Eduardo Lago tras un cierto México

Cuaderno de México

Eduardo Lago

Firmamento (Salamanca, 2021)

A Eduardo Lago lo conocemos, sobre todo, como autor de una excelente novela, Llámame Brooklyn (2006), con la que obtuvo el Premio Nadal y el de la Crítica, de un puñado de ensayos y de sus entrevistas con algunos de los mejores escritores norteamericanos. He leído mucho de lo que ha publicado hasta la fecha en los diversos géneros que ha cultivado, pero solo lo he visto a distancia, pues me he cruzado con él en un par de ocasiones cerca del Monumentenbrücke, un puente de mi barrio en Berlín, que suele conocerse como die Rote Insel, la isla roja de Schöneberg, sin que me haya atrevido nunca a presentarle mis respetos.

La reedición de este título, su primera salida se produjo en el 2000, el mismo año que sus Cuentos dispersos, ahora enriquecido con un prólogo del autor, es una buena noticia para los interesados en los libros de viajes y para sus lectores. Se trata de un diario del periplo que lo llevó a Yucatán y Chiapas en julio de 1995, el mes en que Induráin ganó su quinto Tour, como el narrador recuerda. Siempre me ha interesado la literatura de viajes, adopte la forma que adopte. El autor nos confiesa que el viaje es para él "una experiencia emocional, intelectual y estética, es lo que da forma y sentido a la escritura" (página 20). Una de las peculiaridades de este libro estriba en que el autor se muestra crítico y desmitificador con la realidad, a la vez que se extasía en ocasiones ante el paisaje mexicano. Pero hay más, como veremos.

La identificación del autor con el narrador parece ser completa, como resulta habitual en el género, pero el trayecto lo hace acompañado por GB, a quien llama discretamente "mi compañera de viaje", y a quien le dedica el libro, pues fue ella la que lo alentó para que lo escribiera. Algo nos cuenta de su persona y de la relación que mantienen, aunque sabe a poco. En fin, se dice que es vasca, que ocupa el tiempo leyendo las aventuras de Maigret, sin mayores precisiones, o una novela de Guadalupe Loaeza, Compro, luego existo (1992), que desea ir de librerías o le apetece entrar en una iglesia, que se queja de la música estridente durante un viaje colectivo en una furgoneta, o que en un momento dado está de mal humor y tiene antojo de plátanos, que monta en cólera, se muestra iracunda o se irrita con las disputas que él mantiene con el camarero que los atiende. Pero, además, nos da cuenta de los sabores que prefiere, pudiendo resumirse en las siguientes líneas: "A lo largo de todo el viaje, mantuvo la singular costumbre de rechazar un restaurante tras otro, arguyendo que el menú se reducía a platos a base de aquella triste ave [pollo], para cuando por fin daba el visto bueno a algún refectorio, pedir la comida que llevaba horas rechazando, preferiblemente acompañada de una salsa bien picante" (páginas 110 y 111). Y, por último, recuerda el ataque de claustrofobia que sufre ella en la sala de espera del aeropuerto, antes de tomar el avión de vuelta. En fin, la gruñona y muy caprichosa GB, como la tacha Andrés Ibáñez en la reseña que le dedica a la primera edición del libro, compañera de viaje e interlocutora del narrador, parece servirle de contrapunto humorístico a su relato, aunque también él se muestre autocrítico.

Los avatares del viaje va anotándolos en un cuaderno, que más tarde reelabora para su publicación, siguiendo un mecanismo habitual del género, aunque esta vez transcurran tan solo unos pocos años entre la experiencia, la escritura y la salida del texto. El libro está bien escrito, sin que falten las resonancias de un léxico clásico, en ocasiones artificioso, cultista, y llama la atención que el lenguaje se contamine del castellano de México. Así, los zumos se convierten en licuados, las piscinas de los hoteles en albercas, el soborno en mordida, los comestibles en abarrotes, la confitería en dulcería, la furgoneta en una combi y los camareros en meseros, quizá con la intención de precisar la lengua del lugar donde se encuentra, adobando una atmósfera.

En la estela quizá de la idea de Perec, recogida en Especie de espacios, referencia regalo de Vila—Matas, quien define el acto de escribir como la voluntad de retener algo meticulosamente, llama la atención —en efecto— la precisión realista, el empeño casi notarial por consignar a menudo datos concretos: los nombres de los hoteles, el número de la habitación que ocupan, el día de la semana en que se encuentran, el tiempo que hace, la composición y la calidad de la comida o de los transportes públicos, los ruidos que genera la omnipresente música, el carácter de los mexicanos o la crítica a los turistas, especie siempre denostada, sin salvación posible. Y aunque Eduardo Lago se considera un turista, me parece que entre la figura del viajero, muy pocos lo son, y la del turista, hay un término medio, al que algunos nos gustaría acogernos, y al que creo que pertenece Eduardo Lago, a pesar de que cuando dice que explora la ciudad, quizá lo que esté haciendo sea recorrerla.

La comida merece un párrafo aparte, dado lo bien que comen casi siempre en este viaje. Valgan unos pocos ejemplos. Así, en un momento dado, el narrador se toma unas enchiladas suizas, "que resultaron exquisitas", aunque precisa que el descubrimiento culinario de esa noche fue un pollo en mole a la chiapaneca, con guarnición de arroz. Y aprovecha la ocasión para contarnos qué es el chile. Unas pocas páginas después rememora: "Almorzamos una fina de crema de Chayote, pollo adobado con achiote y una carne fresca mal llamada cecina. De postre un queso al estilo de Chihuahua que en sabor y textura recordaba al gallego de tetilla". Y así podríamos seguir hasta completar una página. Pero baste con saber que el narrador disfruta con lo que come pero no menos evocando la musicalidad de ciertas palabras (páginas 94, 101 y 102)

Se ocupa, además, de las creencias, leyendas, ritos y costumbres de los mayas, no sin cierta sorna, como cuando nos cuenta que "los curanderos propician a los dioses ofreciéndoles cocacola y pepsicola, antes de administrársela a sus pacientes. Los gases ayudan a expulsar las fetideces interiores, a arrojar a los espíritus endemoniados que han contaminado la sangre de los enfermos" (páginas 139 y 140). El viaje se cierra con la visita a la serranía de Chiapas, donde surgió el movimiento zapatista y se mantienen muy vivas las ancestrales tradiciones indígenas. Quizás el momento culminante, al respecto, sea la visita a San Juan Chamula, ventrículo del corazón de San Cristóbal de las Casas y epicentro de todo el viaje.

Eduardo Lago es un escritor consciente, como Vila—Matas, quizá lo sea demasiado, y algo más de soltura, espontaneidad y pasión, una escritura más desatada le proporcionaría aliento a la prosa. Por fortuna, en este Cuaderno de México, es donde se muestra más natural.

He dejado para el cierre, el comentario sobre un prólogo tan sugestivo como atípico, plagado de confesiones, que resulta ser un valor añadido al cuerpo del texto. En él, se ocupa de asuntos muy distintos, yendo más allá de la historia menuda del libro, aunque también trate de ello (páginas 21—25), puesto que el autor traza un primer esbozo de su biografía de escritor, confesándonos su amor por Nueva York, donde lleva viviendo más de treinta años, un idilio que parece tocar a su fin, pero también lo mucho que ha escrito y lo poco que —en comparación— ha publicado, de cómo se ha ido desprendiendo de su biblioteca, de la que nos proporciona interesantes detalles, así como de su trabajo de profesor en el Sarah Lawrence College, al que se refiere como Das Schloss, el Castillo, aunque quizá sería más adecuado llamarlo –sin salir del alemán— el Palacio.

Siendo todo lo que nos cuenta en el prólogo de sumo interés, quizá lo más relevante sea la relación que hace de alguno de los textos que tiene inéditos, desde una novela de tema artúrico, u otra para niños, a un puñado de cuentos, dos traducciones, o las muchas conversaciones ("las entrevistas son para mí unidades narrativas que se rigen por sus propias normas", afirma, página 20) que ha mantenido con escritores norteamericanos, que deberían editarse completas. Y la advertencia de que "el ADN de mi escritura está presente ya en Cuaderno de México" (página 22). Como en el conjunto del libro, despliega una cierta ironía, e incluso sarcasmo, y un humor constante que se agradece, incluyendo una cierta burla de sí mismo, como ocurre cuando se nos muestra de esta guisa: "Caía una lluvia fría. Yo llevaba puestas las sandalias de goma con adornos de tela indígena y el bañador de flores que se me había asignado en Playa del Carmen (…) Acabé embutido dentro de un pantalón de color verde loro" (páginas 120 y 121). Quizá por ello, algunos lectores ilustres, a los que alude, lo hayan considerado un libro divertido, aunque no nos parezca esa su condición esencial.

No quiero concluir esta reseña sin elogiar la aparición de esta nueva editorial, de la colección dirigida por Javier Vela, que en menos de dos años se ha hecho con una imagen atractiva y un prestigio sustentado en los buenos libros que viene publicando, sean de Carlos Edmundo de Ory, Julieta Pinto, Thomas de Quincey o José Antonio Ramos Sucre, por solo recordar mis preferidos, a los que hay que sumar el que ahora me ocupa. Y una modesta proposición para concluir: ¿por qué no convertir a Eduardo Lago en autor de la casa y publicarle, para empezar, las entrevistas a las que nos hemos referido? Las esperamos, junto con el resto de sus inéditos, con infinita curiosidad.

Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario. 

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