Los latinos de Mineápolis se han convertido en los protagonistas invisibles de la lucha contra el ICE

Altar improvisado en el lugar donde Renee Good fue asesinada por agentes del ICE en Minneapolis

Patricia Neves (Mediapart)

Mineápolis (Estados Unidos) —

En el sur de Mineápolis, Matías y su esposa Laura (ficticio) parecen llevar una vida normal. Trabajan en una tienda de alimentación, alternando la caja y la reposición. No hay mucha gente este martes 27 de enero, pero su teléfono no para de sonar. En ese momento, tienen muchos pedidos a domicilio. En la recepción, una pila de recibos indica que hay una serie de pedidos listos para repartir.

Las compras que gestiona la pareja tienen su explicación. Los clientes que llaman por teléfono casi nunca salen de casa porque están siendo buscados activamente por el ICE, la policía de inmigración, o temen serlo.

Si al principio el objetivo del Gobierno federal era, al menos oficialmente, luchar contra “el fraude” en Mineápolis, la operación contra la inmigración que comenzó en diciembre ha adquirido otra dimensión en las últimas semanas. En la ciudad ya nadie está a salvo. Ni de ser detenido (por el ICE), ni de resultar herido, ni siquiera de morir en manos de los agentes. Cada día, a través del escaparate de su tienda, Matías y Laura son testigos de lo que se ha convertido allí en la “mayor operación de la historia” de la policía de inmigración.

La Casa Blanca ha enviado hasta 3.000 agentes al lugar. Desfilan por las calles al volante de grandes todoterrenos, algunos fuertemente armados, otros vestidos de paisano. Todos llevan mascarillas. Desde hace dos meses, su presencia aterroriza a una parte de la población entre las más vulnerables, ante la mirada de sus vecinos indignados y decididos a actuar.

“Brigadas” de solidaridad

Los agentes del ICE no pueden ir a ningún sitio en Mineápolis sin ser recibidos con silbidos y megáfonos. “¡ICE! ¡ICE! ¡ICE!”, advierten los vecinos y vecinas, ahora organizados en “brigadas”. Nadie sabe cuántos son. Ni siquiera los propios vecinos y vecinas lo saben. No todos se conocen personalmente.

Algunos aparecen bajo seudónimos. Bear (oso), por ejemplo, es el nombre que aparece en los grupos de WhatsApp o Signal a través de los cuales se comunican los vecinos. Se calcula que se han inscrito en Mineápolis más de 10.000 personas para participar en esos grupos de acción inmediata. Es una cadena de solidaridad, muy organizada, en la que cada uno tiene una tarea específica.

Los “cazadores” siguen el rastro de los vehículos del ICE. Los “distribuidores” comunican las matrículas de los SUV a los “vigilantes/silbadores” en la calle. Los “financieros”, por su parte, recaudan donaciones. Los “repartidores” se encargan de llevar la compra a las familias inmigrantes atrincheradas en sus casas. Por último, los “conductores” se encargan de su transporte en coche. La gran mayoría de esos vecinos, llamados genéricamente “auxiliares”, han nacido en Estados Unidos o se han naturalizado.

Son ellos quienes aparecen en las imágenes de la televisión. Son ellos quienes forman literalmente un cordón de seguridad alrededor de los inmigrantes, con sus cuerpos, a veces poniendo en peligro sus vidas, como Renee Good y Alex Pretti, una poeta y un enfermero de 37 años asesinados a tiros este mes en Mineápolis por las fuerzas federales. La primera por bloquear el paso a los agentes del ICE, el segundo por intentar proteger a una manifestante empujada por un agente.

En Minnesota, la Administración Trump parece estar poniendo a prueba sus límites

En esas brigadas hay vivos, muertos y también invisibles: los propios inmigrantes, como Matías y Laura, que se describen a sí mismos como “independientes”. Esta pareja (en situación regular) “no trabaja con nadie”, confiesa a Mediapart, salvo con sus “repartidores”. Prefieren pasar desapercibidos y, paralelamente, ha desarrollado su propia red con la que se comunican en español, una cadena de comunicación independiente que surgió en junio en Los Ángeles en la comunidad hispana, cuando se llevaron a cabo las primeras grandes operaciones contra la inmigración.

En Mineápolis, la alianza entre los inmigrantes y los “auxiliares” parece hoy un laboratorio a escala real. ¿Por qué la Casa Blanca ha enviado tantos policías de inmigración a ese bastión de la izquierda enclavado en el corazón del Medio Oeste? Después de todo, la ciudad y, en general, el Estado de Minnesota cuentan “solo” con 130.000 indocumentados, mucho menos que en Nueva York, por ejemplo. Sobre el terreno, el interés está en otra parte. La Administración parece estar poniendo a prueba sus límites.

Entregas a domicilio

Para Matías y Laura todo comenzó este otoño, cuando una fuente bien informada de la comunidad hispana les dijo que se “prepararan”. El “gobierno” está tramando “algo”, les advirtió entonces la fuente. Alrededor del Día de Acción de Gracias, en noviembre, la amenaza se hizo más evidente. “Nos dimos cuenta de que los clientes ya no venían” a la tienda, explica Laura a Mediapart. En aquel momento, los agentes del ICE aún no se habían desplegado masivamente en la ciudad, pero Laura lo entendió enseguida.

Junto con su marido, reparte pequeños folletos en español con un código QR. En ellos se lee “¿Necesitas algo?”. “Hacemos entregas a domicilio. Es fácil, rápido y vamos a tu casa. Llámanos o escríbenos a este número XXX”. Para las primeras entregas, Laura cuenta con la ayuda de una vecina que fue profesora de sus hijos, maestra de primaria. “Luego, la maestra habló de las entregas a otro profesor y luego a otro”. Hoy, Laura y su marido ayudan a una veintena de familias inmigrantes confinadas. Hacen varias entregas al día.

Este martes, unos minutos antes de que los “repartidores” llegaran a la tienda, una patrulla del ICE pasaba precisamente por la zona. Los agentes son inmediatamente localizados por los “silbadores”, alertados en directo por los “distribuidores”. A través de Signal, estos últimos indicaron a los primeros el modelo del vehículo: un gran Jeep Wagoneer blanco. “¡ICE! ¡ICE! ¡ICE!”, se oye entonces entre silbidos, bocinazos y teléfonos que graban cada interacción. A través del escaparate, Laura y Matías lo oyen todo. Los pedidos están listos en recepción.

Pintadas y grafitis por todo el barrio piden la marcha del ICE

Una mujer alta y rubia de ojos azules, enfermera a punto de jubilarse, se dispone a entregar los pedidos. Se ha cruzado con la patrulla del ICE fuera y les ha recibido con un gesto obsceno. “Sed hombres”, les ha gritado, “dejad de esconderos detrás de vuestras máscaras, ¿tenéis miedo de las viejas blancas?”

En la recepción de la tienda, la enfermera recoge una hoja de papel con los números de pedido, los teléfonos y las direcciones. “¿Y si el ICE la detiene durante la entrega?”, le preguntamos. “Me han dicho que me coma la hoja de papel, creo que se puede comer”, dice la enfermera sonriendo.

Su primera parada es frente a una casa modesta, cuya gran ventana de la planta baja ha sido cubierta con una manta de flores. La enfermera llama por teléfono a los inquilinos. Una familia con tres hijos que ya no van al colegio. No hablan español, pero consigue confirmar con ellos el número de pedido. La entrega solo dura unos segundos. En la calle, la enfermera se asegura de que no la sigue nadie.

Por el camino de vuelta, desfilan ante sus ojos las casas con carteles en las ventanas. Pintadas y grafitis por todo el barrio piden la salida del ICE. Se puede leer “ICE out” o “Fuck ICE”. La enfermera se movilizó hace unas semanas, tras el asesinato de Renee Good. “Me puso enferma. Utilizan armas contra nosotros”, dice a Mediapart, “pero nosotros solo ayudamos”. “Yo doy de comer a quienes me piden comida”, añade Laura.

Desconfianza hacia el poder federal

En Mineápolis se han vuelto a reactivar las redes que se movilizaron tras el asesinato de George Floyd, víctima hace cinco años de la violencia policial. Han tomado prestados los métodos utilizados por los activistas en Los Ángeles y luego en Chicago, sobre todo los silbatos. No son necesariamente personas que se hayan involucrado tradicionalmente en la vida política.

Su movimiento es no violento. Hoy vienen a “ayudar” a sus vecinos, a sus clientes o a sus compañeros de trabajo. Mineápolis es una ciudad “pequeña”, con poco más de 400.000 habitantes, frente a los ocho millones de Nueva York. Para ellos, hay algo personal en todo esto.

A nivel nacional, la ciudad vuelve a aparecer como un punto de inflexión en la política de Estados Unidos. Tras calificar falsamente a Renee Good y Alex Pretti de “terroristas”, la Administración Trump ha dado marcha atrás. El presidente pide ahora una “pequeña desescalada” y ha destituido a Gregory Bovino, hasta ahora al frente de las operaciones del ICE, incluidas las de Mineápolis. Ni siquiera el vicepresidente, J. D. Vance, habla ya públicamente de la “inmunidad absoluta” concedida al ICE.

Pero en Mineápolis, el cambio de retórica en las más altas esferas del Estado no convence a nadie. No se ha abierto ninguna investigación penal contra los agentes del ICE implicados en las muertes de Good o Pretti. Las autoridades federales han apartado a los investigadores de Minnesota de ambos casos.

Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Donald Trump, sigue en su puesto. Y Tom Homan, sucesor de Bovino al frente de las operaciones sobre el terreno, prometió en rueda de prensa este miércoles que “pronto se hará justicia” contra quienes se movilizaron en los grupos de Signal y Whatsapp para, según él, “atacar” a los agentes del ICE.

“¿Todo esto es peligroso? No lo sé”, responde a Mediapart la enfermera repartidora. “Yo ya tengo una edad, mis hijos son mayores. Tengo menos que perder. Y además, no se puede pensar en eso [en la muerte, ndr]. Hay que separar las cosas”.

Este martes, las temperaturas en Mineápolis rondan los 15° bajo cero. Hace tanto frío fuera que incluso la tinta de los bolígrafos acaba congelándose. En un comercio de la zona, Antonio (ficticio), inmigrante mexicano, ha preparado café para que la enfermera y todos los demás entren en calor. “Hacen tanto por nosotros que también tenemos que ayudarles.”  Antonio es uno de los invisibles. “Quiero participar”, confiesa a Mediapart en español.

Una regularización justa frente al ICE

“Cuando puedo, busco información. O coordino algunas entregas. También recojo alimentos”. Su hermano fue detenido por el ICE en la ciudad, en diciembre. Durante tres semanas, Antonio no tuvo noticias de él. Él tampoco tiene papeles. La Administración le dice que es un delincuente, pero “por primera vez en [su] vida”, gracias a sus vecinos, a la enfermera y a todos los demás, “entiende lo que significa ser querido por los americanos”.

 

Traducción de Miguel López

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