Ceuta en clave de seguridad

De todos los imaginables, el escenario de un choque militar directo entre España y Marruecos —sea por Ceuta, Melilla o cualquiera de los territorios españoles en el norte de África— es el más improbable. Conviene, por tanto, descartar esa posibilidad como resultado de la crisis que actualmente está sufriendo Ceuta. En todo caso, al margen de que siempre sea necesario contar con planes de contingencia por si algo así sucede contra toda lógica, es obvio que actualmente, además de una crisis humanitaria y una crisis migratoria, la entrada masiva de decenas de miles de personas supone una crisis de seguridad a la que España debe hacer frente.

Así lo reconoció el propio presidente del Gobierno español apenas dos días después de la avalancha humana, al calificar lo ocurrido como una “invasión”; mientras que en otras ocasiones ha hablado de “ataque”. Lo que sorprende, sin embargo, es que esas declaraciones no fueran seguidas de inmediato de la convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional, de la declaración de “situación de interés para la seguridad” y del nombramiento de un mando único para responder a esa triple crisis y coordinar la labor de los múltiples actores llamados a implicarse en el esfuerzo por recuperar la normalidad y neutralizar la amenaza. Algo que no ocurrió hasta 26 días después de los graves acontecimientos vividos en Ceuta, sin que el Gobierno haya dado el paso de declarar en ningún momento el estado de alarma o de excepción por considerar que bastan los medios ordinarios de la administración para gestionar los problemas causados.

Eso significa, en primer lugar, que el Gobierno ha sido extremadamente lento en la respuesta, tanto en relación con la situación dentro de la ciudad como a la hora de identificar al atacante. Como era previsible ante la dimensión de la avalancha —contabilizando al menos tantas personas como habitantes tiene Ceuta—, el paso de los días ha ido generando situaciones de creciente tensión, con esporádicos (pero cada vez más frecuentes) estallidos violentos, incluso contra miembros del ejército y de las fuerzas de seguridad. No se ha logrado, por tanto, evitar que la inseguridad ciudadana haya aumentado y que la población ceutí se sienta lógicamente asustada, sabiendo que cada día que pase no hace más que elevarse el riesgo de sucesos más graves.

Es insostenible seguir calificando la relación bilateral como idílica y a Marruecos como un socio fiable que colabora plenamente desde el primer momento en resolver la situación

En paralelo, se ha ido difuminando esa inicial imagen de ataque e invasión, con el añadido de un obstinado empeño en exculpar a Marruecos de lo que solo puede considerarse una acción híbrida. Cierto es que necesitamos la colaboración de Rabat para aliviar la presión humana generada por los miles de personas en situación tan precaria que todavía se encuentran en la ciudad; pero, a la luz de los hechos y las declaraciones de altos responsables del gobierno marroquí, es insostenible seguir calificando la relación bilateral como idílica y a Marruecos como un socio fiable que colabora plenamente desde el primer momento en resolver la situación.

No es fiable un socio que, tras lo sucedido, aprovecha para intensificar las declaraciones soberanistas que consideran a Ceuta y Melilla como ciudades ocupadas, sin que eso lleve ni siquiera a convocar a la embajadora marroquí, ni tampoco cabe olvidar que la colaboración de Rabat fue inexistente para prevenir la entrada y lo sigue siendo al rechazar la devolución de las decenas de cadáveres ahogados en aguas españolas. Un socio embarcado en una guerra híbrida con acciones que se desarrollan por debajo del umbral militar, que calcula que ninguna de ellas va a propiciar una respuesta en fuerza por parte de España, por una parte busca ir creando una sensación generalizada de insostenibilidad de Ceuta y Melilla como ciudades españolas, desmoralizando a su población y creando dudas en otros gobiernos sobre la legitimidad de sus reivindicaciones. Por otra, alimenta la fragmentación de las fuerzas políticas nacionales ante un tema que debería ser asunto de Estado y hasta de la Unión Europea, incapaz de mostrar unidad y solidaridad con uno de sus miembros cuando una frontera exterior de la Unión ha sido violentada de este modo.

En definitiva, la tardanza y tibieza en la respuesta y la insistencia en exculpar a Marruecos no hacen más que angustiar a la población ceutí y al resto de españoles, y dar alas a un vecino que sigue convencido de que puede aumentar la apuesta sin tener que asumir ningún coste relevante. Veremos qué ocurre en breve, entre otros asuntos delicados, con el intento ya conocido de lograr el control del tráfico aéreo sobre el Sahara Occidental —hoy gestionado desde Las Palmas de Gran Canarias—, o de hacerse con las aguas en las que se localiza el monte Tropic (volcán submarino en pleno Atlántico, rico en minerales críticos).

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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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