Vuelve el servicio militar (cultural) Miguel Lorente Acosta
Tardó poco Abascal en salir en tromba contra la regularización de 500.000 personas, prometiendo devolverlas a sus países si llega al gobierno y acusando a Sánchez de pretender reemplazar a los españoles por población extranjera. Según el líder de Vox, se trata de una “invasión” promovida por un presidente “tirano que odia al pueblo español”.
La utilización del miedo no es nueva. Lo hizo Hitler en la Alemania nazi contra judíos y gentes de izquierda, para conseguir sus objetivos en un país con miles de desempleados que no dudaron en ponerse los uniformes de las SA y salir a cazar a los adversarios del régimen. Y los que no apoyaban a los nazis miraron para otro lado. El trumpismo, el bolsonarismo, Orbán o Le Pen hacen lo mismo. Desde la Antigüedad, el miedo es un efectivo instrumento de control político y religioso. Putin lo utiliza como herramienta de poder y autoridad, al igual que China o Irán con sus poblaciones, mientras que Netanyahu, bajo la falsa promesa de seguridad, sigue masacrando al pueblo palestino.
La eficaz propaganda nazi de Goebbels es el espejo donde hoy se miran las corrientes neofacistas. La difusión de información engañosa, con las redes sociales como principal plataforma, se ha convertido en su modus vivendi para influir en la opinión pública y ganar seguidores y elecciones. Mentir, difamar o acosar es ya práctica habitual, parte de una estrategia que basa su fuerza en la teoría del chivo expiatorio. Al igual que la Alemania nazi apuntó injustamente al pueblo judío como origen de sus males, ahora “la culpa es de los moros”. La crisis económica alemana de 1923 se debió a las enormes deudas heredadas de la Primera Guerra Mundial y a las costosas reparaciones que impuso el Tratado de Versailles, pero Hitler supo proyectar sobre los judíos la frustración y el miedo de un país en quiebra.
La extrema derecha utiliza ahora la situación de precariedad y vulnerabilidad social que viven millones de personas en el continente para buscar un culpable. El engranaje psicosocial del chivo expiatorio enfila a los musulmanes como el enemigo, apelando a sentimientos profundos como el patriotismo y el odio. Todo esto queda en el imaginario de grandes capas de la población, condicionando sus percepciones y justificando la inquina y el racismo.
La internacional ultraderechista, con Trump a la cabeza, ha creado un enemigo procedente del extranjero y de piel oscura, que amenaza la identidad nacional y los valores centenarios. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense intensifica ampliamente la persecución y deportación de personas migrantes. A lomos de los desalmados agentes del ICE, el miedo recorre las calles del país.
En España, Vox y PP, enfrascados en una guerra electoralista para ver quién es más xenófobo, con los populares muy preocupados porque el voto joven de derechas se les escapa hacia los ultras, criminalizan a magrebíes y subsaharianos, haciéndoles responsables de una gran invasión que pretende acabar con la cultura occidental. La ultraderecha sabe jugar sus cartas: transforma el miedo en odio contra un supuesto enemigo. El miedo es su poder.
El hecho de que la población extranjera que vive y trabaja en España sea uno de los pilares del Estado de bienestar, que esté impulsando la demografía de una sociedad envejecida o que sea uno de los motores de la economía y factor que sostiene el sistema de pensiones son elementos que deberían desmontar el discurso xenófobo de la ultraderecha. Y Sánchez va a hacer lo que ya hicieron Aznar y Zapatero en su momento, una regularización masiva que es positiva para el país y para los propios inmigrantes: al legalizar su situación dejan de ser un blanco fácil para las mafias que les explotan laboralmente, y pasan a contribuir a la financiación de los grandes gastos sociales.
El engranaje psicosocial del chivo expiatorio enfila a los musulmanes como el enemigo, apelando a sentimientos profundos como el patriotismo y el odio
El éxito de los neofascistas es que han conseguido que la ciudadanía vote contra lo que perciben como el enemigo que ellos han sido capaces de construir. La creación del chivo expiatorio les permite canalizar el descontento hacia inmigrantes y minorías, y movilizar a una parte importante de la sociedad a través de la polarización y con el ofrecimiento al elector de un espacio político donde podrá defenderse del invasor. Torre Pacheco es un buen ejemplo.
Feijóo, muy alarmado por la fuga de votos a Vox –se ha vuelto a ver en Aragón–, criticó la regularización: “Es un reparto de papeletas, en vez de un reparto de papeles". Él sabe que los regularizados no podrán votar en las próximas generales ni municipales de 2027, finalmente tuvo que admitirlo su vicesecretaria de Inmigración, Alma Ezcurra, pero siembra la duda al afirmar que el Gobierno persigue alterar el censo electoral. Una vez más, se impone la narrativa del miedo ante el enemigo extranjero. El relato es igual en Estados Unidos, donde Trump afirma que los inmigrantes irregulares votan en masa, y ya ha amenazado con desplegar al ICE en las midterm de noviembre, donde se juega gran parte de su futuro político con las encuestas en contra.
El liderato nacional en xenofobia y racismo lo tiene Vox y, por muchos esfuerzos que haga el PP, no le va a desbancar. El partido ultra se presenta como el único capaz de garantizar seguridad y ofrecer protección ante las amenazas que ellos mismos denuncian. Su discurso antisistema es su gran baza ante el bipartidismo, asistido por un potente mensaje nacionalista que defiende las tradiciones y el sentido patriótico frente a la globalización.
La teoría del Gran Reemplazo, una de las grandes falsedades que la derecha esgrime, es una supuesta conspiración para relevar la población blanca y cristiana de Occidente por musulmanes y negros. Según Abascal, el presidente Sánchez ha decidido “sustituir” al pueblo español, mientras que Ayuso ha defendido en no pocas ocasiones la “civilización occidental” y sus raíces católicas.
A pesar de que el nazismo fue derrotado tras la Segunda Guerra Mundial, Europa no ha aprendido la lección. La normalización del racismo vive momentos de expansión y canaliza el odio hacia la población migrante sin tapujos. La historia del continente es la crónica de una gran migración desde tiempos prehistóricos, y en la mayoría de los casos los desplazamientos se producen huyendo de la miseria. Nadie abandona su hogar si no es por extrema necesidad.
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Daniel Leguina Casas es responsable de Comunicación de Fundación Alternativas.
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