‘Motor City’, un experimento espantosamente fallido entre el musical y la película de acción
Entre que Disney afrontara el proyecto más arriesgado de su carrera con Fantasia y que MTV estandarizara el videoclip musical pasaron cuatro décadas. De 1940 a 1981. No es que, desde luego, en todo este tiempo hubiera quedado suspendido el avance de los diálogos cine-música. El musical de Hollywood inspirado por Broadway se había ido sofisticando cada vez más, por ejemplo. Y antes de Video Killed the Radio Star habían ido surgiendo un puñado de piezas que, cada una a su manera, se preguntaban cómo realzar el talento de los músicos para impulsar su carrera musical. Pero ahí estaba justo la clave. Antes de la homogeneización de MTV, el eje ya se había invertido.
Así que, dejando de lado las diversas fases del musical como género —género, a fin de cuentas, más históricamente asentado en el teatro que en el manejo de las formas cinematográficas—, nos topamos con un rechazo frontal a lo que Walt Disney se había propuesto con Fantasia, pues pasamos a hablar de distintos objetivos de venta. Los videoclips quieren vender la música de los artistas utilizando la imagen. Los cortos que componían Fantasia, a cambio, querían vender la imagen en sí. El talento de los animadores. Una capacidad nunca lo bastante explorada de que su arte evolucionara al ritmo de la música, aprovechando la infinita maleabilidad de la animación para posibilitar experiencias estéticas imprevisibles. Sublimes, llegado el caso.
Todo era posible con la animación, y si Fantasia no hubiera fracasado quizá la trayectoria del medio habría sido distinta. Quizá, en lugar de asimilar convenciones narrativas para asentar comercialidad, se hubiera aferrado a lo intuitivo, y el diálogo hubiera podido prosperar más equitativamente. Por su parte la acción real (el audiovisual habitado por personas y no por dibujos) hubo de resignarse a este papel subsidiario si hablábamos de industria musical, y a breves instantes de armonía dentro del cine. Sergio Leone componiendo imágenes con la música de Ennio Morricone en mente. O Edgar Wright engrasando Baby Driver con su virtuosismo escénico y su melomanía.
Quizá sea Baby Driver, como ocurrencia desgajada de los caminos no tomados por el cine tras Fantasia, el título que más convenga tener en cuenta al arrimarse a Motor City. Baby Driver se erigía en la carrera de Wright como alegre coartada para reafirmar intereses expresivos: una patente de corso desde la que limitarse a explorar la acción estilizada por su música favorita. Con el montaje, los movimientos de cámara, el ritmo interno del plano. Un videoclip gigantesco cuyo soundtrack se fundamentaba en las filias del británico con irresistible personalidad: sin duda la intriga criminal era de lo más trasnochada —como lo es, vamos avisando, la de Motor City—, pero parecía deberse más al atolondramiento de haber escrito cualquier cosa en pos de agilizar trámites.
Pues el guion era lo de menos. Lo que importaba era jugar con imágenes y sonidos, entrelazándose
con un afán lúdico que amparaba la dulce combinación de gusto musical y talento cinematográfico. Que Motor City sea entonces una película tan fallida (tan irritante, espantosamente fallida) se debe a que ambos brillan por su ausencia. Empecemos por el gusto musical.
Jack White, el peor DJ de la historia
Dejando de lado la banda sonora incidental de Steve Jablonsky —flagrantemente plana, insistiendo en un crescendo emocional que no respalda ni su talento compositivo ni la escasa trama con la que estamos lidiando—, Motor City viene presumiendo de contar con Jack White, de los White Stripes, como “director musical”. Es decir, que cabría responsabilizarle a él de elegir las canciones no originales que pueblan la película. Cabría echarle la culpa a él de la selección más genérica del mundo y de una notable pereza a la hora de pensar qué debería sonar en una película de acción ambientada en el Detroit de los años 70. La respuesta es, evidentemente, canciones más o menos contemporáneas. Estando las susodichas en buena parte trilladísimas, sobadas a más no poder.
La playlist de White adolece de falta de curiosidad hasta el punto de que sus canciones no parecen venir de una escucha atenta, sino de haberse topado con ellas en otros films anteriores. David Bowie, Donna Summer, Fleetwood Mac o los Moody Blues desfilan por Motor City con sus temas más famosos, tan cargados de una memoria iconográfica propia como para que, al irrumpir en el film, no puedan expresar absolutamente nada. Una antología plastificada de Rock FM, que clama al cielo que se le haya ocurrido a un artista como White, en lugar de a un ejecutivo cualquiera que ha averiguado cómo montar de forma impactante el tráiler de una futura película de superhéroes.
Para engarzar música y cine hay que amar la música. Como hallazgo, como juego. Hay que sentir entusiasmo por la mezcla. Tener, en fin, buen gusto, y ya que aparentemente White carece de él —o no ha querido darle media vuelta al encargo—, el artefacto habría sido mínimamente digno si hubiera alguien con ganas de hacer cosas con la puesta en escena. Ninguno de los temas enumerados son malos, evidentemente. Si causan hastío es justo porque son muy buenos y muchos grandes cineastas se han querido servir de ellos antes. Sería absurdo pedirle entonces a Potsy Poncirolli, director de Motor City, que se mantuviera a la altura de Tarantino, Paul Thomas Anderson o James Gunn. Por citar a unos pocos directores que se hayan servido antes de estos temas.
Y no se lo vamos a pedir, desde luego. Pero tan clamorosa como la vaguería de White es la inacción de Poncirolli, la completa desorientación —o el completo desinterés, que nunca hay que descartar al evaluar todas las deficiencias de este film— a la hora de encabalgar de forma sugestiva la imagen con esta música para cuñados. La tragedia se veía venir desde el momento en que observamos los compases previos de la carrera de este director estadounidense, por otro lado. Old Henry y Fuera de la ley ya eran totalmente incapaces de sustraerse de la referencia. Entre el western y el humor negro de los Coen, los dos primeros films de Poncirolli representaban los extremos más vulgares de un posmodernismo tardío. Imágenes de saldo, reverberaciones conservadoras.
Old Henry y Fuera de la ley no tenían en definitiva nada genuino, pero al menos se quedaban lejos de la debacle de Motor City gracias simplemente a contar con guiones que, mejor que peor, pudieran reclamar nuestra atención. Nos distraían de la pobreza de las imágenes y los pensamientos, algo que Motor City es incapaz de hacer puesto que no hay guion digno de ese nombre. En su lugar hay una servilleta según la cual Alan Ritchson (el fortachón de Reacher) es un buen hombre al que tienden una trampa para alejarle de su amada (Shailene Woodley), y ansía salir de la cárcel para emprender acciones vengativas contra quienes le metieron ahí. Es una servilleta, en fin, incluso más misógina que Baby Driver, y tan simplona que carece de mérito que se sostenga sin diálogos.
Un silencio muy ruidoso
Porque sí, ese es el gran eslogan de Motor City. Que es una película casi enteramente muda, consagrada a la acción y guiada por la música de White y Jablonsky. Con lo que toda su capacidad de impacto descansa en la puesta en escena, y todo viene a depender de un director de tan escasas virtudes como Poncirolli. La discreta banda sonora busca entonces imágenes que estilizar y manipular, pero no encuentra nada. Aparte de la anemia narrativa a la que se ha limitado orgullosamente la servilleta (firmada por un tal Chad St. John de quien se nos asegura que tuvo el proyecto durante años dentro de la Black List, cual broma de pésimo gusto), Ponciroli es incapaz de diseñar estrategias u organizar secuencias de forma que algo brille o impacte.
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Lo más sencillo habría sido recurrir a un montaje así como impresionista para adecuarse al ritmo de cada canción —es, por otro lado, aquello que más pulió Wright—, pero Motor City lo descarta tanto como otras dialécticas más complejas, por ejemplo un contraste irónico propio de Tarantino y Scorsese. En realidad, las canciones inciden sobre la acción de Motor City como si fuera cualquier otra película. Linealmente, solo distinguiéndose porque acostumbran a sonar en toda su extensión pero incluso rigiéndose, a veces y de forma caprichosa, por imperativo de la diégesis. En otra muestra de lo arbitrario que es el mecanismo del film, los volúmenes suben y bajan como si los personajes escucharan los temas desde radios cercanas, según se mueven de un lado a otro.
Así que también la inmersión se pierde por ahí. Y no queda otra que afrontar Motor City en todo su vacío y, especialmente, toda su incompetencia. La sensación que impera es que la película es tan mala porque nadie ha querido entusiasmarse con lo que estaba haciendo: ni con la mezcla musical, ni con la acción violenta —totalmente contenida y arrítmica—, ni con la ambientación —¿para qué ceñir todo a Detroit como “ciudad del motor” si no se quiere hacer nada con su bagaje cultural?—, ni con una realización que resulta angustiosamente lenta y morosa, obligando a las imágenes a arrastrarse de espaldas a una música con la que ni quiere ni sabe dialogar.
Lo que viene siendo un desastre, en resumen. Cuando lidiamos con experimentos es normal toparse con fracasos, y que esos fracasos retengan cierta dignidad al haber querido ir más allá de lo esperable. No es el caso de Motor City porque nunca ha querido ir a ningún sitio, y porque lo único inesperado que alberga es que una escena con temazo incorporado sea lo más aburrido del mundo.