Tres veces adiós

Un cartel publicitario de Justin Bieber en Nueva York.

Amanda Mauri

Perder el rostro de alguien querido es un miedo primitivo. Que se desvanezca, que no podamos recordarlo. Cuando Beltrán desapareció, creía verle en todas partes. Le imaginaba en lugares a los que habíamos ido juntos y también en aquellos que empecé a frecuentar después con la esperanza de labrarme un nuevo paisaje en la ciudad. Su rostro era un fantasma que rondaba mis pasos, pero no al revés, yo a él no podía seguirle. Aparecía y desaparecía de nuevo. Su presencia no era estable ni fija, en cuanto me acercaba, descubría que no era él. Lo único que me quedaba era el vídeo del último ensayo.

Escenario rojo. Butacas rojas. Cubículo de paredes falsas también rojas. Luz cobriza. Solo el tocadiscos es verde botella. Mi vestido es rojo, largo, ajustado, y llevo unos tacones de charol negro que me hacen perder el equilibrio. Beltrán y yo nos movemos de un lado a otro, improvisamos la escena final de la obra para buscar ese algo que no estamos encontrando. Estrenamos en menos de 48 horas.

Decidimos probar con un baile. Nuestros gestos se vuelven espasmódicos, es una danza animal, extraña. El equipo se ríe desde las butacas. Estamos todos cansados. La cámara graba para montar un making of. De pronto, Beltrán apaga la música y me mira en silencio, luego se aleja, agarra el picaporte cromado de la puerta que permite entrar y salir del cubículo. Parece dudar un momento. Se vuelve hacia mí. 

“Nunca te he querido”.

El portazo resuena. Durante unos minutos, no se oye nada salvo el zumbido de la grabación. Yo parezco petrificada. El equipo empieza a removerse, intranquilo. “¿Pero qué cojones…?”, susurra alguien. Tardan en entender lo que yo he sabido al instante, no es una improvisación más.

Volví a esa escena una vez y otra después de su desaparición. Digo desaparición y no ruptura porque entonces me parecía absurdo (y una distorsión, un rebajamiento de lo que fuimos) meternos a Beltrán y a mí en el molde de la ruptura amorosa, de la relación de pareja. Nada en nuestra relación fue fruto de una decisión pensada. Durante un tiempo, al principio, parecía que la gente a nuestro alrededor esperaba que anunciáramos algo. Una confirmación quizá. “¿Cómo os va a Beltrán y a ti?” o “Y con Beltrán, ¿qué? Estáis bien, ¿no?” Sonrisas de expectación. Siempre tenía la sensación de estar a punto de suspender un examen, mis respuestas no daban en el clavo, no eran las correctas.

También nos preguntaban por qué nos empeñábamos en vivir cada uno en un estudio diminuto si juntos podríamos tener más espacio. Nunca estuvo sobre la mesa, yo no quería vivir con él ni él conmigo, más allá de los días febriles en que nos instalábamos uno en casa del otro para escribir y ensayar, parir una idea, preparar un papel complicado. Eran periodos breves y espontáneos, en los que el tiempo se suspendía y nos escupía al término de lo que fuera aquello en lo que trabajábamos, no con la sensación de haber compartido una domesticidad sino de habernos montado sobre una calabaza voladora, un tren mágico, un unicornio, y haber salido ilesos, hambrientos, algo desquiciados, muy felices. 

A Beltrán y a mí no nos movía el compromiso, sino la adicción a lo extraordinario. No decíamos “soy su mujer, soy su amiga, soy su amante, soy su compañera de creación”, ni tampoco “soy suyo, soy su futuro, soy la otra mitad de lo que escribe”. No éramos nada el uno del otro ni para el otro, yo no era de ni con Beltrán, Beltrán no era de ni conmigo. El verbo falla. Beltrán y yo estábamos, hacíamos, pasábamos horas, días, años hablando, follando, escribiendo, y el tiempo pasaba con nosotros y nos impulsaba. 

Su desaparición rompió el pacto. “Ahora soy sin Beltrán, y Beltrán es sin mí,” me repetía. Ese ahora marcaba un nuevo tiempo definido por la negación. Su “nunca te he que querido” sonó como un sortilegio, como el talaq musulmán que, pronunciado tres veces, rompe el matrimonio. Yo me divorcio de ti, yo me divorcio de ti, yo me divorcio de ti. Beltrán no repitió su sentencia, pero en el escenario el eco entretuvo sus palabras, y las hizo sonar otras dos veces cuando él ya no estaba allí.

Nunca te he querido. Nunca te he querido. Nunca te he querido.

Dicen quienes estudian el cerebro que la memoria y la imaginación comparten procesos cognitivos. Recordar algo que hicimos en el pasado es muy parecido a proyectarnos en un mundo hipotético y ficticio. La memoria es un territorio de especulación, lo que creemos aprehender como prueba irrefutable de un hecho que sucedió no es más que una aproximación parcial, teñida por nuestros sentimientos, nuestros conocimientos e ignorancias. El así fue y el podría ser no están delimitados por fronteras sólidas. Las historias se escurren por las grietas entre uno y otro, se tocan, se contaminan con distintos tonos de luz. El rayo del recuerdo, la chispa de la imaginación. Distintos fuegos en un mismo cerebro.

No sé cuánto de lo que ocurrió en los días y semanas que siguieron al talaq fue real; cuánto lo recuerdo y cuánto lo inventé. Sé que reproduje la grabación del ensayo hasta que la escena perdió sentido y empecé a sospechar que lo que en ella se veía no podía ser real. La secuencia de movimientos se desarrolla con claridad: Beltrán se aleja, me mira, abre la puerta y pronuncia su talaq limpiamente, sin ensañarse ni perder los nervios. Luego se va y deja que el portazo y el eco de sus palabras se entretengan entre las paredes del escenario. La mujer que soy y no soy al mismo tiempo, disfrazada de otra con el vestido rojo y los tacones de charol, no se mueve, ningún gesto ni ademán ni siquiera un fugaz cambio de expresión alteran su parálisis. Sé que esto es lo que ocurrió porque así puede verse, pero al mismo tiempo sé, con igual convicción, que no es exacto o no es todo. No se ve pero yo recuerdo a Beltrán desenfocar la mirada cuando se volvió hacia mí. Fue rápido, como si por un momento dejara de ver lo que tenía delante y viera otra cosa, con mayor profundidad. 

Tampoco se me ve a mí agachando la cabeza. En el vídeo, la mujer de rojo se queda tiesa con los ojos clavados en Beltrán. Sin embargo, recuerdo perfectamente descubrir un pegote blanco en la punta de mi zapato izquierdo en los segundos de tensión que precedieron a la enunciación del divorcio. Me dio tiempo a pensar en un fideo de arroz aplastado, pegado al charol. No habíamos comido nada en el ensayo y los zapatos estaban limpios antes de empezar. Cuando levanté la cabeza todo había cambiado o estaba a punto de hacerlo, que es lo mismo.

Esa mancha se convirtió en una visión recurrente, me asaltaba sin aviso y sin tregua, como el rostro ausente de Beltrán; imágenes inconexas y erráticas que no me decían nada. Había perdido la capacidad de interpretarlas, nada de lo que ocurría a mi alrededor era traducible. La pérdida, el vacío, la parálisis y el miedo eran conceptos sin forma, gigantescos e infinitos, que se apoderaban de mis días y me sumían en una desesperación callada. Sin Beltrán, las palabras habían desaparecido. Las obras y los personajes que inventamos pertenecían a un mundo irrecuperable, el talaq había segado una parte de mi memoria. No podía seguir escribiendo y aun así sabía que escribir sería la única forma de salir del dolor.

La noche en que nos conocimos, hablamos de tantas cosas que me pareció estar estrenando el lenguaje, como si las palabras fueran nuevas o su efecto en mí fuera completo por primera vez. Me contó que estaba terminando un monólogo sobre un hombre que acaba de perder a su mujer en un accidente de tráfico. Le pedí que me leyera fragmentos. Era un texto oscuro, críptico, pero la soledad de ese hombre ficticio brillaba con una claridad aterradora. Beltrán era así, un poco de luz y otro mucho de sombra. “Es extraño cómo nacen las historias le dije”, y quise preguntarle: “¿Cuándo crees tú que decidimos empezar a contar algo? ¿Por qué una historia y no otra?”, pero no lo hice, me había acercado tanto a su boca que cerré los ojos y me pareció que también el oído se me apagaba, tal vez para no interferir en mi tanteo.

Es posible que si supiéramos por qué contamos algo no contaríamos nunca nada. Cuando una historia está terminada es fácil adivinar las razones que nos llevaron a desenterrarla, a limpiar los huesos, encerarlos, disponerlos bajo el foco de nuestra inquisición y examinarlos, y poco a poco insuflarles vida de nuevo, hacerlos cantar, como flautas prehistóricas, hilar sus memorias y darles cuerpo, pero estas son razones que inventamos en retrospectiva, con el trabajo de la narración hecho, y por tanto son solo parte de la verdad. Contar historias es trabajar con lo visible para intentar sacar a la luz lo invisible. Las explicaciones que nos damos a nosotros mismos al terminar una historia no están completas, pertenecen solamente al reino de lo que se ve, a lo que puede entenderse y representarse. Por el contrario, las otras razones, las más profundas, siguen escondidas. 

Con las personas ocurre lo mismo, acercarse mucho a alguien ayuda a descifrarlo, pero nunca llegamos a conocerle del todo. El Beltrán que había afirmado quererme infinitas veces era el mismo que me negaba no solo su amor sino también la verdad de nuestro tiempo juntos. Era el mismo y, sin embargo, a ese último Beltrán, al que le bastó un instante para cambiar cinco años de recuerdos, yo no le había conocido nunca. Ahora ya no podría desentrañar el misterio. Beltrán no volvería a hablarme ni a amarme, y yo tampoco podía hablarle a él en mi cabeza, ni al revés, hablarme a mí misma con su voz, ensayar un diálogo espectral entre dos personajes muertos. Lo estábamos. Estábamos vivos, pero al mismo tiempo habíamos muerto. Él vivía por su lado y yo por el mío, pero el tercer espacio o ser o tiempo que habíamos creado juntos ya no existía. Mis palabras no llegaban al lenguaje porque estaban atrapadas en un habla fantasmal.

¿Por qué una historia y no otra? ¿Por qué el talaq? ¿Por qué esas palabras y por qué la desaparición?

Tenía que aceptar que no resolvería estas preguntas. Nada que pudiera hacer o decir desharía el talaq, igual que el talaq no podía pese a su rotundidad deshacer el amor que Beltrán me había pronunciado antes. La negación y la afirmación coexistirían para siempre, pero ese nudo tenía que quedar atrás. No resolvería las preguntas –¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?– pero quizá llegaría un tiempo en que sus interrogantes dejaran de asaltarme y yo podría atraparlos y darles otra forma, otro uso. Hacer flautas de los huesos hallados. Rellenar los vacíos. Inventar respuestas, razones, verdades para paliar el no saber. Convertiría a Beltrán en un cuento y luego lo dejaría flotar en mi conciencia, lo perdería de vista, lo olvidaría un poco o lo recordaría solo de vez en cuando, y cada vez más pálidamente. Su final daría paso a otros principios, nuevos cuentos.

Primero dolor, luego rabia y, enseguida, otra cosa. Un cosquilleo. El origen de todas las historias: la curiosidad por el vacío

No sé en qué momento empecé a escribir una palabra y luego otra, pero sé que hubo un día en que la mujer del vestido rojo salió de la pantalla y abandonó la grabación, y sobre el escenario no había nadie. Pensé, “¿Adónde ha ido?”, y de pronto me pareció más interesante perseguir esa respuesta, recordar o inventar sus peripecias, que seguir atada al eco de un adiós triple cuya voz ya no reconocía.

*Amanda Mauri es autora de ‘Museo de las ausentes. Usos políticos del duelo’ (Paidós, 2024).

Más sobre este tema
stats