Momentos de autocrítica e inteligencia

Eduardo Vazquez Martul

Los continuos conflictos políticos que atraviesa este país están afectando a la ciudadanía de forma peligrosa y preocupante. Lo hemos sufrido con todos los graves desastres desde la pandemia del COVID, pasando por la lava destructora del volcán, riadas trágicas de Valencia, incendios que desertizan España... y ahora Ceuta. Se percibe un enfrentamiento, visceral más que racional, entre una oposición en el bloque conservador que se inclina peligrosamente hacia su extremo peligroso, VOX. Es una tendencia mundial que nos debería preocupar, porque el mal de muchos no solo puede ser consuelo de tontos, sino un verdadero desastre. Vuelven los causantes de la última guerra mundial –ahora con un fascismo camuflado en un sionismo que se extiende como nueva fuerza mundial–. Como una película macabra se repite en Gaza, en Ucrania… sin olvidar Iraq, Sudán, Siria, Libia, o más recientemente Irán, Venezuela o Colombia. Todo está interconectado. Las fuerzas del mal anidan con facilidad en las mentes populistas y mediocres que quieren otra vez llevarnos a otro desastre mundial.

Son momentos en los que parece que el subcórtex, el hipotálamo manda. España también sufre una contaminación de esta peste mundial. El miedo, la principal arma del franquismo, aún merodea en el ambiente en este país que teme a realizar verdaderos cambios y no tímidas reformas. Se respira cierto miedo a una oposición conservadora infectada por una ultraderecha envalentonada –otra vez la sombra del fascismo– que arrastra al PP al reino de las tinieblas y ancla de nuevo a España a un pasado oscuro. No hay oposición, ni debate, a un gobierno elegido democráticamente, por el contrario, solo existe el discurso del perdedor que pensaba ganar. Feijóo hizo suyo el cuento de la lechera; el cántaro se rompió y es incapaz de asumirlo. Escogió el mal camino, haciendo suya aquella aberración de que “cuanto peor, mejor”...

El miedo, la principal arma del franquismo, aún merodea en el ambiente en este país

En una irresponsable táctica, jaleada por hooligans o súbditos, utiliza a instituciones sagradas en una democracia, como el Senado, los jueces o las autonomías no tanto para construir diálogos u oposición constructiva, sino para derribar al contrario. Las autonomías –proclaman– son de su propiedad, y no de los madrileños, gallegos, castellanos, valencianos, murcianos, extremeños, andaluces o ceutíes. Actúan irresponsablemente como gobiernos opositores al ejecutivo central y no como gestores de sus comunidades. Los volcanes, la gota fría, incendios, la mala gestión sanitaria, o la invasión reciente de Ceuta, es por culpa del gobierno central. Están dando la razón al principal crítico de la Autonomías, VOX, su hijo putativo, que defiende acabar con ellas. Su peligrosa política enfrenta nacionalidades históricas contra autonomías en vez de saber gestionar o prevenir desastres, quizás porque como mediocres gestores gastan más que producen. Predican la unidad de España, pero incitan a que España se separe y se polarice en una eterna situación que lastra a este país.

Enfrentan o desvirtúan instituciones tan importantes como el Senado, que no actúa como cámara de representación precisamente de las autonomías, para convertirlo en cámara de oposición al Gobierno central. En vez de apagar fuegos echan gasolina. Pero atención, son momentos en que los que tienen responsabilidades en la gobernación del país resuelvan problemas y no vayan a remolque de las crisis como está pasando en Ceuta. Estos tiempos exigen políticas audaces e inteligentes para taponar ese ambiente de desastre nacional que vocifera la otra España. Los que portan la bandera del progresismo deberán hacerse autocrítica.

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Eduardo Vázquez Martul es socio de infoLibre.

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