28A | Elecciones generales

Sánchez se prepara para construir el relato de su tercera resurrección política

El presidente Pedro Sánchez en un acto del PSOE en València.

Fernando Varela

La historia de Pedro Sánchez-Castejón (Madrid, 1972) como líder político tiene apenas un lustro. Comenzó en julio de 2014 cuando se alzó por primera vez con la Secretaría General del PSOE en virtud de un pacto interno con el que la vieja guardia quería construir un puente que desembocara en Susana Díaz o en Eduardo Madina, pero aquella operación salió mal. Sánchez tenía sus propios planes.

Al presidente le gusta hablar de sus dos vidas políticas. Una, la primera, comenzó cuando fue elegido secretario general en 2014 y concluyó el 1 de octubre de 2016, el día en el que la mayor parte de los miembros de la dirección de su partido se pusieron de acuerdo para obligarle a dimitir y él mismo se vio forzado a renunciar a su escaño en el Congreso para no permitir, con su abstención, la investidura de Mariano Rajoy. Su segunda vida dio comienzo ese día y culminó ocho meses después cuando regresó al timón del socialismo español en unas elecciones primarias en las que consiguió recuperar la ilusión de miles de militantes socialistas hartos del control orgánico que durante décadas habían ejercido sobre su partido los cuadros dirigentes del PSOE.

Aquella experiencia le permitió construir el relato de alguien que se crece ante la adversidad, capaz de resistir en tiempos difíciles. En unos días presentará el libro en el que cuenta su resiliencia, un texto que ha dado en llamar, precisamente, Manual de resistencia. Es la historia de David contra Goliat, la del dirigente que eligió desafiar al aparato del partido y salió victorioso.

Aquella victoria, en mayo de 2017, fue la primera resurrección de Pedro Sánchez, al que muchos dieron por muerto —políticamente— después de aquel tormentoso comité federal que forzó su dimisión.

La segunda tuvo lugar un año después, en mayo de 2018. El efecto Sánchez se había desinflado y el PSOE había entrado en declive en las encuestas. Su discurso territorial había quedado sepultado por el cierre de filas con el Gobierno de Rajoy en el conflicto catalán y tenía serias dificultades para disputar la iniciativa política a Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, que con un discurso nacionalista cada vez más radical, había empezado a aparecer, por primera vez, como el preferido de los electores en los estudios de intención de voto.

Fue en ese momento, con sus críticos frotándose las manos y sin una salida clara a la vista, cuando se cruzó en su camino la primera sentencia de la Gürtel, que condenó al PP como beneficiario de la mayor trama de corrupción política de la historia de la democracia española. En ese momento Sánchez consiguió el más difícil todavía: presentó una moción de censura y consiguió ganarla, algo que nadie había logrado hasta ese momento en España y que tomó por sorpresa hasta al Partido Popular, que acababa de celebrar el apoyo del PNV y Ciudadanos a su proyecto de Presupuestos.

De líder en decadencia, a presidente del Gobierno con el respaldo de 180 de los 350 diputados del Congreso, diez más que los que permitieron a Mariano Rajoy ser investido en 2016.

El Gobierno 'bonito'

Y de nuevo el efecto Sánchez, que una vez más volvió a impulsar al PSOE en las encuestas y diluyó el ascenso de Ciudadanos, aupado por sus primeras medidas —entre ellas la acogida de los refugiados del Aquarius, que hoy contrasta con la prohibición de zarpar que sufre el barco de la ONG OpenArms— y por el Gobierno bonito, un gabinete con mayoría de mujeres, con profesionales cualificados y en el que por tener contaba hasta con un astronauta.

Sánchez siempre dice que él es el primer sorprendido por la evolución de los acontecimientos, especialmente de la velocidad con la que se suceden los retos en su camino. Cuando volvió a la Secretaría General del PSOE en mayo de 2017 trazó para sí mismo una hoja de ruta que descartaba los atajos. Su objetivo era hacer de los socialistas la fuerza más votada en las elecciones generales —en 2019 o en 2020, cuando Rajoy tuviese a bien convocarlas— después de pelear en el Congreso una agenda social y una propuesta de reforma territorial que le convirtiesen en la alternativa al PP. Pero la moción de censura le situó en la Moncloa mucho antes de lo previsto. Y decidió aprovechar la oportunidad.

Lo mismo que ahora. El Gobierno de Sánchez lleva meses viviendo al filo de la navaja, sin despegar en las encuestas —aunque el PSOE sigue en primer lugar en las preferencias de los electores—, sometido a la presión de los independentistas y a la durísima oposición a la que fue sometido por el PP y Ciudadanos desde el primer momento. Una combinación de fuerzas letal, especialmente en año electoral, que ha acabado por derribar el proyecto de Presupuestos sobre el que pretendía construir su alternativa económica.

Ese escenario de derrota comparte, en opinión de algunas de las personas que forman parte de su equipo más próximo con las que ha conversado infoLibre, algunos rasgos con el que consiguió superar con la ayuda de los militantes socialistas cuando fue defenestrado por la vieja guardia del partido. Y también con la agónica pérdida de protagonismo por la que había empezado a despeñarse justo antes de la moción de censura. De ahí la expresión clave del discurso de Sánchez este viernes al anunciar la convocatoria de las elecciones: “Hay derrotas parlamentarias que son victorias sociales”. Eso es, exactamente, lo que se propone hacer de aquí al 28 de abril.

El Gobierno y el PSOE se preparan para llamar a una movilización no sólo de la izquierda sino de toda la ciudadanía que se siente amenazada por la comunión ideológica de PP y Ciudadanos con la ultraderecha de Vox. “Está en juego el futuro de nuestro país”, subrayó el presidente, haciendo de sus palabras un llamamiento a la participación para convertir el 28 de abril en un plebiscito: o la España social que defiende el PSOE o el regreso al pasado y a la austeridad que promueven los partidos de la foto de Colón. La España de la derecha, “en la que sólo caben ellos”, resumió Sánchez, o “una España en la que cabemos todos”. 

Los españoles tienen la última palabra

Sánchez ya mostró en su intervención desde la Moncloa algunos de los mimbres con los que planea construir el discurso plebiscitario: “España es de sus ciudadanos, no pertenece a ningún partido político”, como pretenden hacer creer PP, Cs y Vox. Y son esos ciudadanos los que “deberán decidir si damos pasos hacia atrás o avanzamos para consolidar la España de la próxima década. La decisión está en las manos de los españoles. Ellos y ellas decidirán el futuro de España con su voto en las urnas. Y lo que decidan siempre, siempre, siempre, será un gran acierto”.

Es, punto por punto, el discurso del empoderamiento con el que ganó las primarias del PSOE en 2017. Solo que esta vez no se dirige a los militantes socialistas: tiene como destinatario al conjunto de los españoles.

Sánchez quiere que sean los votos de los ciudadanos los que den respuesta a la alianza de derecha y el independentismo de unir fuerzas para impedir la aprobación de “los Presupuestos más sociales de la última década, los más necesarios en nuestro país”. “Entre no hacer nada y continuar sin Presupuestos o convocar y dar la palabra a los españoles, elijo la segunda opción. España debe continuar avanzando. Debe continuar progresando”, proclamó desde la Moncloa.

Todos saben en el PSOE —y en la oposición— que los socialistas llegan a la campaña con la oferta electoral ya escrita: son los Presupuestos rechazados esta semana y la Agenda del Cambio que el Gobierno aprobó la semana pasada, un conjunto de iniciativas que Sánchez quiere combinar con la denuncia de “la política de la crispación”, la defensa del “empleo de calidad”, la redistribución de la riqueza y la consolidación y ampliación del “perímetro de los derechos y las libertades” conquistados a lo largo de los últimos 40 años y que ahora están amenazados, asegura, por la derecha.

Agenda social, para distinguirse del programa neoliberal que comparten PP, Ciudadanos y Vox. Y diálogo territorial dentro de la ley como la única alternativa viable para encontrar una salida a la crisis política catalana y evitar el callejón sin salida al que conduce la única propuesta que la derecha ofrece para afrontar el problema: la suspensión indefinida de la autonomía de Cataluña.

La resistencia a aceptar un referéndum de autodeterminación y la derrota presupuestaria ofrecen a Sánchez dos elementos clave del relato sobre el que quiere construir su tercera resurrección política. Un objetivo que, no obstante, para hacerse realidad necesita no sólo que el PSOE sea la fuerza más votada sino que las derechas no sumen mayoría absoluta.

En ese escenario la hipótesis de un acuerdo PSOE-Ciudadanos, si es que ambas fuerzas suman mayoría absoluta después de las elecciones, parece a día de hoy inviable. Rivera ya ha anunciado que nunca volverá a pactar con Sánchez y, aunque cambiara de opinión, la política económica y la cuestión catalana son dos asuntos en los que ambas formaciones se sitúan en posiciones irreconciliables.

Así que los colaboradores de Sánchez ya echan cuentas pensando en una investidura que combine, otra vez, los apoyos de la moción de censura de hace un año, aunque con dos diferencias sustanciales: el PSOE sería el grupo mayoritario de la Cámara —lo que añadiría un plus de legitimidad a cualquier acuerdo— y Esquerra, según avanzan todas las encuestas, se habría convertido en la referencia mayoritaria del independentismo, en detrimento de las posiciones intransigentes lideradas por Carles Puigdemont.

Algunos en el PSOE creen que este escenario es como el cuento de la lechera. Otros, los que creen en la capacidad de Sánchez para crecer en las situaciones difíciles, recuerdan que vencer en las primarias al aparato del partido, primero, y reunir la mayoría para ganar la moción de censura en el Congreso, después, también parecían tareas imposibles. Y aseguran que el partido no sólo está unido, como no pasaba desde hace años, sino que hay muchas ganas de plantar batalla a “los de la foto de Colón”.

El relato de la tercera resurrección de Pedro Sánchez se empezó a escribir el miércoles en el Congreso, cuando PP, Cs y los independentistas catalanes pusieron fin a la legislatura. El 28 de abril sabremos si acaba como sus autores han planeado.

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