‘Carmina o revienta’: entre la idiosincrasia andaluza y los nuevos ritmos digitales

Carmina Barrios protagoniza 'Carmina o revienta'.

Era bastante improbable que, de los más de nueve millones de espectadores que vieron Ocho apellidos vascos en la primavera de 2014, una porción mayoritaria conociera de antes a los Compadres. Esta comedia inmensamente exitosa debía estar sirviendo de catapulta para el dúo Alfonso Sánchez-Alberto López, introducidos como alegres escuderos del protagonista que encarnaba Dani Rovira. Salvo que no era así exactamente. Más bien, Ocho apellidos vascos se hacía eco de otro fenómeno previo, que sí sabrían reconocer unos cuantos espectadores, después de todo.

Del mismo modo que los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José provenían de un fenómeno tan vasco como ¡Vaya semanita!, Sánchez y López enlazaban con un proyecto ferozmente andaluz. Sevillano, para más señas. Los atractivos localistas se cruzarían en Ocho apellidos vascos para terminar de asegurar una jugada infalible a efectos industriales, mucho más global de lo que nunca habrían esperado los Compadres, pues ellos ni siquiera habían empezado en la tele como Cobeaga y San José, sino en YouTube, y habían tenido su puesta de largo cinematográfica dos años antes, en una histórica edición del Festival de Málaga. Nunca antes, alrededor de este certamen, había brillado así el acento sureño, la libre expresión de la idiosincrasia local.

El festival de 2012 antecedió por semanas el laureado estreno de Grupo 7, thriller policíaco de Alberto Rodríguez que se ambientaba en la Sevilla de finales de los 80 y contaba, asimismo, con los Compadres en pequeños papeles, quienes, a su vez, venían de competir en Málaga con su primer largometraje. El mundo es nuestro estaba dirigida por Sánchez y expandía sus cortos de YouTube, retomando a los personajes del Cabeza y el Culebra como unos raterillos cuyo asalto a un banco de Triana se convertía en un circo mediático a medio camino de Tarde de perros y La estanquera de Vallecas. Siendo como era un proyecto larvado en Internet, El mundo es nuestro había precisado de una campaña de micromecenazgo fundamentada en los fans, recaudando unos 600.000 euros.

“Apadrina a un tieso”, se llamó este pionero crowdfunding. Y El mundo es nuestro se proyectó en el certamen andaluz haciendo gala de una factura extremadamente humilde pero no, en absoluto, de un humor para conversos: el detallismo con el que abordaba la cultura sevillana resultaba de lo más simpático, y su contextualización con la crisis económica de entonces podía conectar con espectadores fuera de YouTube o de Andalucía. El mundo es nuestro arremetía contra un constructo nacional que dentro del mainstream español había acostumbrado a asfixiar particularidades, acaso participando de una tendencia floreciente pues, en ese mismo festival, había triunfado otra película baratísima ambientada inequívocamente en Sevilla: Carmina o revienta.

La revolución de Carmina Barrios

El debut en el largometraje de Paco León también le hacía, como en el caso de El mundo es nuestro a La estanquera de Vallecas, un guiño al cine quinqui. Aunque aquí era más nominal que otra cosa, remitiéndose a El Lute: Camina o revienta como estrategia preventiva para celebrar la personalidad desbordante de Carmina Barrios, la madre del cineasta, que ganaría el premio a Mejor actriz en Málaga —junto al Premio Especial del Jurado y el Premio del Público— básicamente por interpretarse a sí misma. Porque Carmina o revienta se anclaba en la tradición del falso documental.

Tal era su estrategia para espolear la comedia. Y, en principio, parecía un paso lógico para León, ya sobradamente conocido por interpretar al Luisma en una exitosa sitcom, Aída, que también mostraba un interés notable por acercarse a las vivencias de los barrios obreros. Carmina o revienta, sin embargo, buscaba un enfoque más naturalista, rechazando que el humor se fraguara en ritmos televisivos para encomendarse al ingenio espontáneo de Carmina Barrios (así como María León, su hija también en la vida real, y su marido ficticio, Paco Casaus). Se trataba de una empresa arriesgada, pero León no edificaba sobre el vacío. Carmina o revienta, a su modo, estaba tan influenciada por la estética de Internet como lo estaba El mundo es nuestro.

A cada tanto, resurge en redes sociales un vídeo donde un individuo, entrevistado por un reportero de Canal Sur, muestra un comportamiento excéntrico rematado con un hilarante “que me quedo sin comer”. Y, a cada tanto, alguien debe aclarar que no es un vídeo real, sino una escena de El mundo es nuestro. La confusión es posible gracias a la habilidad de los Compadres emulando retransmisiones televisivas pero, sobre todo, a una intuitiva experiencia con las formas del mockumentary que habían traído diversas expresiones de la comedia reciente. Tanto desde la televisión —las dos versiones de The Office en los 2000—, como a través de formatos solo posibles gracias a la red —caso de Qué vida más triste, webserie convertida en 2008 en una recordada producción de La Sexta—.

Tanto los Compadres como Paco León participaban de un lenguaje cambiante al compás de un Internet juvenil y democrático, proclive a creaciones de bajo coste y apoyadas por públicos tan entusiastas como concentrados. A ellos se encomendaban estos nuevos narradores, que incluso en el caso de León podían no solo modificar el desarrollo tradicional de los proyectos, sino atentar contra sus modelos de distribución. Hoy, Carmina o revienta se recuerda sobre todo por haber tenido un estreno simultáneo en cines, DVD y plataformas digitales. Antes de que alguien oyera hablar de Netflix en España, y cuando ni siquiera esta había empezado a desarrollar contenidos propios, Carmina o revienta estuvo disponible en un pequeño servicio de suscripción llamado Filmin.

Y no fue mal negocio. León presumió incluso de que su madre había “conseguido más en la lucha contra la piratería que la Ley Sinde”, si bien lo más interesante de Carmina o revienta residía en su propuesta cómica: en la sofisticación (o falta de ella) con la que se hacía eco de la ambigüedad ontológica del falso documental, combinándolo ahora con las humildades de este paradigma digital de derribo, y la honesta exploración de los resortes de determinada identidad cultural. La andaluza, claro. La sevillanidad, que León halló especialmente proclive a dialogar con las contradicciones del formato. El carácter sevillano parece inseparable de la noción de performance, de una personalidad que gana estridencia al contacto con otras y que, por tanto, al desenrollarse frente a la cámara podría ofrecer un espectáculo realmente... ¿problemático?

¿Es Carmina Barrios realmente así, o solo se está magnificando ella misma frente a la cámara? ¿Cuánto hay de escrito y cuánto de improvisado? Y, lo que haya sido improvisado, ¿sería más verdadero que el guion original? Son dudas irresolubles, atrapadas en una contradicción andante que sintetiza a la perfección el personaje de Paco Casaus: “La vida es tan bonita que parece de verdad”. Una frase que pondría en suspenso el valor categórico de la “verdad”, sea lo que sea eso.

El cine después de Carmina Barrios

Estas inquietudes no se limitaron a Carmina o revienta dentro de la filmografía de León como director. Este año, sin ir más lejos, estrenó una película de Aída que bien puede considerarse una continuación natural de su debut a la hora de tensar los límites entre realidad y ficción, proponiendo con Aída y vuelta otro vehículo donde engarzar chistes rápidos con reflexiones de mayor calado. Fue más lejos en ese sentido que con la secuela directa de Carmina o revienta, que llegó en 2014 volviendo a presumir de personalidad —“Yo no miento nunca, cuando miento se convierte en verdad”, aseguraba la protagonista—, pero no así de interés por seguir haciéndose preguntas.

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El desaliño de Carmina o revienta, con sus formas deglutidas del documental, iba a tener un pábulo absoluto en la evolución de Internet —sus jump cuts, cortes que eliminan un fragmento dentro de una toma continua, son hoy día una herramienta básica para vídeos de redes sociales—, y quizá no tanto por el ingenio de León como por su arraigo poderosamente coyuntural, corriendo a exprimir cosas que ya estaban en el aire. Igualmente, su valentía creativa fue dejada de lado en Carmina y amén, en favor de una narrativa más convencional que dejaba intuir una veloz domesticación. Y esto antes de que sus compañeros de travesía, los Compadres, vivieran algo parecido.

Ocho apellidos vascos no solo echó a perder las posibilidades de una "Nueva Comedia Española" tras No controles, también cogió la exaltación de la diferencia de ¡Vaya semanita! y El mundo es nuestro para recombinarla en una única y masiva propuesta, llegando a iniciar una curiosa guerra de acentos entre Mediaset y Atresmedia. A la vez que la primera exprimía tan intensamente Ocho apellidos vascos como para agotar todo su potencial cómico en tiempo récord (en la secuela inmediata Ocho apellidos catalanes), Atresmedia respondía con una serie del mismo patrón, Ahí abajo, protagonizada tanto por las protagonistas de Carmina o revienta como por los Compadres.

Quienes, desde El mundo es nuestro, no han dudado en explotar ellos mismos el fenómeno, acometiendo dos secuelas desde entonces: El mundo es vuestro y El mundo es suyo. Dos comedias que ya no encabezan el Culebra y el Cabeza, sino dos señoritos sevillanos con patillas de hacha que representan involuntariamente el escaso empuje que mantiene la fórmula. Poco quedaría hoy, entonces, de la energía silvestre desatada en 2012, aunque a cada tanto es posible toparse con herederos tardíos. Ahí está Muchos hijos, un mono y un castillo, de 2019. Este, sí, es un documental de verdad, pero lo firmó otro cineasta encandilado con la personalidad de su madre, Gustavo Salmerón. Y no hay candidata más válida que Julita para recoger el legado de Carmina Barrios y de una determinada autenticidad que es más verdadera cuanto más falsa parece. O algo así.

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