Congelar óvulos o el coste de la vida Ángela Rodríguez Pam
Empiezo el curso, como imagino que les está ocurriendo a muchos compatriotas, con un sentimiento de desazón. Los sucesos de Ceuta me producen una inquietud que no se aplaca. Con una doble razón: de una parte, la gestión de lo acontecido, de otra la inhumanidad cada vez más patente que se ha dejado ver.
Me referiré muy sucintamente a ese primer factor, la acción del Gobierno. Escuchaba este lunes en la Cadena SER al presidente Pedro Sánchez y, entendiendo que desde que inició su mandato no ha salido de una crisis para entrar en otra, me producen malestar algunos aspectos poco aclarados –quizás porque no se puedan explicitar, no lo sé–. De aquí destaco los balones fuera que se perciben cuando se habla de un batiburrillo de hackers, de rusos, de enfrentamiento con Israel por Gaza o la poca gracia que le hacemos a Trump por no admitir algunas de sus exigencias. De acuerdo con que ese fondo existe, del mismo modo que es verdad que el CNI y otros servicios de información españoles dirigen sus esfuerzos al asunto del terrorismo en el Sahel, prioritariamente.
Sí, y, precisamente por esto, es muy difícil asumir que la entrada masiva de personas no fuera detectada en una frontera tan fiscalizada por aquellos motivos y así haberla frenado. Y en cuanto a la sentencia del Tribunal Supremo que se manipuló como bulo en las redes alauitas como argumento para una frontera “abierta”, no comprendo cómo los servicios del Estado no fueron capaces de comunicar, inmediatamente que se publicó, la realidad y el alcance veraz de tal resolución judicial para que nadie se hiciera vanas y falsas esperanzas. De nuevo el deber de informar por parte de aquellos y la comunicación oficial deja mucho que desear. El mensaje del presidente no ha cubierto las expectativas. No he percibido autocrítica y, desde luego, desde fuera, la sensación que esta crisis ha producido se resume con dos palabras: confrontación e imprevisión.
Ahora voy al otro tema, el que más me preocupa: la falta de empatía con el otro que se ha puesto de manifiesto.
El jueves 27 de agosto, un centenar de vecinos bloqueó durante media hora el convoy de Cruz Roja que se dirigía a repartir alimentos a los migrantes acampados en la playa del Trampolín, al grito de que la organización humanitaria es “una mafia”. Minutos después, parte del campamento improvisado ardió.
En los días previos se habían sucedido agresiones a periodistas, ataques a vecinos ceutíes de confesión musulmana —españoles, con pleno derecho a la ciudad que habitan desde generaciones— y el hostigamiento a comercios que atienden a personas migrantes. El propio Foro de Abogacía y Democracia ha ampliado su denuncia contra un dirigente de Vox en Ceuta por su papel en la escalada.
A ello se suma la coordinación, desde comienzos de agosto, de convocatorias en redes sociales —Telegram, Instagram, TikTok— para organizar nuevos cruces masivos, con un origen difuso que las propias autoridades europeas y marroquíes reconocen no haber podido esclarecer del todo, y sobre el que se ha apuntado, sin que exista aún constatación firme, una posible amplificación desde canales vinculados a intereses ajenos al conflicto bilateral.
Nada de esto ha impedido que la crisis se convirtiera, de inmediato, en munición electoral. El expresidente Aznar viajó a Ceuta a exigir el retorno del “orden”, en un lenguaje que evoca antiguas doctrinas de mano dura y que, según ha señalado la propia dirección del PSOE, incluyó una llamada a la ciudadanía a actuar frente al Gobierno. Llamada que algunos han querido leer como una incitación tan grave como para justificar que se pida en el Congreso la comparecencia de la directora del CNI. Así lo ha apuntado este fin de semana Alberto Núñez Feijóo que, así mismo, ha planteado el confinamiento de la población migrante ante un supuesto riesgo sanitario que la propia ministra de Sanidad calificó, con datos en la mano, de carente de todo respaldo científico.
Comunidades autónomas gobernadas por el PP se negaron a incluir en la agenda de la Conferencia Sectorial de Infancia un punto específico sobre la atención a los menores no acompañados. Vox, por su parte, ha hablado abiertamente de “invasión” y ha reclamado el cierre de fronteras y la movilización del Ejército contra población civil, buena parte de ella menor de edad.
Esto no es una diferencia legítima de políticas públicas sobre gestión migratoria, sobre la que caben —y deben caber— el debate y la discrepancia democrática. Esto es la utilización deliberada del sufrimiento ajeno como ariete electoral, en la antesala de una comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso el 3 de septiembre, y con unas elecciones que, como siempre, proyectan su sombra sobre cada declaración y cada visita mediática.
No puedo evitar que todas estas imágenes me vengan a la mente. Sobre todo, la de niños y de niñas, con miedo, en Ceuta, al albur del buen corazón de la ciudadanía y a la espera de lo que las autoridades decidan sobre su futuro con el rechazo de aquellas comunidades en las que manda VOX sobre estos temas, de la mano del PP. Me angustió la imagen de ese chaval marroquí de doce años lloroso, rogando al legionario que le acompañaba “Marruecos, no. Marruecos, no...” Al menos, sé ahora que un teniente coronel frenó la expulsión tras los avisos de algunos ciudadanos y que el niño está bajo la tutela de la Cruz Roja. Y agradezco con auténtico alivio la intervención de tantas mujeres de la ciudad autónoma que se han hecho cargo de las niñas que, solas y amedrentadas, no sabían cómo protegerse de tanto peligro que acecha a la infancia. Cuando escribo estas líneas se han registrado en Ceuta más de veinte agresiones sexuales a mujeres y a niñas migrantes.
Estos días siento vergüenza de pertenecer a un mundo occidental que observa sin inmutarse a colonos israelíes en Cisjordania, incendiando casas con sus habitantes palestinos dentro, como si no fuera con nosotros
Frente a tanta buena gente, capaz de amparar a los otros como si fueran propios, siento una especial aversión por los discursos de la derecha y la ultraderecha de nuestro país, desentendiéndose de estas criaturas, exigiendo su devolución a la nación de origen sin más paliativos. ¿Darán por hecho que las condiciones que viven estos menores allí son tan óptimas como las de sus propios hijos? El PP habita un mundo de fantasía en que los migrantes, personas que han arriesgado su vida para alcanzar nuestras playas, tienen una existencia digna, agradable y justa allí donde no quieren regresar.
La forma de pensar de estos políticos es equiparable a la acción del presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella. El mandatario visitó una de las zonas más devastadas por el seísmo, que ha producido la muerte a cerca de 300 personas, y, desde su camioneta blindada, lanzó balones de fútbol con el eslogan “defensores de la patria”, el título de su partido. Un regalo así para una población que llora a sus seres queridos y no sabe cómo rehará su vida, es indicativo de un futuro desesperanzador.
Estos días siento vergüenza de pertenecer a un mundo occidental que observa sin inmutarse a colonos israelíes en Cisjordania, incendiando casas con sus habitantes palestinos dentro, como si no fuera con nosotros. El grosor de nuestra epidermis es superior a la de mil rinocerontes juntos.
Relataba La Jornada que “en Qusra, los colonos rodearon las casas tras cortar el suministro de agua y electricidad, en lo que grupos de derechos humanos denuncian como un intento de apoderarse de más tierras. En Al-Tuba, los colonos incendiaron viviendas la noche del miércoles 5 de agosto, en lo que los residentes describieron como un ataque no provocado”. El rotativo mexicano ponía en valor las palabras del Papa León XIV desde El Vaticano, el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virge, pidiendo el fin de la violencia contra los palestinos en la Cisjordania ocupada y promoviendo la solución, cada vez más imposible, de los dos estados para lograr una paz justa y duradera.
Frente a este reclamo pleno de santa indignación del pontífice, frente a la buena voluntad de las gentes de Ceuta, frente a la decisión del Gobierno de España de atender a los migrantes aplicando los derechos humanos, otras voces incitan a levantar el animal salvaje que subyace en las ideologías neofascistas, las cuales asoman peligrosamente intentando arrastrarnos a simas de devastación.
Me refiero, y lo habrán imaginado, a la barbarie que encarna el ministro de Seguridad Nacional israelí, el ultraderechista Itamar Ben Gvir, quien llamó públicamente al asesinato de entre “30 y 40 personas” cada noche en Gaza. “No deberían vivir. Ni siquiera son personas”, aseveró.
No puedo evitar tampoco, pensando en Gaza, recordar el boicot a la ayuda humanitaria para los habitantes de la franja que, con absoluta impunidad, realizaron los israelitas. Y hacer el paralelismo de esa acción contra la Cruz Roja en Ceuta, sin duda inspirada por la misma falta de escrúpulos o por un ánimo mimético con quienes manejan el mundo.
En este mes ya concluido en que, en España, la población huyó del calor intentando refrescarse en la playa o en la montaña, todo lo que acontece parece lejano e imposible. Cada día se agrandan más las orejeras que nos autoimponemos para esquivar ser testigos de lo que les está ocurriendo a otros seres como nosotros.
Dejamos pasar la noticia como una más, dado el conflicto que Estados Unidos ha formado en Irán. El Jefe del Estado Mayor iraní ha ofrecido una recompensa de 30.000 dólares para quien mate o capture a un soldado estadounidense caso de que se produzca una violación del territorio. Si fuera una mujer quien llevara a cabo tal acción, la suma se duplicaría.
Así están las cosas. Entre tanto, Occidente calla ante una epidemia de ébola en la República del Congo que ya ha registrado 5.794 casos confirmados, incluidas 2.786 muertes, y se está propagando a una velocidad sin precedentes, más rápido que los esfuerzos por rastrearlo y frenarlo. En mayo, la OMS declaró la emergencia de salud pública internacional pero el virus avanza implacable.
Imaginen las condiciones sanitarias allí, en un país con un conflicto bélico que ha originado un millón de desplazados. ¿Creen que el mundo se preocupará por estas personas? Con los antecedentes relatados, es muy dudosa una reacción para ayudar a los congoleños. Siempre que no haya de por medio un beneficio económico claro y directo, la orquesta internacional que cada vez se rige más por la batuta de Estados Unidos seguirá con sus sonidos desafinados, con sus ecos bélicos dirigidos a intereses concretos y su falta de empatía. Pero no toman en consideración que las epidemias no entienden de fronteras.
En esa línea, Donald Trump va ampliando su influencia en América Latina con herramientas políticas y militares. Ya son siete los candidatos afines al presidente republicano que han obtenido victorias en sus respectivos países, convirtiendo el mapa de la región en una mancha extensa de ultraderecha que revierte las libertades adquiridas. Y, con la excusa de combatir el narcotráfico, sus incursiones son cada vez más habituales y agresivas en naciones cuya soberanía pasa por alto.
El veterano presidente progresista Luis Inazio Lula da Silva iniciaba así este fin de semana su nueva campaña electoral: “Me preguntan por qué quiero un cuarto mandato. Porque, mientras esté vivo, no voy a permitir que la derecha regrese.”
“Brasil y México resisten a Trump y a las derechas latinoamericanas”, titulaba el diario El País el pasado día 16. El diario refería que ante una ofensiva plena de Trump para consolidar su dominio “sea con una cumbre con aliados militares en Panamá y didácticos vídeos sobre la doctrina Donroe, la tutela de Venezuela, castigos arancelarios u operaciones militares conjuntas con Ecuador o Colombia”, Brasil prepara la respuesta a Washington vía aranceles.
En cuanto a México, la presidenta Claudia Sheinbaum juega a todas las cartas posibles para manejar la situación, preservando el país de los intentos de injerencia estadounidense, mantener una economía muy ligada a la norteamericana y la amenaza arancelaria. Sin olvidar los episodios que afectan a mexicanos detenidos por el ICE de Trump detenciones que se han cobrado cerca de veinte fallecimientos bajo la custodia de este denominado servicio de inmigración y control de aduanas.
Leo con pesar que, en Connecticut, Estados Unidos, al inicio del curso escolar, hay auténtico terror a llevar a los niños a las paradas del bus que los conduce al colegio. Porque una vez que los pequeños suben al vehículo, el ICE detiene a sus padres, al punto de que el miedo ha provocado la bajada de las matriculaciones de estudiantes hispanos.
Una policía de tintes xenófobos y racistas, envidia sin duda de líderes ultraderechistas europeos que ya hacen sus pinitos planteando la deportación de los migrantes a terceros países, o vinculan la migración con las agresiones sexuales. No anda lejos de tal idea la presidenta de la Comunidad de Madrid, emulando a un Santiago Abascal que no necesita decir nada porque aquella y Núñez Feijóo compiten para ser más próximos a los postulados que VOX proclama.
Sí. Efectivamente, estoy —y la gente de bien deberíamos estar— muy inquieto ante lo que estamos viviendo: en Ceuta, en las calles de Norteamérica, en Cisjordania o en mis admirados países de Latinoamérica, que revierten el progreso hacia vivencias que creíamos pasadas.
Es la constancia de que cabalgamos desbocados hacia la deshumanización. Allí nos quieren arrastrar. No debemos cerrar los ojos, porque la responsabilidad es nuestra.
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Baltasar Garzón es jurista y autor, entre otros libros, de 'La democracia amenazada. Cuando el fascismo ataca la convivencia' (editado por Planeta).
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