Resistir dando un sentido al mundo Beatriz Gimeno
IDEAS PROPIAS
No me parece útil darle alas a ninguna supuesta guerra generacional en la que haga un recuento de aquello en lo que me parece que mi generación (la boomer) estaba significativamente peor que la generación actual. O al revés, en qué cosas estábamos mucho mejor. Hay de ambas. Se ha hecho un tabú mencionarlo, como si discutir siquiera qué se ha ganado y qué se ha perdido fuera de por sí un pecado de melancolía o, peor aún, de reaccionarismo. Se me permite compararme con mis padres o abuelos, pero no con mis hijos. Y a los hijos apenas se les puede contradecir. Los jóvenes están rabiosos, nos dicen los analistas, porque añoran un pasado que nunca existió, un pasado dorado en el que se supone que todo era mejor y más fácil. Ni que decir que tal pasado dorado no existió nunca tal como lo imaginan. Lo material, si nos atenemos a los datos, no va tan mal o, al menos, no va peor en todos los indicadores, en algunos va mejor que hace años, en otros va claramente peor, como en la cuestión de la vivienda. Pero cada generación lidia con sus propias precariedades y carencias, aunque estas son socialmente manejadas y percibidas de maneras muy diferentes. Lo material necesita ser contado, concretado, explicado y políticamente manejado. Lo material ¿qué? ¿Lo material salario, lo material vivienda, lo material consumo, coches, viajes, ropa? ¿Lo material trabajo? ¿Lo material comida, que tanto les preocupó a nuestros abuelos? ¿Lo material pensiones? ¿Lo material comodidad? ¿Todo ello junto? ¿Lo material de España, de EEUU?
No es lo material lo que hace que crezca la extrema derecha, o al menos no es sólo lo material sin concretar, sino la manera en que el poder maneja el sentido de lo material y la manera en que la mayoría de la gente vive ese manejo. Así, lo material según las épocas y los contextos puede vivirse como poco, como muy poco, como suficiente o como fuente de eterna frustración. Lo que está en juego ahora mismo es el sentido del mundo, de un mundo que ha cambiado tan profundamente en las últimas décadas que no sabemos dónde poner los pies. Dudo que, a estas alturas, la izquierda pudiera ganar únicamente con políticas de redistribución potentes. Necesita ofrecer un sentido a un mundo desbocado.
La democracia, tal como la conocemos, está rota. El orden internacional surgido de la II Guerra estaba sujeto con alfileres y ahora ha quedado desnudo. El poder no está al alcance de los votos, nunca estuvo tan lejos y fue tan invulnerable a estos. Nadie piensa que las cosas importantes puedan cambiar por medio del voto y esa sensación (basada en el conocimiento empírico) es letal para la democracia. Ciertamente, los que mandan no responden a ningún mandato representativo; estamos a merced de oligarcas que se han convertido en los dueños del mundo y a los que la democracia les supone un impedimento. Al fin y al cabo, la democracia no deja de ser algo que se consiguió arrancar con sangre, Hoy, con otra correlación de fuerzas la democracia ya no tiene sentido para las élites globales, no les es útil, pueden prescindir de ella.
El capitalismo es la única realidad posible. Si gane quien gane es imposible tocar el capitalismo, eso nos conduce a un horizonte de perpetua frustración. La política se convierte en un espectáculo de promesas que no se pueden cumplir y que, ante el vacío, exigen elevar el tono cada vez más. Además, la frustración no sólo tiene que ver con la imposibilidad política de ordenar el mundo, sino que el neoliberalismo es profundamente aspiracional. El abismo entre las vidas que se nos muestran como deseables y las que se nos ofrecen es cada vez más insalvable. Y esta frustración se produce al mismo tiempo que un cambio social casi antropológico.
El abismo entre las vidas que se nos muestran como deseables y las que se nos ofrecen es cada vez más insalvable
Existe, por otra parte, un conflicto entre élites. Las élites oligarcas que todavía no mandan del todo y que son las que quieren acabar con la democracia liberal (los líderes empresariales y políticos de ultraderecha) contra las oligarquías y élites liberales que han controlado el mundo desde la segunda guerra mundial. Conflictos también entre las élites anglosajonas y las chinas, entre liberales y fascistas, entre tecnobarones empresarios y políticos tradicionales. Los cambios tecnológicos y sociales han roto el control social, económico y político que tenían las instituciones liberales. Pero se ha producido también un cambio antropológico en lo que hace a las subjetividades. La irrupción de internet y todo lo que ha conllevado, la victoria total del neoliberalismo y su manera completamente diferente de configurar las relaciones humanas y las subjetividades, todo eso nos ha llevado a una eclosión de nuevas identidades, nuevas ontologías, nuevos relatos existenciales que vacían de sentido los anteriores o que los reconfiguraran completamente.
Nunca en la historia se ha vivido un cambio social y subjetivo tan acelerado. Ahora, las mujeres pueden decidir qué hacer de sus vidas y pueden ser presidentas; incluso un negro puede serlo, los migrantes están por todas partes, las personas LGTBI viven con los mismos derechos, como si tal cosa, la familia se ha transformado, el sexo se ha transformado, las identidades personales se han transformado. Y eso significa pérdidas subjetivas para mucha gente que vivía su propia identidad como un privilegio; la pérdida de este provoca inseguridad y miedo. Y nadie maneja el miedo y su corolario, el odio, como la derecha. Verdaderamente estamos entre el mundo nuevo y el viejo que no acaba de morir y que, como suele ocurrir, amenaza con desaparecer haciendo sangre.
Y detrás de estas batallas entre el mundo viejo y el nuevo hay una estrategia muy pensada y muy bien financiada. Cuando se consigue crear la percepción de que el mundo cambiante y diferente que vivimos es un caos amenazante, la gente odia cualquier cosa que pueda poner en peligro aquello que les ofrecía cierta seguridad. La batalla en la que estamos inmersos es emocional y no racional. La gente que se ha radicalizado hacia la extrema derecha y vive con pánico el “comunismo” de Sánchez no lo hace porque viva mal o porque les vaya peor que antes. Lo hacen porque tienen mucho más miedo que antes.
A partir de ahí la creación de enemigos imaginarios, del enemigo interno, está funcionando como lo ha hecho siempre: perfectamente. El racismo, la transfobia, la misoginia y la xenofobia, están alimentadas por quienes pierden el poder y quieren recuperarlo. Cada país fomenta sus propios y ridículos odios, como el desatado contra “los catalanes” o contra una ETA inexistente, delirios todos ellos completamente funcionales para la derecha. Pedro Sánchez no es comunista ni lo parece, pero multitud de personas viven angustiadas porque el comunismo o un supuesto socialismo radical va a destruir su bienestar. En realidad, no importan los buenos datos, ni las buenas políticas (siempre demasiado timoratas, pero aun así claramente mejores para el bienestar que cualquier política que hiciera la derecha). Nada de esto importa mucho porque ahora mismo es el manejo del miedo y del odio, de la desconfianza y de la inseguridad lo que importa. Históricamente ha funcionado y sigue haciéndolo.
Hay que exigir a los políticos que presenten narrativas potentes de esperanza y de ruptura con lo existente, promesas reales capaces de poner los cimientos de un mundo distinto
La izquierda a estas alturas no ganará únicamente presentando un programa político sino apelando a las emociones propias de la izquierda y ofreciendo la posibilidad de construir otro mundo radicalmente diferente; alentando un impulso vital que nos emocione y que nos haga salir de nuestros refugios individuales. En ese sentido, cualquier izquierda que asuma como propio cualquier aspecto del miedo de la derecha jamás podrá ganar. No es por ahí, sino por el lado contrario, por la radicalidad de la esperanza. Hay que exigir a los políticos que presenten narrativas potentes de esperanza y de ruptura con lo existente, promesas reales capaces de poner los cimientos de un mundo distinto. Y esas promesas pasan por acciones decididas de reforma y refuerzo de la democracia: derogar las leyes que restringen las protestas, la ley mordaza, combate duro contra la desinformación y el oligopolio mediático y de internet, reformas fiscales, reformas que recuperen la separación de poderes, democratización de la justicia, democratización de la empresa y las finanzas, apuesta muy decidida por lo público y contra la privatización (nada de colaboración público/privada)… pisar el acelerador sin miedo; plantarse ante los tiranos, acoger con pasión las causas justas, abandonar los cálculos supuestamente estratégicos y timoratos: así no ganarán. Ya no es posible pretender dar un poco con una mano mientras que con la otra se intenta gestionar unas mínimas sobras.
Y ¿qué podemos hacer nosotros? Sólo tenemos una ventaja y es que ya sabemos lo que es el fascismo, reconocerlo a tiempo es una ventaja. Tenemos la capacidad de resistirnos. En la calle, físicamente, somos millones, pero también moralmente. Nuestra resistencia tiene que basarse en la defensa de los otros/as, de cada otro u otra de nosotras mismas, de todos los otros y otras vulnerables; en la solidaridad radical con cualquiera que se encuentre en peligro. La solidaridad, la bondad, la empatía, el cuidado y el reconocimiento radical de la común humanidad, el reconocimiento de los mismos derechos a la misma vida nos puede ofrecer ahora mismo fuerza y valor, así como identidad común y pertenencia. Necesitamos empeñarnos en la creación de refugios reales, físicos en las ciudades, en los pueblos; refugios legales, refugios emocionales contra la deshumanización y la crueldad como espectáculo y dar todas las batallas que sean necesarias. Necesitamos recuperar el sentido de lo que somos, que la lucha contra la barbarie sea motivo de orgullo. Es por ahí o morimos.
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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.
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