‘Mother Mary’: Anne Hathaway, estrella pop en una confusa reflexión sobre la creatividad

Michaela Coel y Anne Hathaway en 'Mother Mary'.

En la medida en que los macroconciertos son lo más grande y absurdo a lo que la industria cultural aspira hoy día, es normal que sus entresijos interesen cada vez más a los cineastas. No tanto por la relevancia mediática o la escala que demandan sino, quizá, por la ironía que los envuelve. Convocan multitudes, los estadios tiemblan con el furor fan y, sin embargo, la estrella queda atrapada en algo parecido a una burbuja. O, mejor, una isla. Una isla rodeada de gente que la adora, pero que no es capaz de comunicarse con ella, convertida en una masa informe de alaridos y pantallas de teléfonos móviles. Todas esas personas han sido cautivadas por la obra del artista —que en estos contextos suele ser una mujer—, pero el diálogo es poco menos que imposible.

La artista supone que su música habrá significado mucho para cada uno de esos rostros anónimos, acompañándolos en momentos vitales ignotos, y de forma tan determinante como para favorecer un desembolso económico crecientemente exagerado. Así que debe haber gratitud en todo ese horizonte oscuro, desde luego. También hay, sin embargo, algo intimidante en su ambigüedad, en las potencialidades que encierra, y es ahí cuando la épica de la estrella pop se antoja hoy mucho más elocuente que cuando eran las bandas y el rock levemente contracultural los que guiaban los sentidos de la época. Este otro tipo de música es, en fin, el que sigue acaparando los biopics de Hollywood, con un regusto inequívocamente añejo y el deseo de relanzar la impronta de sus artistas para, quizá, combatir justamente el arraigo de estas nuevas (y solitarias) voces contemporáneas.

Entretanto, otros cineastas, más jóvenes y espabilados que el James Mangold de turno, intuyen que hay algo valioso en estos contextos tan ridículamente aparatosos. En la Casita de Bad Bunny, en la boda de Taylor Swift en el Madison Square Garden. En el gigantismo que se da la mano con la frivolidad, la trágica ligazón entre la soledad vulnerable y el baño de masas. Energías tan fecundas como para que cada cual las pueda llevar donde quiera. Brady Corbet, antes de The Brutalist y en lo que podría ser el asalto definitivo al tema —no así el más comprendido—, se preguntó con Vox Lux por la posibilidad mesiánica: la capacidad ilimitada de una diva pop para significar y guiar fuerzas históricas que escapaban trágicamente a su control. Y daba miedo, bastante más que cuando Parker Finn quiso exprimir el horror que escondía tanta adulación en la secuela de Smile.

Ese mismo año, 2024, M. Night Shyamalan realizó el acercamiento más cándido al tema en La trampa, aun cuando su película estuviera protagonizada por un asesino en serie que se había llevado a su hija a un concierto de The Eras Tour. Le interesaba la conexión de la estrella con el público y el poder que esta podía llegar a tener, mas que aquello que pudiera pasarle a la popstar por la cabeza mientras enfervorizaba de tal modo a las masas. David Lowery, por su parte, lidia en Mother Mary con asuntos más complejos, pero igualmente pone en pantalla estampas muy hábiles con las que representar esta inopia extraordinaria. Reaparece la oscuridad, donde el brillo de los teléfonos parece proceder de estrellas distantes. Y Lowery enfoca a su cantante de perfil en el escenario, avanzando hacia la derecha en toma continua como quien ha de superar obstáculos. Como quien juega a un videojuego beat’em up, ese género apodado en España “yo contra el barrio”.

Yo contra el barrio. Sola contra todos. El aislamiento demanda una demostración de fuerza, que la protagonista del filme de Lowery intensifica —muy al modo de Natalie Portman en Vox Lux— con los ropajes de una figura religiosa: una Virgen María, una madre celestial que secretamente teme a sus hijos porque no los entiende. O, peor aún, porque no sabe si se merece esa reverencia. Partiendo de los estrafalarios temores de una voz artística a medio camino entre la explotación y la introspección, Lowery lo tiene fácil para llevárselo todo a su terreno. No deja de ser un cineasta de ínfulas elevadas que, de vez en cuando, ha tenido que “venderse”: ha firmado dos remakes en acción real para Disney. La misma cantidad que Jon Favreau, para que nos hagamos una idea.

La crisis de 'Mother Mary'

Así, Mother Mary vendría a ser una indagación en los resortes creativos una vez la persona que los necesita está sometida a una extenuante hipervisibilidad. Lowery se infiltra entre bambalinas y en el interior de un penoso proceso de indecisión artística, huyendo, por fortuna, de los alegatos de autoayuda estilo la película de Bruce Springsteen que vimos el año pasado, Deliver Me From Nowhere. Esta pertenecía, evidentemente, al linaje de los biopics que ya no saben leer la contemporaneidad. Mother Mary, en cambio, mira de frente el vacío, la confusión del artista cuando ya se ha convertido en un espectáculo en sí mismo, y lo hace sin interés alguno en perdonar a Mother Mary. Porque quien debería perdonarla es su antigua diseñadora, Sam Anselm.

La película de Lowery se articula a partir de la relación entre ambas, interpretadas por Anne Hathaway y Michaela Coel. El personaje de Hathaway está sufriendo una crisis cuya naturaleza se irá desvelando progresivamente y necesita la ayuda de aquella persona que le acompañó en los momentos más boyantes e ingenuos de su carrera. Fue alguien a quien despreció en el pasado y a quien ahora debe acercarse con total arrepentimiento. Así, el estudio de la creatividad que Lowery quiere desarrollar abandona el escenario para atender a quien nunca llegó a subirse a él. Al menos, en persona. Sam Anselm puso mucho de sí en los vestidos de Mother Mary. Esta estrella es una creación tan suya como de la abatida mujer a la que encarna Hathaway.

De ahí que los primeros compases de Mother Mary (los mejores, cuando Lowery experimenta con formas casi teatrales y las estiliza eficazmente a través de la música) se reduzcan a un diálogo cargado de reproches entre las dos mujeres. Sam reclama su parte de autoría sobre el fenómeno y reduce el talento de Mother Mary a una suerte de magia escénica para que la cantante, por toda respuesta y en una secuencia realmente memorable, pase a ejecutar la coreografía de uno de sus números… sin música. Los movimientos y jadeos espasmódicos que lanza entonces no solo nos muestran a una actriz que lo está dando todo —y es sin duda el trabajo de Hathaway, junto a la verborrea sardónica de Coel, lo más potente del filme—, sino también a un ser enajenado, cuya identidad puede confundirse en un fogonazo artístico que le dará a cada persona, cada testigo y cada feligrés, justo aquello que necesita sentir. Mientras ella misma, claro, no sabe exactamente cómo sentirse.

Seguramente porque cuando más atinadamente lo intuía era en conexión con su diseñadora; la cocreadora, en fin, de su imagen. La persona con la que, a diferencia de la muchedumbre que espera ahí fuera, podía dialogar. Mother Mary plantea entonces la creatividad desde un trabajo conjunto, matizando la figura solitaria iluminada por los focos, y a continuación decide que ese trabajo conjunto pasa por la gestión, asimismo conjunta, de la inspiración. Lo más misterioso, lo más inexplicable que existe. Es entonces cuando Mother Mary, tristemente, empieza a perder pie

La inspiración como fantasma

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El director, acaso por encontrarse ante su filme más personal, fuerza el rumbo hacia una de sus inquietudes recurrentes: los fantasmas. Y traza un puente metafórico entre ellos y el motor creativo de ambas protagonistas. El resultado no es desechable en absoluto. Tiene mucha gracia, de hecho, que las miradas de Mother Mary y Sam confluyan en un fantasma de color rojo, frente a las figuras de rutilante esmeralda que centraron Peter y el dragón o El caballero verde. Entonces, el color verde nos hablaba de la naturaleza y de un afán de trascendencia, mientras que el color rojo —que exhibe un amasijo de trapos asimismo remitente a A Ghost Story— ahora implica pasión y salvajismo. Algo que no se puede controlar, con lo que únicamente se puede negociar: la imaginación creativa

El problema es que, cuando Mother Mary empieza a seguir la estela de este peculiar fantasma —y se aleja de las intimidades de la estrella y Sam—, la película se sumerge en una deriva narrativa tan esotérica como bien pueden ser las fuerzas que guían la inspiración, sin el vértigo o la electricidad de estas. En su lugar tenemos minutos más bien aburridos y soluciones pueriles para que la película pueda abandonar el drama de cámara perdiéndose en los recuerdos de las protagonistas. Mother Mary sacrifica todo aquello que podría haberle convertido en una película emocionalmente satisfactoria —aun cuando el soundtrack a cargo de gente como Charli XCX, Jack Antonoff y FKA twigs nunca llegue a calar del todo— para encadenar fugas oníricas e insistir en las contradicciones de la figura del fantasma, obedeciendo más al capricho que a un desplazamiento orgánico.

Y todo se queda un poco en nada. En potencialidad, ideas y energías veladas que laten de principio a fin, atenazando la película de Lowery e impidiéndole en su parálisis ser todo lo iluminadora que podría haber sido, que por instantes logra ser. El misterio de la estrella pop es irresoluble porque es uno de los grandes misterios de nuestro tiempo y está bien que así sea, pero da pena que un director tan imaginativo como Lowery se haya quedado tan a medias solo por ensimismarse. Por dar la espalda al público desde un escenario enorme y vacío. 

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