El encanto navideño de ‘No controles’ y la tragedia de Borja Cobeaga

Julián López y Unax Ugalde en 'No controles'.

A lo largo de los primeros 2000 la etiqueta “Nueva comedia americana” se convirtió en un cajón de sastre. En él cabía cualquier cosa. Cualquier película, cualquier incipiente talento cómico de EEUU, aunque desde luego vino bien que parte de estos surgieran a la vez, engrosando algo parecido a una generación. Los cineastas Judd Apatow y Paul Feig, por ejemplo. Intérpretes como Seth Rogen, Jason Segel y James Franco. Como todos ellos pasaron por una misma serie de culto de finales de los 90, se suele catalogar Freaks and Geeks como la cantera de la "Nueva comedia americana". Ahí habría empezado todo. También una nueva forma de entender el humor.

Es complejo definirla a partir de Freaks and Geeks o sumergiéndonos en las trayectorias, tan dispares, de sus integrantes, pero acaso pudiera postularse una atención prominente y melancólica a la inmadurez masculina. Combinada esta con arrebatos dramáticos y falta de temor a lo específico, pues se asume que las referencias culturales construyen personajes y relaciones. De esta forma, y amparándonos en cómo Freaks and Geeks empleó la nostalgia ochentera de los institutos adolescentes para modular su estética, hallaríamos algo parecido en España. Otro formato televisivo, estrenado justo el año en que La gran aventura de Mortadelo y Filemón articulaba una posible y estridente vanguardia de la risa... y agotaba todas sus posibilidades ahí mismo.

Frente al delirio de Javier Fesser, el influjo de Vaya semanita ha durado bastante más, por suerte. También el de otro programa, La hora chanante (a partir de 2002, un año antes de Vaya semanita). En ambos conglomerados de sketches hallamos fuertes equivalencias con Freaks and Geeks: la creciente cercanía de su comedia con lo extraño, las especificidades trocadas en localismos (Vaya semanita en Euskadi, La hora chanante en Albacete). La dupla que nos interesa, Borja Cobeaga y Diego San José, había empezado a trabajar entretanto en Vaya semanita, aunque entonces no tenían espacio para desarrollar personajes y preocuparse tragicómicamente de sus destinos. Pero todo se andaría.

A finales de la década, cuando el toque Apatow había explotado del todo en EEUU, ya había gente impaciente en España por seguir su senda. En 2009, Cobeaga dirigió y coescribió con San José Pagafantas. Y, poco después, doblaron la apuesta con la que hoy por hoy supondría, indudablemente, la cima de la "Nueva comedia española". En caso de que hayamos tenido realmente de eso.

La llegada meteórica de Juancarlitros

No controles se estrenó una vez Pagafantas había tenido una acogida generalmente positiva, apreciándose que los creadores de Vaya semanita hubieran intentado traducir la comedia tan estimulante que se estaba produciendo en EEUU. No es que, por lo demás y vista hoy, se trate de la mejor expresión del estilo, tan desaliñada y prematuramente vieja —el machismo que late en los términos “pagafantas” o su pariente friendzone— como desaliñados y prematuramente viejos no dejaban de ser, en realidad, títulos inaugurales desde EEUU estilo Virgen a los 40 o Lío embarazoso. Las cimas, por definición, tardan en alcanzarse, y del mismo modo que hubo que esperar un poco para tener joyas como Supersalidos o Paso de ti, hubo que aguardar a 2011 para No controles.

Que es, defenderemos, la máxima refinación de lo que buscaban Cobeaga y San José. Una comedia romántica de manual, como ya había sido Pagafantas, empeñada en hacer malabares con su equipaje de referencias. Sucedía entonces que el esquema de No controles ya no solo remitía a los hombres con síndrome de Peter Pan del cine de Apatow, sino que las simpatías foráneas iban más atrás en el tiempo, hasta los años 80 que ya había exprimido Freaks and Geeks. No controles participaba, por decirlo así, de una nostalgia que no era suya, volviendo sobre el esquema de un clásico como Mejor solo que mal acompañado para plantarnos a un tipo desorientado (Steve Martin, ahora Unax Ugalde) que, en vísperas de Acción de Gracias (o Nochevieja) y deseando volver con su familia (aquí su exnovia), se topa con un aliado de lo más irritante, John Candy. Aquí, un Julián López recién catapultado a la fama por La hora chanante y su secuela, Muchachada Nui.

Cobeaga y San José homenajeaban, en resumidas cuentas, el cine de John Hughes, en una jugada interesante pues tuvo ecos inmediatos —de la estupenda Promoción fantasma de Javier Ruiz Caldera, a la senda de El club de los cinco, que vio la luz al año siguiente—, sobre todo por el difícil equilibrio que entablaba con elementos puramente nacionales. Si bien el Sergio de Ugalde parecía una criatura apátrida, no ocurría lo mismo con el Juancarlitros de López.

Este personaje apasionante servía tanto para explicitar el frikismo de sus creadores —“Esto es La jungla de cristal del amor”, le espetaba a Ugalde al comienzo de la película, en torno a ese motel de carretera navideño donde trataría de reunir a los amantes—, como para corresponder a una tradición muy nuestra, la del cuentachistes casposo. Las gracietas de cinta de gasolinera, reforzadas por juegos de palabras infames —“¿Cómo andamios?”— y, en el marco concreto del film, una incomodidad que confirmaba el arraigo español del llamado “posthumor”. Algo que ya habrá tiempo de examinar, ciñámonos por ahora a la definición del crítico Jordi Costa: un “humor que fracasa”.

Aunque Juancarlitros no fracasaba, exactamente. De hecho, el trabajo de López fue tan icónico como para poder toparnos años más tarde con una réplica infantil: Rodrigo Gibaja, con su propio mullet, en Voy a pasármelo bien. En lo que respecta a No controles, Juancarlitros era la cara visible de una compenetración humorística entre lo hollywoodiense —una comedia romántica que se permitía ser sofisticada— y lo patrio, que también podía rastrearse en el ámbito musical. La contundente angustia amorosa de Los Planetas guiaba, a través de su tema Segundo premio, los créditos iniciales, mientras que la conexión entre Sergio y Bea (Alexandra Jiménez al borde de ser un rostro central en la comedia comercial que venía) se cifraba en compartir música nostálgica frente al piano.

Música que podía ser la de jingles publicitarios o, sin ir más lejos, el tema de Olé Olé que daba título a la película, sirviendo de espaldarazo final para la inmensa satisfacción que deparaba No controles. Un film sólido, divertidísimo, que sabía extraer toda la grandeza emocional del género como si España dispusiera de una tradición propia, y no simplemente de unos cuantos guionistas espabilados (y muy cinéfilos). Contradiciendo levemente los postulados de la "Nueva comedia americana", No controles aseguraba que una cierta madurez era posible, que del mestizaje internacional podía salir algo valioso. Lo triste fue, entonces, cómo esta misma fórmula se acabó revelando traicionera poco tiempo después. Con los mismos Cobeaga y San José como cómplices.

El fin de la comedia

Es sumamente fácil señalar el final de la "Nueva comedia americana", más que nada porque en 2013 se estrenó una película titulada This is the end —Esto es el fin o, como lo tradujimos aquí, Juerga hasta el fin. El componente meta era insoslayable por cuanto teníamos a los principales rostros del movimiento (Seth Rogen, James Franco, Jonah Hill, Michael Cera) interpretándose a sí mismos, e involucrados en un apocalipsis como excusa para hablar del paso del tiempo y la inevitabilidad de separar caminos en función a los pálpitos creativos de cada cual. No es que, por lo demás, Cobeaga y San José se hayan separado (en 2025 crearon la serie Su Majestad), pero desde luego sí nos topamos con otro “final de algo” a mediados de la década pasada.

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Y es que las mismas estrategias de Pagafantas y No controles, en cuanto a la hibridación de referentes, fueron replicadas en Ocho apellidos vascos, escrita por Cobeaga y San José, cambiando las filias hollywoodienses por las europeas, a cuenta de esa Bienvenidos al norte que tanto éxito había tenido en Francia con la contraposición de las diferencias locales de sus habitantes. Había, por supuesto, mucho de Vaya semanita en los esfuerzos de los guionistas —como también lo había en Negociador, sombrío y fascinante film escrito por Cobeaga en solitario que irónicamente se estrenó el mismo año, 2014, que Ocho apellidos vascos—, pero sobre todo había una providencial afinidad con lo que justo quería ver entonces el público más masivo.

Como resultado, Ocho apellidos vascos sigue siendo a día de hoy la película más taquillera del cine español. Un terremoto absoluto cuyas consecuencias siguen rastreándose. No habría que desdeñar, sin embargo, lo positivo del asunto: estrenándose meses antes que la penosa Torrente: Operación Eurovegas, la escalofriante recaudación de la película dirigida por Emilio Martínez-Lázaro demostró que el modelo Segura estaba agotado y debía reinventarse, logrando en fin mantener al policía fascista alejado de la gran pantalla durante más de una década. Eso que nos llevamos, pero no menos cierto es que Ocho apellidos vascos instauró el molde de una comedia comercial mucho más plana y conservadora que el que pudiera hacer intuir No controles.

Esta comedia ha cambiado las interpretaciones desbocadas por el ritmo de la sitcom, la construcción meditada del gag por el chiste fácil y las mutaciones de la tradición española por la losa de lo rancio. A fuerza de que Ocho apellidos vascos incidiera en el choque estereotípico y los caracteres inmovilistas enfrentados, la fórmula que salió de ahí —y que el propio Cobeaga lamentaría más adelante— obliga a que la comedia patria, para ser comercial, esté protagonizada invariablemente por españolitos cuñaos. Una sucesión interminable de nuevos y trasnochados Juancarlitros, que siguen produciendo incomodidad sin que esta tenga ya ninguna gracia.

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