Un fuerte aplauso para ellos

Collage.

A lo largo de mis treinta y pocos años me he enrollado con tres divorciados y un asesino. También con un pastelero, un profesor universitario de física adicto a la ketamina, un diseñador de cajas de cartón para Amazon, un famoso cantante que casi representa a España en Eurovisión y un zapatero italiano obsesionado con ETA. Y, por desgracia, todos ellos viven. Menos uno, el esquizofrénico: una mañana se decantó por tomarse una caja de benzodiacepinas; dejó una carta de despedida en la que aparecían unos diez nombres de chicas. Ninguno era el mío.

Todo el largo listado de penes adosados a un cuerpo que he tenido la desdicha de conocer comparte una serie de cualidades innatas: un lloriqueo por el anhelo de la figura materna equivalente a los gritos de un cerdo cuando es sacrificado, una aburrida insistencia en venderse como seres excepcionales que no se excitan con las tetas operadas y sí con la belleza natural paliducha, un consumo fetichista por un porno muy concreto que roza lo delictivo. Y, por descontado, un no elegirme bajo ninguna circunstancia: a mí, que soy la más mejor según mi abuela cada minuto hasta que murió. Pero de la extensa totalidad de rasgos del carácter machirulo, hay uno que debo reconocer como especialmente valioso. No porque sea la mejor virtud que uno pueda poseer sino porque se trata de un don que, a lo largo de la historia, solamente ha pertenecido y pertenecerá a los hombres: la de hacerte ver que eres profundamente gilipollas.

De nada ha servido que me licenciase en Literatura comparada ni que haya pasado horas y horas en aulas sin calefacción ni aire condicionado analizando las mil posibilidades que tiene un texto de ficción: me la han colado por todos lados. Y no, no voy a sumarme al debate de si la lectura te hace mejor persona, pero sí me mojo al confesar que no te convierte en más lista: a mí no me ha quitado ni un ápice de mi despiste de párvulos. Ni, por supuesto, me ha hecho esquivar mentirosos más cutres que un sujetador de tirillas transparentes

Voy a ilustrar esta miopía emocional mía, inexplicable para unos progenitores que te han pagado un sinfín de actividades extraescolares. Y empezaré por el ejemplo más básico y con el que tantas hemos topado: el del que carga con un matrimonio longevo y te promete por sus cinco hijos tener una relación abierta de la que, ¡sorpresa!, solamente es conocedor él, el cazador de la presa. Por suerte, este mamarracho no acabó convirtiéndose en mi pareja porque, claro, a fin de cuentas, él no me había prometido ni una gilda en el restaurante de la esquina. Quien sí terminó por ser noviete mío fue Daniel –nombre falso, uno con menos habilidades teatrales–. Pasó al poco de empezar a salir: estábamos celebrando su cumpleaños, regocijándonos en el sofá de su casa, cuando empezaron a fundir el timbre. Sin embargo, él seguía hablándome con melosidad o, mejor dicho, provocándome urticaria con su barba mal afeitada; cuando le corté y le pregunté que por qué no iba a comprobar quién había detrás de ese taladro, me respondió que era el del gas, en sábado. Tiempo después descubrí que era su reciente exnovia, con un regalo en mano y el desconocimiento de que yo estaba al otro lado.

Pero en el momento lo creí, y del todo. Como también creí al psicópata de mi compañero de trabajo con quien mantuve un romance clandestino: un día, este señor en cuestión, desesperado por no brindarle un caso enloquecido, quiso añadir dramatismo a nuestra historia para que así yo experimentara un vértigo angustiante ante la posibilidad de que dejara de magrearme las tetas cuando nos cruzábamos en la máquina de café. El susodicho, que tocaba la guitarra –una no puede irse de este mundo sin liarse con un aspirante a estrella del rock–, me contó que lo habían seleccionado para estudiar un grado de música en Abbey Road y, por lo tanto, debíamos separarnos para que él pudiera cumplir su sueño. Obviamente, me lo tragué: le regalé unos billetes para ir a Londres, donde nos recorrimos hasta los barrios más periféricos y malolientes para que calibrase dónde instalarse cuando empezara a cursar esa beca que, por cierto, no existía. 

Pero no todo van a ser sombras y tomaduras de pelo en el arte de la retórica masculina trovadoresca. También he estado con muchachos que decían la verdad de un modo tan cristalino como arrollador. Es el caso de un informático que trabajaba para una agencia de spam, que me dejó plantada porque tenía que hacer sí o sí una lavadora; o la declaración de un cómico Youtuber, que en medio de una discoteca me confesó que, aunque no era ni de lejos la tía que estaba más buena de todas con las que compartía espacio, esa noche –pausa dramática– era yo la primera con la que se acostaría. 

Son anécdotas sin importancia si las comparas con otras patinadas que solo pueden considerarse fruto de un retraso mental que merece la más alta certificación de discapacidad; y con ello me refiero al modo en cómo mi expareja me estampó en la cara la viva imagen de un engaño de más de seis meses que yo, con mi santa inocencia, ni tan solo sospechaba. Pasó una tarde cualquiera: estábamos haciendo el tonto mientras él recogía la colada en el cuchitril que alquilaba, y que olía a lomo embuchado porque apenas ventilaba, cuando me dijo: “ten, esto es tuyo”. Y me lanzó un tanga de color carne. Miré esa prenda entre mis manos, estupefacta: todos, absolutamente todos los que me han comido el coño, ya sea para succionarlo como quien sorbe con pajita un granizado o para relamérmelo como quien rebaña la salsa de fricandó del plato, han tenido que bajarme unas bragas de goma suelta, negras y cien por cien algodón. 

Pero si hay que hablar de la osadía a la hora de ponerme una bonita cornamenta, hay una traición que se lleva el primer puesto. Tuvo lugar en mi cumpleaños: yo, en casa, completamente sola y enferma de covid, disfrutando del único obsequio que había recibido, que era mi autorregalo de un pedido de arroz tres delicias y ternera con salsa de ostras a domicilio; mientras tanto, mi chico estaba en un bar morreándose con otra que, para colmo, no era su inaguantable tentación, es decir, carne fresca, sino una niñita del instituto que había manoseado tanto como para que le salieran callos. El giro cruel e inesperado no fue que me llamara mi amiga, camarera del local, para avisarme de todo el espectáculo del que estaba siendo testigo; la estocada final vino cuando, en el momento de soltarle que lo había pillado, prefirió dejarme en vez de suplicar que le perdonase ese descuido al que se había entregado como una babosa en medio una carretera lluviosa. 

Y ya que hemos convocado las infidelidades, ¿por qué no dar espacio a esas escenas erótico-festivas más propias de sitcom que del pasaje de una novela de Sade? Describir los polvos ridículos que ha protagonizado una misma es un terreno pantanoso, ya que puede inducir a arcadas a quien las teclea; por suerte, es aquí cuando descubro que mi cabeza no está tan estropeada. Reacciona como toda tía traumatizada: proyectando el recuerdo como un canal de la televisión que no sintoniza. 

No obstante, como adulta indignada con que haya individuos triunfando que no valen ni un centavo, quiero explicar un par de veladas que dan fe de cómo un pringado puede manipularte solo por tenerte encima de su colchón. En una de ellas, me comí una bronca descomunal porque no había tenido un orgasmo, ni lo había fingido. El cuarentón este, que paseaba una barba de Robinson Crusoe donde habitaba no sé cuánta microscópica fauna, no podía entender que folláramos –a sus ojos, que me follase– y no muriera ahogado por el tsunami de mi corrida. Indignado, me recomendó que pidiera ayuda psicológica, porque él nunca había topado con este suceso tan extraño de penetrar una vagina sin culminar en una explosión de éxtasis. 

Cuando salí de su piso en la zona alta, llamé de inmediato a mi madre que al no ser del Opus Dei me podía socorrer: estaba asustada y, sobre todo, necesitaba que estuviera al corriente si finalmente tenía que ir a terapia, pues no podía costeármela porque en esa época era tan solo una estudiante; me contestó con el sentido común que escasea entre tanta testosterona, deletreándome la fórmula de que el coito no equivale a performatividad onomatopéyica

El segundo momento que tengo clavado en el cerebro es ese que, gracias a dios, hoy es considerado de violación y que tiene que ver con esa manía tan extendida entre los chavales de quitarse el condón en medio del acto. Yo no iba a ser una excepción: de repente, vi semen en mi muslo y no dentro del plástico, unas salpicaduras de unas formas que se acercaban a una composición de Joan Miró. Pero toparse con eso no fue el verdadero motivo de infarto: lo siniestro de la situación fue cuando el tipo empezó a bromear con padecer sida. A la mañana siguiente somaticé con sarpullidos pero, como toda joven adiestrada en sociedad, no expliqué absolutamente nada acerca de mi nueva hipocondría y me fui a correr una carrera de diez kilómetros por la lucha contra el cáncer, a petición obligatoria por parte de mi empresa.

¿Eran todas estas vivencias, en las que he intercambiado fluidos, sinónimos de amor? Es evidente que no: ni en su faceta más mediocre. Pero lo que fueron es pura frustración. Porque comunicarse mediante pinturas rupestres con los tíos, y todo un largo etcétera, te lleva a darte tantos golpes contra la pared que acabas por ir deambulando por los sitios, desorientada, buscando un punto de referencia y encontrándolo en las miradas de los albañiles que te gritan que te embarazarían. O descifrando el signo del zodiaco, el horóscopo chino y la carta astral de cuantos te han roto el corazón para así quitarte la culpa de su decisión de abandonarte por empotrar a otra. ¿Eran todas estas historietas con maromos a los que he acribillado con mis monólogos interiores algo parecido a quererse? Ni por asomo. Pero lo que sí fueron es pérdida de tiempo y delirio histérico. De esos que te generan la creencia de que eres tú quien tiene el coño grande y no ellos la polla tan delgada como una guindilla en conserva; y que te hacen fantasear con perder la voz para convertirte en esa hada misteriosa e increíblemente seductora.

Ninguna de mis relaciones con estos fulanos invocados desde mi hipérbole y su anonimato me ha durado más de un trienio, y solo unos pocos han luchado cuando la cosa se torcía, aunque siempre fue un poquito de nada. Pero, ¿qué más da? Al final lo importante de todo este embrollo no es rendir homenaje a una épica ancestral, sino en ser quien sufre menos de los dos. O se lo pasa mejor. Y yo, en temas de jolgorio, me quito el sombrero ante los hombres, esos especímenes que andan a sus anchas con sus huevos cubiertos de pena cual paja de corral, y que te sonríen con un entrecejo más poblado que una calle de Tokio. Porque ellos sí lo saben hacer. Para ellos la vida sí es una tómbola, una to-to-tómbola y, encima, te marean a ti mientras ellos dan una triple voltereta al aire y caen de pie. Una acrobacia posible porque, pese a quejarnos de no ser vistas, nos inspeccionan con infrarrojos hasta vislumbrar lo más hondo de nuestra candidez y comprobar que sí, que seguimos siendo aquellas bobas de anteayer a quien volvérsela a meter doblada en un futuro más bien próximo. Así que, queridas lectoras, un fuerte aplauso para ellos, los únicos capaces de percatarse de toda esa peligrosa ingenuidad que no sabíamos que llevábamos dentro. 

*Andrea Genovart ha sido Premi Llibres Anagrama con la novela ‘Consum Preferent/ Consumir preferentemente’ (2023).

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