para quien entonces la mentira sí es "justificable". Pero se ciñe a ejemplos claramente delimitados, como la ocultación de un encuentro diplomático para proteger una negociación de paz. "Estos casos son sumamente minoritarios y casi estadísticamente despreciables", señala. En cambio, el gobernante utiliza la cobertura de este tipo de casos para mentir a su criterio. "En la práctica política del día a día, los privilegios del poder son tan grandes y variados que los gobernantes que aducen esta motivación en abstracto lo hacen casi siempre para encubrir sus propios intereses concretos, personales o de partido", afirma el autor de Mentira y poder político.

Nada nuevo, señala Catalán. "Las clases dominantes llevan engañando a las dominadas desde hace 5.000 años. Han legitimado y siguen legitimando por medio de sus juristas, teólogos, filósofos, intelectuales o economistas adeptos la enorme injusticia social que rige la historia desde el nacimiento del Estado, y les han hecho ver que su situación de pobreza y sometimiento es no sólo natural, sino justa, necesaria, querida por Dios o inevitable. La cantinela 'O nosotros o el caos' que oímos a Rajoy ya se encuentra en las inscripciones de las primeras dinastías faraónicas", explica. Lo "sorprendente", añade, no es que el poder engañe, sino cómo "las cases dominadas se dejan engañar o, incluso, piden ser engañadas", incluso teniendo al alcance de la mano elementos de juicio suficientes para desmontar el engaño. "La desaparición del concepto 'clase baja' o 'clase trabajadora' es un ejemplo. Ahora ya no hay 'clase baja', sino 'clases medias'", afirma.

Es más, Catalán cree que "el público" no da tanta importancia a la mentira del político como a la del, digamos, particular. Y pone ejemplos: "A Bill Clinton no le supuso ningún coste decir que de pequeño había visto incendiar iglesias negras en Arkansas, aunque ningún templo de feligreses negros haya ardido nunca en el Estado de Arkansas. Ni a Nicolas Sarkozy asegurar que él votó a favor de la jubilación a los 60 años, cuando en aquella época, mayo de 1982, aún le faltaban cinco años para ser diputado. Reagan afirmó que él había contribuido a rescatar a víctimas de los campos de concentración nazis, y luego se supo que en aquella época estaba en Hollywood. Pero ganó de calle las siguientes elecciones. Así que la falsa heroicidad autobiográfica que ha desacreditado a particulares como Alicia Esteve o Enric Marco, víctimas fingidas del 11-S o del campo de concentración de Flossenbürg, no produce mayor efecto en la carrera de los presidentes de las potencias mundiales". Ahí está la paradoja, continúa el profesor. Una vez obtenida la confianza del votante por parte del candidato, el gobernante la traiciona sin mayor coste, porque de hecho "la sinceridad siempre fue juzgada un síntoma de impericia o ingenuidad del tribuno que lo incapacitaba para el mando".

Es en parte el pueblo, afirma Catalán, el que permite que siga viva la máxima monárquica: Qui nescit dissimulare, nescit regnare. Quien no sabe disimular, no sabe reinar.

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