Tu contrato de alquiler y la democracia Cristina Monge
Este oficio exige liberalismo. Y no abunda. Ni dentro del sector ni mucho menos fuera. Quizá porque una sociedad liberal es aquella que no dispone de respuestas para todo ni un itinerario ideal, solo reglas para la navegación y, por tanto, una sociedad dispuesta a convivir con lo contingente sin alarma ni histeria. Para quienes piden orden y certezas, acudiendo al meme, las democracias deberían contestar: “No me quedan certezas, niñio, sólo Masibón”. El orden y la certeza, como hemos repetido hasta aburrirnos, pertenecen a otros ecosistemas políticos y filosóficos, y son por definición antítesis de la democracia. Porque, resumiendo mucho, la donna è mobile. Aquí hemos escrito que la democracia liberal es el único huerto en el que puede prender la semilla del periodismo moderno y también que los problemas del sector están más vinculados con la escasez de demanda —o con una demanda anómala— que con los vicios de la oferta. Un porcentaje importante de la población no ansía que le cuenten nada que no refuerce lo que ya piensa de cada asunto. Sencillamente, no quiere oír otra cosa. Y para ese porcentaje no desdeñable de la sociedad, que algo no se ajuste a la realidad, a los hechos ciertos, nunca será un inconveniente si ratifica un prejuicio o un propósito. Lo único bueno de esa evidencia es que el periodismo digno de tal etiqueta nada puede hacer con quien en el fondo solo quiere que le den palmaditas y le digan que todo lo que cree está chévere.
El deseo de creer es una de las potencias más rotundas de la naturaleza humana y no hace falta acudir a los piadosos practicantes de las religiones para apreciar esa fuerza devastadora porque nos afecta también a los impostores que desempeñamos este oficio. Ahí tienen el caso del impulsivo y veterano premio Pulitzer Seymour Hersh, autor de exclusivas espectaculares pero al que han engañado en múltiples ocasiones —las más sonadas, cuando dio credibilidad a las mentiras del presidente sirio Al Asad o cuando le vendieron las falsas cartas de Marilyn Monroe; pero ha habido muchas más—. Él dice que ha errado por confiar en fuentes que antes habían sido confiables, pero lo que no dice —porque quizá nunca se lo ha dicho a sí mismo— es que erró guiado, demasiado a menudo, por la coincidencia de lo que las fuentes le decían con un relato previo y moral en el que él milita. Por eso, cuando le dijeron que la CIA había volado el NordStream en el Báltico con buzos del Pentágono entrenados en el mar Caribe, no se molestó en contrastarlo con una segunda o tercera fuente. Es decir, Hersh y cualquiera de nosotros solemos errar por lo que los científicos llaman el sesgo de confirmación.
El deseo de creer es una de las potencias más rotundas de la naturaleza humana y no hace falta acudir a los piadosos practicantes de las religiones para apreciar esa fuerza devastadora
El deseo de que algo sea cierto nubla el criterio hasta del más pintado. Por eso, desde esta magistralía se insiste tan a menudo en que el periodismo no se define por el resultado, por el producto final que entregamos al lector —ni siquiera por el hecho de que sea cierto o falso—, sino por el escrúpulo en la aplicación del método periodístico y el respeto al llamado Estándar de Sagan —una ley de hierro pensada para el trabajo científico pero aplicable como un guante a este oficio—: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. El estándar de Sagan es, para que nos entendamos, la dinamita en los cimientos de la Nave del Misterio.
Mucho más problemática es aún la confusión epistemológica que acompaña al público y a parte del propio oficio entre conceptos en principio bien disímiles como verdad, información, propaganda y periodismo. Esa distinción limpia pertenece a una tradición ilustrada que sostiene que, idealmente, cada cosa tiene una función delimitada y que el lenguaje puede describir el mundo con cierta estabilidad y precisión. Sin embargo, vivimos hoy —y quizá hayamos vivido siempre— sumergidos en un proceso de erosión de ese sistema de compartimentos identificables y empecinados en un debate en torno a la verdad o la mentira que, en el fondo, es una ramplonería para fanáticos de los relatos morales.
Viene todo esto a cuento de la iniciativa del ministro de Transportes, Óscar Puente, de montar en la página oficial ministerial un tablón de avisos para desmontar bulos y dar información oficial. Los mismos gritos que la han recibido e incluso más histéricos se escucharon por toda la Corte de los Milagros —interior de la M30— cuando la alcaldesa de la villa, a la sazón Manuela Carmena, abrió una web con idéntico propósito hace una década.
Intrusismo o competencia desleal fueron entonces los términos con los que se recibió aquella iniciativa de transparencia, el anatema del “ministerio de la verdad” fue repetido hasta el empacho, pero todo ello revela que los propios oficiantes no manejan con soltura conceptos a priori tan poco abstrusos como verdad, información, propaganda y periodismo. Y que, en el fondo, lo que no quería el mal oficio tan asentado en Madrid es que le desmontaran sus tenderetes de prejuicios o mentiras.
Los habituales de este rincón ya saben del sarpullido que por aquí causan palabras demasiado anchas y altas como “objetividad” o “verdad”, platonismos por lo general inaccesibles a la tarea mundana y precipitada del periodismo. En contra de la opinión general, extendida incluso dentro del sector, el periodismo no tiene el monopolio de la información ni de la comunicación pública. De hecho, su tarea no es excluyente con el deber y el derecho de las administraciones públicas de informar al público, incluso sin intermediarios. Del pregonero al tablón de corcho, las autoridades nunca han necesitado al periodista para informar y menos que nunca hoy, que puede operar sin intermediarios en el ecosistema digital. La información oficial no es periodismo, como no lo es la propaganda, pero lo que diferencia todos estos conceptos no es, en ningún caso, su proximidad a la verdad. La propaganda no es más ni menos cierta que el periodismo o que la información oficial, ni viceversa. O no necesariamente. Que Donald Trump distribuya un vídeo en el que le sirven en la Casa Blanca una comida de McDonalds no es propaganda porque sea mentira o porque haya sido un vídeo producido con una intención de transmitir la imposible llaneza del multimillonario; es propaganda porque no tiene el más mínimo interés para la audiencia, por lo que la única forma de aproximarse a ello es desde la comedia de costumbres, la banalidad o la burla. Y quien cuente medio en serio semejante tontería no es sino un propagandista.
Hemos pasado de una cultura de la verdad a una cultura de la verosimilitud identitaria: la gente cree aquello que parece verosímil y encaja con su marco previo de prejuicios o intenciones. La comunicación institucional es información de parte, a menudo de interés general —aunque no siempre— pero eso no la convierte en periodismo. No estamos solo ante una confusión terminológica, sino ante un cambio en el criterio de autoridad, donde hemos sustituido la pregunta “¿es verdad?” por la más modesta pero más grata “¿es de los míos?”. Lo hemos hecho una parte importante de los periodistas porque antes lo ha hecho un sector importante la sociedad. No es que la gente —los que escriben periódicos y los que los leen— no distinga entre información y propaganda, es que ha dejado de creer que esa distinción tenga consecuencias reales. Si todo puede ser manipulado, entonces todo se evalúa políticamente, no epistemológicamente. Y en ese desplazamiento, el periodismo —como método— queda en tierra de nadie, demasiado exigente para el consumo emocional, demasiado débil para competir con la propaganda.
Por eso, el criterio cabal, la jerarquía sagaz y una agenda clara son muchísimo más relevantes que la proximidad del producto periodístico con la verdad. Sin ánimo de alimentar el relativismo, una información falsa puede ser intachable si el periodista ha hecho correctamente el trabajo —aunque si lo ha hecho bien, es altamente improbable que sea falsa—, y una información cierta puede ser reprochable si el periodista —como Hersh con el NordStream— se ha saltado los más rudimentarios principios de la metodología periodística.
Para una sociedad que exige certezas, el periodismo es pues insuficiente, deficiente, demasiado modesto en sus objetivos y en sus potencias. Y está bien que sea así. Porque el periodismo solo es útil en sociedades liberales, donde el público es exigente y crítico. Y está dispuesto a habitar la contingencia, la provisionalidad y la incerteza. Dicho de otro modo, el periodismo es una praxis imperfecta para sociedades adultas. Los que buscan “la verdad”, como ha ocurrido durante milenios, deben acudir al templo.
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