Ni boba ni Bovary

Escultura de Gustav Vigeland en un parque de Oslo (Noruega).

Luna Miguel

Capítulo I

Llegamos a Rășinari en furgoneta. Ben aparcó delante de la puerta de madera de la casa en la que me había asegurado que creció Emil Cioran, y después de apagar el motor volvió para sí el rostro del santo que colgaba del retrovisor para santiguarse con algo de pesar. La vida es más hermosa desde este lado del cristal, me dijo, mirando hacia una calle borrosa por culpa de la lluvia. No te recomiendo salir, no salgas, Vera, que no salgas. Como comprenderéis, no le hice ni caso, y en vez de contentarme con la visión tormentosa que nos ofrecía el transporte, abrí mi puerta, bajé de un salto y me salpiqué de la sustancia marrón que cubría la calle sin asfaltar. Te lo advertí, dijo Ben, bajando su ventanilla y con los ojos puestos no sé si en las manchas de barro, o si en la forma de mis muslos gruesos, que ya le había pillado observando durante la cena, algunas horas antes de esta excursión al pueblo natal de mi pensador favorito. ¿Cioran? ¿Tu favorito? ¡Es un bufón!, sentenció en un francés muy griego, pronunciado con unas erres bastante robustas, bastante pesadas, unas erres parecidas a las venas anchas de sus brazos morenos. Yo le miraba esas venas y él me miraba los muslos, y así de mirones fue como nos escapamos de la cena de bienvenida a la Beca de Pensamiento Contemporáneo en la que habíamos sido aceptados. Si te parece un bufón, ¿por qué pediste una beca en su Transilvania natal? ¡Porque yo soy el traductor de Lucian Blaga al griego!, me gritó. Como entonces yo no sabía quién era aquel poeta, me limité a lanzarle un beso de reconciliación. 

Después de los discursos de los anfitriones y de las presentaciones de los becados, me enteré de que el griego había decidido mudarse a Cluj-Napoca un par de meses antes del encuentro, precisamente para investigar la obra epistolar de Blaga en la universidad que lleva su nombre. Que Benedicto Ílios, ahí con sus santas venotas, fuera un escritor greco-rumano, estudioso del conocimiento luciferino y convertido al catolicismo después no ya de una vulgar visión sino más bien de una “atenta escucha”, así es como lo especificó el director de nuestra beca, del susurro quejumbroso de María Magdalena en la cueva de Sainte-Baume, me excitó todavía más. Me importaron poco los proyectos ensayísticos del resto de mis compañeros. Ya sólo podía pensar en cómo sonarían las erres de Ben si le pedía que me recitara a su poeta predilecto. Por su forma de perseguir mis muslos con sus ojos entendí que mi historia también le había gustado. Y así, algo achispados, nos montamos en la furgoneta que alquiló semanas atrás para recorrer Transilvania, y con la ayuda del GPS Ben me condujo hasta Rășinari por las carreteras endiluviadas de Sibiu. ¿Pero existe el verbo endiluviar en tu idioma?, quiso saber. Sí, mentí, lo usan sólo los cioranistas. Dijo Cioran que de todo lo concebido por los teólogos las únicas páginas legibles, las únicas palabras verdaderas son las dedicadas al Diablo. 

Así que allí estábamos, endiablados, endiluviados y ahora un poco encharcados frente a la casa del bufón. En realidad, tenía que haber hecho caso al greco-rumano. Tenía que haber seguido su consejo de macho, pero mi orgullo me nublaba la razón. No sabéis la que lie. Primero empapé y destrocé para siempre mis zapatillas, ¡también te avisé de que era mala idea venir al campo con ese calzado!, gritó Ben desde el coche; y después de cruzar toda clase de lodos, cuando por fin pude acercarme al edificio y abrazar la enorme entrada de madera de la familia Cioran, penosamente conservada, precaria e indigna para la memoria de un escritor de su talla, me rajé el muslo con un trozo astillado sobresaliente de su puerta. Chillé y del susto Ben salió a socorrerme. Lleno de barro ahora él también, se agachó para ver la herida de cerca. ¿Conocéis alguna palabra para ese momento exacto, para ese segundo entre que te haces un arañazo y la sangre empieza a brotar? ¡Tenías que haberte quedado dentro, fanática de bufón!, gritaba Ben, mientras mi piel permanecía expectante ante el milagro de la sangre. ¿No sale? ¿Qué? Que si no sale. ¿El qué? ¿Todavía no sale? La raya sobre la piel de mi muslo estaba blanca. Una línea perfecta. ¿Nada? Un poco más… un poquito más… ¡mira, ahora!, solté en voz alta, ¡ya sangro, Benitopoulos! ¿Estás loca, Vera?, ¿te has hecho daño? ¡Por fin me sale sangre!, insistí, muy contenta. Parece grave, podría infectarse, puerta del demonio, dijo él, intentando dirigir mi cuerpo hacia la furgoneta y decidido a llevarme a urgencias. El interior del vehículo estaba fangoso y las manos húmedas de Ben apretaban mi pierna con el papel higiénico que guardaba en la guantera. ¿Tienes datos para que busque un médico? Tú serás de los que se masturban en el coche, porque si no, no me explico que tengas un rollo de papel higiénico aquí. ¿Puedes hacer el favor de buscar la dirección del hospital? Me he dejado el móvil en la Academia. En lugar de enfadarse, Ben confesó que estaba convencido de que habríamos tenido sexo en la furgoneta si yo no hubiera sido tan estúpida como para salir a abrazar un edificio en plena tormenta. Todavía estamos a tiempo, ¿no?, supliqué, con la raja de la pierna a rebosar de hemoglobina. Él esbozó una sonrisa, pero luego miró de reojo al santo de su retrovisor, me abrochó el cinturón, me besó la frente y regresó al asiento del conductor. 

Capítulo II

Formulario de solicitud para la Beca de Pensamiento Contemporáneo de la Academia Filosófica de Transilvania 2015. [Borrador]. Título de la propuesta: [Provisional]. El sexo entre niñas. Datos de la solicitante: [Por ampliar] Vera Melitón (Daganzo, 1990) vive en Barcelona. Editora en prácticas en LBI. Presentación: [Por corregir]. A los siete años, Nieves y Eva fueron castigadas por Carmencita, su maestra del Colegio Madre de la Luz, después de reconocer que las marcas que tenían por todo el cuerpo, incluidas algunas zonas cercanas a los genitales, se las habían hecho la una a la otra succionándose la piel. Lo que para ellas era un juego inocente, a la profesora le pareció una depravación. Asustada, Eva dejó de hablar a Nieves, y Nieves nunca volvió a dejarse succionar por boca alguna, ni se relacionó íntimamente con personas de su mismo género o sexo en los años siguientes al descubrimiento. Al borde de cumplir los treinta, sin embargo, Nieves se enamoró de una mujer. De alguna manera, ese nuevo despertar sexual la entristeció, pues le llevó a creer que había perdido el tiempo por culpa de una situación traumática. ¿Qué relación hay entre el miedo a la bisexualidad propia y el despertar sexual precoz? ¿Por qué la bisexualidad femenina suele ser leída como una fase o una forma de indecisión? Con El sexo entre niñas pretendo investigar la amistad y la vergüenza de la experiencia bisexual a través de historias reales, pero también de una bibliografía casi inexplorada en el canon occidental. El proyecto parte de una sospecha: que muchas mujeres no hemos carecido de deseo hacia otras, sino de un marco simbólico para reconocerlo como tal. Mi ensayo quiere pensar lo bisexual como una experiencia atravesada por la misoginia interiorizada pero también por el miedo adulto a la sexualidad en las infancias. ¿Y si Nieves soy yo? ¿Y si Eva soy yo? Y lo que es peor: ¿y si la maestra Carmencita somos todas? Producción: [Por ampliar] La redacción se organizará en apartados breves, casi aforísticos, articulados alrededor de escenas reales: las amigas, la vergüenza, el porno, las parejas masculinas, la ausencia de la palabra bisexual en el canon literario, los problemas de la mirada adultocéntrica al sexo –ya sea desde su lado censor, o desde el peligro del abuso– y la posibilidad de una genealogía literaria bisexual, apenas rastreable en nuestro 2015. Carta de recomendación nº1 [Por adjuntar] Carta de recomendación nº2 [Por adjuntar]. CV: [Por redactar]. Cita: [¿Merece la pena incluir?] “Casi todas las personas complicadas en el amor son deficientes sexuales” (Emil Cioran).

Capítulo III

La sangre ya le daba igual. Lo que Ben no terminaba de entender era lo de mi proyecto para la beca. Antes de que el director de la Academia aireara nuestras investigaciones, él estaba convencido de que yo era algún tipo de enfant terrible obsesa con Cioran, la autobiografía o el aforismo. En parte, tenía razón. Los aforistas no son poetas ni filósofos, pero siempre presumen de esas medallas, se quejó. Y aunque a Ben mi pensador predilecto le pareciera mediocre, me reconoció que durante la cena de bienvenida fantaseó con pasar el resto de nuestra estancia confrontando las ideas de su pensador con las del mío, hasta pulverizarme y obligarme a abandonar mi proyecto. Por un mísero segundo, tu cioranismo me pareció lo más estimulante de esta aventura, dijo. A lo que yo respondí que lo único que estimula a un hombre más que unos muslos bonitos es creerse que puede machacar las ideas de la mujer que tiene enfrente. Como confirmación, Ben dio unos golpecitos con los nudillos sobre la venda de mi herida, curada por la enfermera más enjuta de todo el Spitalul Clinic Judeţean de Sibiu. Mientras nuestros compañeros ya debían dormir en su primera noche de la Academia, el griego y yo esperábamos a que me dieran en alta en un cubículo de una sala de urgencias abarrotada. La enfermera enjuta había tenido la amabilidad de dar una silla a mi acompañante, que ella pensaba que era mi marido. Como no entiendo el rumano, Ben se encargó de hacer una dudosa traducción simultánea al francés de sus palabras. Enjuta dice que hay que esperar. Enjuta dice que no puede darte el sol en la herida. Enjuta dice que eres muy joven para ser mi esposa. Enjuta sospecha que te he raptado. Enjuta pregunta por qué estamos tan sucios. Enjuta dice que esperemos un poco más. 

Eran casi las cuatro de la madrugada cuando Ben se levantó para correr las cortinas. Me impacientaron sus ganas de intimidad. Luego volvió a colocar su mano venosa sobre la gasa y puso los dedos índice y corazón de puntillas, haciéndolos caminar muy despacio hacia arriba, hasta toparse con el borde de mi bata. Sus manos grandes y morenas parecían frágiles a las puertas de mi entrepierna. Me hacía cosquillas. Entonces, ¿eres lesbiana o eres heterosexual?, porque a mí me parece que yo te gusto, y soy un hombre. Ah, ¿sí? No me había dado cuenta de que eras un hombre, pareces algún tipo de venado. Preferiría ser una puerta. La puerta de un pesimista. Una puerta sucia y astillada. La puerta que se ha cebado con tu muslo. No soy heterosexual, le dije mientras sus dedos se metían por debajo del camisón de hospital y trepaban hasta mis bragas. ¿No? Tampoco soy lesbiana. Esa es la cuestión. Hay algo más. ¿Qué eres? Cioranista, me reí, mientas él acariciaba el hueco mojado de mi pubis y yo intentaba poner cara de goce, aunque por dentro estuviera riéndome al pensar en todos los chistes que, si Ben hablara mi idioma, podría haber hecho sobre su filósofo de cabecera, a quien rebauticé como Lucían Bragas. ¿Y eres feliz? Nadie me había preguntado eso nunca en una situación así. Pero ¿lo eres? Supongo que sí, gemí. Con el índice, Ben apartó la braga hacia un ladito y con el pulgar me penetró. Después de repetir el golpe unas cuantas veces, le agarré del brazo y le pedí que me sacara de allí y que me llevara a cualquier otra parte para follarme. Siguió empujando. Intenté no hacer ruido. Mi respiración se entrecortaba y estoy segura de que vi a Enjuta abrir y cerrar las cortinas, asustada por nuestra puesta en escena. Ella gritó algo en rumano que yo interpreté como una invitación a marcharnos. Ben no se dio por aludido. Siguió tocando hasta que mi útero se contrajo, mis muslos temblaron y sacó de mí todo mi espíritu. Luego, mientras me vestía, Ben se olió los dedos y dijo algo en griego que tampoco entendí. Vera. ¿Sí? No te enfades. ¿Por? Estoy casado. Algo que en el idioma que compartíamos y con sus erres robustas debió sonar así como ye suí marrrié, a lo que yo contesté e bon? sa ve dir cuá, y él algo así como oh la là liberté egalité oui! me yamé sinserité. Nada. Eso último me lo he inventado, pero fue lo que pensé mientras atravesábamos el pasillo de urgencias, lleno aún de mujeres con las cuencas de los ojos moradas, niños llorando en pijama, extremidades torcidas, narices rotas, súplicas y un pastor alemán. Salimos, por fin, a la tormenta inacabable de finales de agosto en Sibiu. Allí todo seguía endiluviado. 

Capítulo IV

Asunto: He visto un ángel

De Vera Melitón

Para Claudio León

5 de septiembre de 2015

Querido Claudio, espero que todo vaya bien por la oficina. Arranca la rentrée y siento nostalgia de lo que vivimos el año pasado por estas fechas. Tengo también vergüenza: no te he escrito desde que llegué a esta beca que, si me dieron, fue sólo gracias a tu generoso trapicheo. Tenías razón: más que un retiro de escritura, parece una Escuela de Venérea Creativa. Más que un exclusivo taller de pensamiento contemporáneo parece una Beca de Pisoteo al Coetáneo. De los siete que somos, en dos semanas he dejado de hablarme con tres. Todos me sacan unos cuantos años, lo que significa que me miran como a una cría todo el rato. El ensayista italoamericano, Panetone, me dijo que alguien me había puesto el mote de fetita diabolică, la niña diabólica, y aunque no quiso decir la autoría, yo creo que sé quién ha podido ser. Diablos aparte, avanzando con mi investigación. Me sirvió mucho el libro de Sontag que me regalaste, aunque lo que me ha destrozado es la lectura de La dama de la loba, de una tal Renée Vivien, a la que nuestra compañera brasilobelga está estudiando para su proyecto sobre la herencia sáfica en el siglo XXI. 

Como ves, aquí todo dios tiene nacionalidad doble. Cuando me preguntan por mis orígenes y digo que nací en Guadalajara, pero vivo en Barcelona, se entusiasman con mi falsa doble patria hispanomexicana. He decidido seguirles la corriente. Pero volvamos a Vivien, y sobre todo a la mujer brasilobelga. Me tiene completamente enamorada. Esa es la razón de mi mensaje: ella es un ángel y tú deberías ser su editor en España. Además del proyecto de beca, me ha chivado que, en sus horas libres (que en verdad aquí son casi todas, je), se encuentra ultimando una novela sobre una madre soltera que se enamora de la madre del mejor amigo de su hijito. Ya sé que parece la descripción de un vídeo porno: milf folla madre del amigo del hijo, pero hay algo en ella que me intriga. Hay algo angélico que se despliega entre tanto diablo egoísta becado en Transilvania. Veo, por cierto, que La dama de la loba todavía no se ha traducido al castellano. Si me dejas, podría hacer de agente doble y contarte todo lo que voy descubriendo para tu colección de clásicos marginales. Yo también quiero escribir, pero sólo he sido capaz de leer. Me sorprendió mucho que en La dama de la loba Vivien se travistiera siempre en personajes masculinos para expresar su deseo lesbiano. Me recordó al ensayo de prueba que adjunté para postular a esta beca, y a tu sorpresa de que mi prólogo estuviera escrito en un masculino ficticio. A fin de cuentas, ¿no es la bisexualidad una forma de disfraz o de travestismo? ¿No estábamos de acuerdo en que las niñas bisexuales sabemos que lo somos desde que, a los cinco, siete o diez años nos ponemos en el lugar del papá y no en el de la mamá para cortejar a nuestras amigas, para fingir que nos acostamos con ellas y las embarazamos? Te copio aquí, por cierto, una cita que me gustaría incluir en El sexo entre niñas. La he traducido yo misma: “No sé por qué me empeñé en cortejar a aquella mujer. No era ni guapa, ni hermosa, ni siquiera agradable. No es que a mí la Naturaleza me haya dotado de cualidades extraordinarias, ni en lo físico ni en lo moral: pero al final, tal como soy –¿debo admitirlo?–, he sido muy afortunado en el sexo. ¡Oh! No se preocupen, no voy a infligirles el vanidoso relato de mis conquistas. Soy un hombre modesto”. Promete, ¿no? Ese donjuanismo mojigato me interesa. Me gustaría aplicarlo a mi avasallamiento personal a la autora brasilobelga. Si me disfrazo de sáfica, ¿me hará caso? Toda expresión de la sexualidad es un disfraz. Ahora, deséame suerte. ¡Y reparte besos en la ofi!, Vera. 

[CONTINUARÁ…]

*Luna Miguel lee, escribe y edita. Su último libro ha sido el ensayo ‘Incensurable’ (Lumen, 2025).

Más sobre este tema
stats