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William Ospina: “Lo malo de un país no es que tenga guerrilleros, sino que le falte una ciudadanía unida”

El escritor colombiano William Ospina.

Karmentxu Marín

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El ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2009, William Ospina (Colombia, 1954) acaba de publicar Guayacanal (Random House), un viaje a la memoria de su familia trufado con la colonización del eje cafetero colombiano. Dice que la prohibición de la droga origina muchos de los problemas de su país, confía en los últimos levantamientos ciudadanos y habla del desequilibrio entre las sociedades del bienestar y las sociedades del malestar fomentado por la globalización.

Su padre, enfermero; y el de Héctor Abad Faciolince, médico. ¿Qué tienen los sanitarios colombianos que alumbran literatos? Literatos que, además, cuentan la historia de su familia y hablan de la violencia.el de Héctor Abad Faciolince

A mí también me ha sorprendido. Pero, de todas maneras, Héctor y yo vivimos realidades semejantes en dos regiones del país que no están muy lejos la una de la otra, y en épocas similares, aunque él es mucho más joven que yo.

Su primer título, ‘Ursúa’, fue señalada por Gabriel García Márquez como la mejor novela de 2005. Ya en 1996 Vargas Llosa dijo de su colección de ensayos ‘Es tarde para el hombre’ que su trabajo era hechizante y de alta calidad. Está bien protegido por el santoral.

Bueno, yo se lo agradezco mucho, por supuesto. A Vargas Llosa casi no lo conozco, le he visto algunas veces. Pero con García Márquez sí tuvimos una buena amistad y fue generoso conmigo, sin duda.

¿Se considera cerca del realismo mágico?

A mí me ha fascinado toda la literatura del boom latinoamericano de mediados del siglo pasado y es cierto que nos enseñó muchas cosas. Pero me gustaría observar que, de todas maneras, lo que le dan a uno las generaciones precedentes es tal vez unos recursos del lenguaje, una manera de mirar y tal vez el orgullo de pertenecer a una tradición. Yo los admiro mucho, pero sobre todo esta novela tiene menos de la literatura que de la vida real, de la tradición oral, que es la manera de hablar de la gente. Me gustaría que en algo estuviera su influjo, pero también que la realidad se abriera camino.

Dijo de la revolución bolivariana de Chávez: “Es posible que haya inventado la democracia del siglo XXI”. ¿Está seguro?

Bueno, creo que fue una expresión nacida de un momento. De todas maneras, siempre sentí mucha admiración por lo que hacía Chávez. Me parecía que era necesario que alguna vez la gente humilde de Venezuela viera algo de la renta petrolera venezolana, que era gigantesca. Desafortunadamente, muchas cosas contribuyeron a derrotar ese sueño. Sin embargo, creo que, mientras vivió Chávez, había una democracia en Venezuela. Yo no participo de quienes consideran que todo lo que ocurría allí era una tiranía o algo así. Siento que había un esfuerzo sincero para ayudar a la gente. Pero en este momento por supuesto que no pienso que haya sido algo positivo hacia lo que derivó ese proceso, sobre todo porque siempre les he dicho que hay que respetar las normas de la democracia. Si a uno lo eligió la democracia, uno no puede después eternizarse en el poder contra la voluntad de la gente o contra la evidencia. Y cuando se pierden las elecciones hay que aprender a perderlas también. En lo que pasa en Venezuela confluyeron muchas cosas, y por supuesto que los errores del chavismo fueron muy grandes, pero no creo que sean solo esos errores los que contribuyeron a hacer de Venezuela la tragedia que es hoy.

En ‘Guayacanal’, su última novela, cuenta la historia de su familia, y, junto a sus padeceres y sus logros, desliza la idea de la violencia en Colombia como algo estructural, reiterado y persistente, una “tempestad monstruosa que crecía e iba devorando el territorio”. ¿De aquellos polvos vienen los lodos actuales?

Sí, eso suele ocurrir en los países, pero la verdad es que yo también quiero mostrar en esta novela que hubo en esa región campesina muchos años de paz. Mi familia vivió en esas montañas casi 80 años, desde cuando llegaron, que eran selvas apenas, hasta cuando los expulsó la violencia. O sea que se pudieron mantener 70 años de paz mientras hubo un país campesino. Cuando llegó el imperativo de que el país se tenía que urbanizar y expulsaron a los campesinos hacia las ciudades, de una manera premeditada y dictada por unas políticas internacionales, comenzó la violencia, que no ha cesado hasta ahora, porque las ciudades no le dieron a la gente el futuro, la estabilidad, la prosperidad que les habían prometido, y los gobiernos nunca fueron capaces de orientar la construcción de una economía formal urbana, que permitiera realmente aclimatar una paz. La paz es posible. La gente colombiana, el común de la gente, es muy pacífica. Pero está muy dispersa, los políticos y su poder son muy facciosos y hay unas minorías violentas muy activas, que se benefician de que la sociedad esté muy aislada y polarizada incluso.

¿Su biografía está muy marcada por la violencia?

Se vio muy marcada en mi infancia y eso condiciona muchos recuerdos. La verdad es que mi adolescencia fue en un país que tenía ilusiones, que tenía esperanzas, y donde empezaba a formarse ese mundo urbano moderno. Toda la década de los sesenta fue una década de esperanzas en Colombia, de vida urbana grata. Pero después llegó otro gran fenómeno internacional, la prohibición de las drogas, y con eso comenzaron nuevas violencias.

Parafraseando al Zavalita de Vargas Llosa en ‘Conversación en La Catedral’, con su “¿en qué momento se jodió el Perú?”, ¿cuándo fue lo de Colombia?

Bueno, aquí parece haber consenso en que fue el 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, que encarnaba la gran esperanza liberal, el popular de Colombia, que iba a hacer las reformas liberales que se habían aplazado desde el siglo XIX, que de verdad iban a corregir los fenómenos de desigualdad y de injusticia muy largos, y que encarnaba también la esperanza del mundo mestizo, del mundo indígena, del mundo de origen africano y de las provincias colombianas. La muerte de Gaitán significó el comienzo de la gran violencia de los años cincuenta y fue definitivo, porque desde entonces Colombia no ha logrado verdaderamente encontrar el camino de una paz convincente.

¿Qué males aquejan a su país, aparte de la violencia, el covid y la desigualdad?

Lo de la desigualdad es importante repetirlo, porque el mío es uno de los países más desiguales del mundo. Un problema es la falta de una industrialización, porque hemos caído en manos de ese proyecto neoliberal que impone el que nuestros países sean solamente consumidores de mercancías que llegan de las grandes sociedades industriales, que nos dediquemos solo a la producción de materias primas. Pero mientras no se cree trabajo para la gente no veo con qué vamos a comprar las mercancías que llegan de fuera. Eso es un círculo vicioso en el cual las economías ilegales terminan siendo las ganadoras. Falta una economía formalizada propia, un proyecto agrícola poderoso y un proyecto industrial poderoso también. Y luego está el sometimiento a la insensatez de la prohibición de la droga, cuando solo la legalización podría permitir que realmente ese problema sea conjurado, porque lo único que hace la prohibición de la droga es aumentar el consumo y hacer crecer unas mafias que lo devoran todo y lo corrompen todo.

La vieja aristocracia, la Iglesia, las guerrillas, el narcotráfico, ¿hacen un buen cóctel de culpables?

Sí, pero de todas maneras es importante insistir en la necesidad de una reacción ciudadana, porque a mí me gusta repetir que lo malo de una sociedad no es que tenga guerrilleros, ni paramilitares ni políticos corruptos, sino que no tenga una ciudadanía unida, capaz de ponerle freno a todo eso.

¿Y cómo se consigue esa unidad ciudadana?

Bueno, es un proceso cultural, que en Colombia está cumpliéndose en la medida en que ha vuelto a renacer en estos últimos tiempos la voluntad ciudadana de salir a las calles, de exigir, de manifestarse, de reclamar. Aquí durante mucho tiempo el pretexto de que existían las guerrillas sirvió a los gobiernos para satanizar toda protesta popular y toda movilización ciudadana. Y la democracia no se puede dar si los ciudadanos no salen a las calles a reclamar. Los gobiernos nunca le dan a la gente nada si la gente no reclama con cierta vehemencia y con cierta indignación. Entonces, estamos en el esfuerzo. Yo he dedicado buena parte de mi vida al esfuerzo de desarrollar unos argumentos sobre cuál es la historia de Colombia, por qué ha sido tan difícil formar una sociedad cohesionada y solidaria y sobre la necesidad de que ello ocurra. Tengo un ensayo que se llama Dónde está la franja amarilla, publicado hace 25 años, que yo creo que todos los jóvenes de ahora han leído y que de alguna manera contribuye, con tantas otras cosas, a que se genere una nueva conciencia ciudadana.

Achaca la situación colombiana, entre otras cosas, a la clase dirigente. ¿Comparte la opinión de algunos de que Álvaro Uribe es la mano que mece todas las cunas?

No, yo no comparto esa opinión. A mí me parece que Colombia tiene la costumbre de descargar en uno solo esa responsabilidad, que es mucho más grande. Cada vez que se inventan aquí un solo culpable es porque muchos quieren pasar inadvertidos, y yo creo que la historia de Colombia tiene problemas muy antiguos que no se han resuelto, como el de la tierra, el del modelo económico, y el de que el Estado muchas veces recurra a la ilegalidad para resolverlos y termine patrocinando incluso fuerzas criminales para contrarrestar otros problemas sociales. Todas esas son cuestiones antiguas de la sociedad colombiana, y Álvaro Uribe por supuesto que participa de esos problemas y ha sido responsable de muchas cosas. Pero no es el único responsable. Personalizar tanto las cosas impide su verdadera solución.

Cuando en septiembre de 2012 se firmó el acuerdo con las FARC pareció que podía encarrilarse la violencia en Colombia. ¿Se ha frustrado esa esperanza?

Es una esperanza que ha sido repetida. En Colombia cada 15 años se hace un proceso de paz para incorporar a la legalidad a alguna de las fuerzas que ha estado en la insurgencia. Aquí hubo una desmovilización de guerrilleros en el año 1953, hubo un pacto de los dos partidos que habían ensangrentado el país en los años sesenta; hubo una desmovilización del M-19 en el año 1989-1990, otra de paramilitares hace 30 años y después hubo una desmovilización de las FARC. Todas esas movilizaciones son necesarias y las apoyo, pero no son suficientes. Porque la paz, llamarlo paz, no es solo incorporar guerrillas o incorporar insurgentes a la legalidad, sino cambiar las condiciones que hacen que esas insurgencias estén surgiendo continuamente, y es un problema de justicia y de oportunidades para la gente. A la dirigencia colombiana le gusta mucho hacer la paz para la gente, pero no hacer la paz con la gente y en la gente.

Defiende que cada colombiano pueda hablar con su propia voz. ¿No es un deseo difícil de cumplir?

Sí, pero los deseos que es más justo expresar son aquellos difíciles de cumplir, porque los otros se realizan muy fácilmente. Y la verdad es que Colombia tiene muchas potencialidades, pero el orden en que vivimos las impide todas. Es un país hecho a la medida de los políticos y de sus ambiciones, pero que realmente no piensa en términos democráticos, en lo que la gente necesita.

Toda América Latina, de México a la Argentina, atraviesa una crisis social y política, aparte de la económica. ¿Ve una salida conjunta para el continente?

Es un poco difícil, pero hay algo que podría ayudarnos a pensar en eso, y es que cada vez más los problemas son compartidos, no solo de América Latina. Yo creo que cada vez más esta globalización está logrando que comprendamos que los problemas del mundo están en una agenda que tiene que ver con el calentamiento del planeta, con la crisis de los desechos, de las basuras, con una sociedad industrial que está arrasando la naturaleza sin misericordia, con la falta de oportunidades para los jóvenes, con unas fronteras que están abiertas para los capitales, pero cerradas para la gente. Y, de todas maneras, un desequilibrio terrible entre las sociedades del bienestar y las sociedades del malestar que terminará haciéndonos a todos víctimas de ello, porque la gente pobre huirá hacia donde haya una mejor vida. Solo si hacemos un esfuerzo por que cada país sea una patria para su propia gente resolveremos ese problema de las migraciones, pero también el de la naturaleza, que eso se resuelve en cada sitio. El agua hay que salvarla en cada río y en cada manantial. Los problemas del mundo empiezan a ser problemas compartidos y creo que las soluciones van a tener que ser compartidas también. Resulta muy difícil que haya ahora soluciones nacionales, cuando el gran capital está regado por el mundo entero causando los principales males. El cambio climático supone un problema del modelo planetario, el arrasamiento de la naturaleza es asimismo un problema del modelo planetario, las migraciones son consecuencia de un modelo planetario. Entonces, cada vez vamos a tener que encontrar el modo de hallar soluciones compartidas y no aisladas.

Esto se ha visto con la pandemia.

Claro, porque estamos viviendo los males de la globalización. Siempre nos vendieron las virtudes de la globalización, pero con ellas vienen también los males, y tenemos que aprender a resolverlos juntos. Los jóvenes hoy están más intercomunicados en el mundo, saben mucho más lo que ocurre en otras partes y creo que esa nueva generación va a tener que encontrar el camino para soluciones que, aplicadas en cada lugar, respondan sin embargo a los desafíos globales.

Acordándome del vallenato y de un ensayo suyo, ¿Qué tiene que suceder “pa’ que se acabe la vaina”?“pa’ que se acabe la vaina”

Bueno, en Colombia, por lo menos en este momento, yo he visto nacer una esperanza con esta reacción ciudadana. Porque solo las ciudadanías del mundo pueden abrirle camino a otro modelo. Yo a veces me pregunto si estas instituciones que tenemos, nacidas de la Revolución Francesa, de la Ilustración, para responder a los problemas de hace dos siglos, serán las instituciones adecuadas para resolver los problemas de dos siglos después, cuando el planeta es tan distinto, cuando el horizonte industrial, tecnológico, científico es tan diferente. Pienso que lo que está necesitando el mundo es una nueva teoría política y nuevas soluciones para los problemas de hoy. Y, en ese sentido, creo que el desafío para las generaciones jóvenes no es solamente pedir trabajo o pedir educación, sino pensar el mundo de hoy y encontrar instituciones adecuadas a esta época y a sus desafíos.

Porque de no ser así, no se acaba la vaina.

Yo dudo que la vaina se pueda acabar así. Sin embargo, creo que en la ciencia hay muchas claves, y en la técnica podría haber muchas más. Pero mi reflexión va sobre todo en el sentido de que se necesita una actitud vital. Yo admiro mucho a los románticos del siglo XIX, porque fueron capaces de reaccionar con pasión, con energía, con imaginación, con fantasía, a las limitaciones de un modelo demasiado cuadriculado que pretendía que todo estaba comprendido por la razón. La razón nos ayuda, pero se necesita mucho más que razón para habitar este planeta. Y un reencuentro con la naturaleza va a ser fundamental “pa’ que se acabe la vaina”.

En ‘Guayacanal’ cuenta que, en la primera parte de su vida, intentaba ir a Manzanares, pero nunca lograba llegar. Era casi una Ítaca. Y un buen día lo consiguió. ¿Cuál es ahora su nuevo Manzanares?

No sabría decirlo, siempre me lo pregunto. Pero la verdad es que todos estamos siempre tratando de llegar a algún sitio. Hay algo casi kafkiano en el hecho de que, aunque sabemos que tenemos que llegar, no sabemos siquiera qué sitio es. Y yo diría que el arte es mucho eso. Alguien dijo que un artista solo sabe lo que busca cuando lo encuentra y, en esa medida, el hecho de que nuestra vida sea una búsqueda es importante. Cuando es una búsqueda de lo que no se sabe, se requiere del arte, porque el arte es el único camino. La intuición, la imaginación, el lenguaje, el ritmo del lenguaje son instrumentos para llegar a esa meta que es necesaria y que sin embargo ignoramos.

Ni siquiera sospecha dónde está su otro Manzanares.

En mi caso está en cada libro que yo me propongo escribir. Como tengo que llegar a él y no sé cuáles son los caminos, siempre tengo que estarlos inventando, y creo que yo escogí, siguiendo tal vez las huellas de mi padre, el camino del arte, porque yo creo que el arte es fundamental para que la vida tenga un sentido.

*Esta entrevista está publicada en el número de verano de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

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