¿De qué es síntoma Ceuta? La cerveza cruel de Marcos de Quinto
Todo esto ya lo sabemos; todo esto ya lo hemos vivido. La agresión, cuando adopta el comportamiento de horda, tiene predilección por concentrarse en los más débiles de la cadena trófica. Peor aún: la confluencia entre tecnociencia, crueldad y cobardía frente a los más débiles no ha hecho más que exacerbarse.
El recurso a la violencia callejera ha sido típico de los movimientos fascistas. Durante los años trágicos de la República de Weimar, las bandas paramilitares nazis recorrían las calles apaleando a comunistas, socialistas, anarquistas y judíos. Lo mismo hacían los squadristi italianos. Pero la genealogía de la maldad es extensa: antes, entre muchos otros, estuvieron los pogromos de Europa del Este, así como mucho antes la Inquisición y la expulsión de los moriscos. Y después, las dictaduras latinoamericanas y la limpieza étnica en los Balcanes; ahora, Gaza. ¿Y mañana?
Los medios de masas digitales han aportado una dimensión nueva a la barbarie: una acelerada y frívola trasmisión en vivo y en directo, su conversión en espectáculo grotesco. Marcos de Quinto convoca a un carnaval de yates, con una cerveza en la mano, para hacer frente a una supuesta invasión de jóvenes semidesnudos, hambrientos y sedientos, mientras otra parte de la jauría impide que les lleguen alimentos. La crueldad y la cobardía no tienen pudor.
La maldad sionista en Gaza ha sentado cátedra, y de ella se deriva un aprendizaje triste: desvelar la crueldad y mostrar a los crueles no sirve para detenerlos en el momento ni para evitar su repetición en el futuro. Existe una disociación entre la publicitación de la barbarie y su evitación, lo que debilita en grado máximo la memoria y el aprendizaje colectivo como sustento de una pedagogía de la tolerancia democrática.
En realidad, Ceuta muestra con horror que ninguna barbarie histórica ha significado un revulsivo ni ha generado inmunidad permanente en el cuerpo social
Ceuta es el síntoma de muchas cosas. En un sentido histórico amplio, es una más de las muchas negaciones de la idea buenista de que la humanidad avanza desde un pasado malo hacia un futuro bueno, "desde la oscuridad hacia la luz". Niega, otra vez, los supuestos de la conciencia euroatlántica hegemónica, que se veía a sí misma como la culminación del proyecto civilizatorio humano.
Ceuta es otra expresión de la descomposición final de las derechas que, en España y en todo el mundo, abandonan, una vez más, su débil ropaje liberal, democrático y cosmopolita, y adoptan su identidad más reaccionaria, jerárquica, chauvinista y sádica. Un patético Aznar, entre otros, así lo muestra. Al mismo tiempo, es expresión de la impotencia democrática para enfrentar la barbarie.
Ceuta expresa la brutal división ética que producen los totalitarismos en la sociedad. Los agresores saben que cuentan con el apoyo activo y pasivo de una parte importante de la población española. Y por eso reutilizan la misma energía sádica con se desplegó contra los inmigrantes en Torre Pacheco. Por eso es posible la cerveza cruel de Marcos de Quinto.
En realidad, Ceuta muestra con horror que ninguna barbarie histórica ha significado un revulsivo ni ha generado inmunidad permanente en el cuerpo social. Ha sucedido y puede volver a suceder. Después de Auschwitz y del exterminio de la Segunda Guerra Mundial, no han desaparecido las matanzas; más bien, se han sofisticado y han cambiado de escenarios y de actores. Hitler no fue una simple anomalía incómoda. Su programa asesino reaparece insistentemente, más o menos camuflado, en muchos lugares del planeta.
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Adolfo Estrella es socio de infoLibre.