El que pueda deshacer, que deshaga
Cuando un ciudadano insulta, puede ser una falta de educación. Cuando lo hace una persona que ocupa una alta responsabilidad política, el problema es mayor. Y cuando una presidenta autonómica utiliza una expresión como "hijo de puta" para dirigirse al presidente del Gobierno, deberíamos preguntarnos qué mensaje estamos transmitiendo.
No se trata de impedir la crítica. La democracia necesita oposición, debate y discrepancia. Pero una cosa es la crítica política y otra convertir el insulto en una forma habitual de hacer política.
Si normalizamos determinados comportamientos en las más altas instituciones, ¿con qué autoridad podremos pedir después a nuestros jóvenes respeto hacia sus profesores, compañeros o cualquier otra persona?
Las palabras importan. Y quienes tienen responsabilidades públicas deberían ser los primeros en saberlo.
Desde hace tiempo vivimos una escalada de crispación en la que el adversario político parece haber dejado de ser alguien que piensa diferente para convertirse, en ocasiones, en alguien al que hay que destruir.
Por eso, al recordar aquellas palabras de José María Aznar, "el que pueda hacer, que haga", me surge una respuesta: el que pueda deshacer, que deshaga. Nosotros también tenemos poder. Y ese poder se llama voto.
Porque España no pertenece a ningún partido. España pertenece a sus ciudadanos. Y entre ellos están millones de trabajadores, pensionistas y familias que han visto mejorar sus condiciones de vida gracias a determinadas políticas progresistas.
Podemos discutir sobre la eficacia de cada medida, pero no deberíamos olvidar algo esencial: las decisiones políticas afectan directamente a la vida de las personas.
Durante gobiernos del Partido Popular se produjeron graves tragedias como el Prestige, el Yak-42, la guerra de Irak, la gestión política posterior al 11-M o el accidente ferroviario de Santiago
Sin embargo, mientras la derecha suele cerrar filas en torno a su proyecto político, incluso en momentos difíciles, la izquierda parece demasiado empeñada en dividirse.
La crítica es necesaria, también dentro de la izquierda. Pero una cosa es exigir coherencia y otra convertir al PSOE en el principal enemigo de quienes comparten buena parte de los valores progresistas.
Conviene, además, hacer memoria.
Durante gobiernos del Partido Popular se produjeron graves tragedias y crisis como el Prestige, el Yak-42, la guerra de Irak, la gestión política posterior al 11-M, el accidente del Metro de Valencia o el accidente ferroviario de Santiago. Y si hablamos de corrupción, nombres como Gürtel, Bárcenas, Púnica, Lezo o Taula forman ya parte de nuestra historia política.
La pregunta es inevitable: ¿cuántos dirigentes relevantes del PP realizaron una crítica pública y contundente contra su propio partido?
La autocrítica parece exigirse siempre a unos y mucho menos a otros.
Hoy se dice que el Gobierno está debilitado. Puede ser. Todos los gobiernos sufren desgaste, errores y crisis. Pero tampoco podemos olvidar que este Ejecutivo ha tenido que enfrentarse a una pandemia, una crisis energética, una guerra en Europa y un escenario internacional extraordinariamente complejo.
La democracia necesita una oposición fuerte, pero no necesita odio. Necesita crítica, pero no insultos. Y necesita una izquierda capaz de debatir sin destruirse.
Los ciudadanos de a pie quizá no tengamos grandes medios de comunicación ni poder económico. Pero conservamos una herramienta que, cuando se utiliza colectivamente, puede cambiar el rumbo de un país.
El voto.
Por eso, frente a quienes parecen decir "el que pueda hacer, que haga", mi respuesta es sencilla: el que pueda deshacer, que deshaga. Pero que no olvide que, cuando los ciudadanos se unen, también pueden mover montañas. Y en democracia, ese poder tiene un nombre: el voto.
___________________________
Francisca Ferrer es socia de infoLibre.