Javier Cercas: España, 'El País' y yo
El periódico de la democracia. Una historia personal de El País - Javier Cercas
Penguin Random House, Barcelona, 2026.
No he podido evitar leer este libro pensando en mi propia experiencia como observador de la realidad social, cultural, y como lector. A pesar de que Cercas es más joven que yo, contrastando mis vivencias con las suyas, me he dado cuenta de que algunas impresiones y recuerdos a veces coinciden y que, en otras ocasiones, difieren, como no podía ser de otro modo.
El caso es que ambos llegamos a Cataluña en las postrimerías del franquismo, procedentes de Extremadura y Andalucía, respectivamente: él se instaló en Gerona con su familia, y yo en Sant Cugat, como estudiante de Periodismo y Filología Española. Cursamos la misma licenciatura, Filosofía y Letras, en la misma universidad, con idénticos profesores (Francisco Rico, Alberto Blecua, Sergio Beser o José-Carlos Mainer, Carme Riera, Enric Sullà, Manuel Aznar...), compartiendo, una vez licenciados, amigos, actividades diversas (cenas, conversaciones interminables sobre esto y aquello, algunas copas de más...) y diría que una pasión semejante por la literatura. Después, tras volver de los Estados Unidos, acabó dejando la universidad de Gerona, donde era profesor, y se decantó por la creación literaria, en la que ha demostrado un gran talento que le ha proporcionado una trayectoria brillante, muy reconocida, tanto en España como en el extranjero, donde su obra ha sido traducida y premiada.
Por mi parte, yo me dediqué a la enseñanza, al estudio de la historia literaria y a la crítica de actualidad, con más o menos fortuna. El caso es que cuando murió Franco, empezó la Transición y se fundó El País, Cercas era un joven inquieto, mientras que yo andaba por la mitad de la licenciatura. He leído, creo, toda la obra de Javier Cercas, numerosas entrevistas, así como diversos estudios académicos y críticas de actualidad. En alguna ocasión, he señalado que prefiero sus crónicas, artículos y relatos más ensayísticos que sus ficciones, aunque sin desdeñar por ello estas, ni mucho menos.
Pero centrémonos en el libro que ahora nos ocupa. Siendo su título y subtítulo suficientemente claros, diría que el volumen nos da más de lo que anuncia, pues no solo nos proporciona una historia sucinta de El País, sino que traza la historia de su vinculación con el diario y de lo que este ha podido significar, con sus correspondientes cambios, a lo largo de estos últimos 50 años, tanto para los lectores como para él mismo.
Para quien quiera entender al Cercas escritor, al narrador y al colaborador de prensa, este libro resulta clarificador. Insiste, con razón, en que no ha sido, ni es, periodista: en el octavo capítulo lo repite hasta en ocho ocasiones. Pero también nos recuerda que antes de escribir en El País, había colaborado en el Diari de Barcelona y en El Observador. Aun aceptando semejante precisión, debe decirse, valga la obviedad, que escribir artículos también es una forma de hacer periodismo. Cercas reflexiona sobre la relación entre sus artículos y sus novelas, así como sobre las semejanzas y diferencias entre el columnismo y la literatura. Se ha convertido en un lugar común, se afirma con excesiva alegría, que el periodismo es también literatura. Quienes lo dicen deben de frecuentar bien poco los periódicos, tener la manga muy ancha o no ser capaces de apreciar lo que es la literatura, la buena literatura. Que lo que publica un periódico pueda tener las hechuras de lo literario es indudable (Manuel Vicent, Juan José Millás, Carlos Boyero o Leila Guerriero serían buenos ejemplos de ello, en el mismo diario en que escribe Cercas), pero de ahí a afirmar que todo lo sea, hay un abismo. Ha habido autores de artículos, cuya literatura está en su narrativa de ficción o en su poesía, pero cuyas columnas son meras opiniones, prosa funcional sin voluntad de estilo alguna. No se trata de minusvalorarlos, sino de recordar que supone otra modalidad de la escritura, con objetivos distintos. En fin, esto resulta tan obvio que da un poco de vergüenza tener que recordarlo.
El libro de Cercas se compone de 15 breves capítulos y una sucinta “Nota personal del autor”, donde cita sus fuentes, entre las que echo de menos el libro de Mercedes Cabrera sobre Jesús de Polanco, o el que coordinó sobre José Ortega Spottorno, así como el volumen de Maruja Torres, muy crítico con Moreno, el director que la echó del diario. En la cubierta, aparece una célebre foto de César Lucas, que puede valer como metáfora de las nuevas ilusiones que trajo consigo la Transición, período —en mi opinión— mal entendido y peor valorado por una parte de la izquierda española. La cita inicial de Flaubert, de una de sus cartas a Louise Colet, escrita en 1852, nos alerta sobre los peligros que conlleva vivir en una torre de marfil.
El libro arranca con una inocentada y una premonición de Sofía, hermana del autor, motivo que reaparece al final. Cercas nos recuerda, en síntesis, la historia del periódico, cuyo primer número se publicó el 4 de mayo de 1976, por lo que acaba de cumplir 50 años. Esas celebraciones deben de estar en el origen del libro. Insiste en su importancia a lo largo de estas décadas, mientras se hace las mismas preguntas que otros nos hemos hecho, sobre si ha mantenido su valor e independencia; en mi opinión, ha venido diluyéndose con los años, por no hablar de ceses por edadismo o de la asunción de cuotas de género entre los colaboradores, cuya presencia, en demasiados casos, resulta difícil de justificar, como ocurrió en los casos de las despedidas de Julio Llamazares o Manuel Rivas. Se pregunta Cercas también por el apoyo al gobierno de Pedro Sánchez, y concluye con un sí pero no... Con todas las excepciones que se quieran (Cercas sería una de ellas; Javier Marías, otra…), percibimos una defensa acrítica del diario (“El País actual es superior al de entonces, que los periodistas escriben mejor y que están mejor informados”, p. 96), y lo dice alguien que no ha dejado de leerlo desde su fundación, que es suscriptor, y que ha sido colaborador tanto de la edición catalana como de la nacional.
Me alegra, por otra parte, que el primer nombre que cita Cercas sea el de Fernando Savater, que reaparece en otras ocasiones, como una de las estrellas del periódico, hasta que lo echaron... Pero me pregunto: ¿un periódico entre liberal y socialdemócrata, que se dice independiente, acaso no podía soportar los artículos de Savater, opinara lo que opinara? ¿Había que prescindir de Julio Llamazares y de Manuel Rivas, entre otros, para contratar a articulistas más jóvenes, de distinto sexo (la necesidad de contratar a “chicas jóvenes”, es la expresión que usaron para justificar el cese), aunque en algún caso sus artículos dejaran mucho que desear? En otros, en cambio, las incorporaciones han sido un acierto: Ana Iris Simón, Najat El Hachmi, Carmen Domingo o Daniel Gascón, por solo citar unos pocos nombres de articulistas, chicos y chicas, jóvenes y maduritos, que se salen de la fila. A los que podríamos sumar los nombres de Juan Gabriel Vásquez y Leonardo Padura.
Recuerda Cercas que los jóvenes periodistas de El País acabaron imponiéndose a sus propietarios, para lo que contaron, añadiría yo, con la complicidad de los lectores. Esta batalla terminó con la aprobación del Estatuto de la Redacción en 1983. En suma, El País fue el periódico más importante del posfranquismo, de la Transición, y lo ha seguido siendo, aunque ahora compartiendo su importancia con otros diarios, que debe leer quien quiera enterarse bien de cómo anda el país y el mundo. Valgan como ejemplo los corresponsales de La Vanguardia. Que El País y el PSOE, al principio, siguieran trayectorias paralelas y a menudo confluyentes pudo ser bueno para la incipiente democracia española, pero con el paso del tiempo creo que ha dejado de serlo.
Cercas se detiene en analizar el papel que desempeñó el diario en fechas importantes, como el 23 de febrero de 1981, con el intento de golpe de estado encabezado por Tejero, aunque no estoy de acuerdo cuando denuncia “la casi nula reacción de la ciudadanía contra el golpe” (p. 39), pues mucha gente salió a la calle en todas las ciudades de España, en defensa de la democracia. Quizá la consecuencia de todo ello, en los años que siguieron, fuera la revalorización de la figura de Suárez (denostada por todos, diría que sin excepción, los que nos considerábamos de izquierdas), a lo que creo que contribuyó no poco Anatomía de un instante (2009), obra que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa.
A lo largo del libro, el autor se hace preguntas que a los lectores les resultarán interesantes, como, por ejemplo, hasta qué punto ha influido el diario en él y en su generación. Por mi parte, diría que mucho, aunque creo que, con el paso de los años, esa influencia ha ido mermando. E incluso se plantea, en el momento que lo contratan como columnista, cómo se escribe una columna. Martínez Roig le comenta, ante sus lógicas dudas, que “una columna trata sobre lo que te apetece y se escribe como te apetece” (p. 86). Sí, pero para que interese a los lectores tiene que estar escrita con talento, capacidad de síntesis y ciertas dosis de valentía y verdad. En el capítulo 9 nos cuenta por qué escribe columnas, e incluso confiesa que muchas de ellas las piensa durante sus carreras matinales (p. 89). También nos habla del papel que desempeña la ironía, cómo la concibe.
De El País, a lo largo de los años, me ha interesado, sobre todo, el trabajo de sus periodistas y colaboradores (me gustaban más F. Ayala, Haro Tecglen, Juan Benet, Sánchez Ferlosio, Savater, Vargas Llosa, Javier Marías, Muñoz Molina y Julio Llamazares, que Umbral o algunos de los articulistas actuales que cubren cuotas, para cumplir con lo políticamente correcto, o son meros voceros del gobierno actual), así como sus páginas de cultura y el suplemento cultural, aunque han ido perdiendo fuelle e interés con el paso del tiempo. Por su parte, Javier Pradera, siendo muy importante, permaneció en la sombra. Recuerda Cercas el apoyo de Ceberio al columnismo, desde 1993; y con cariño, que comparto, el papel que desempeñó Agustí Fancelli, que murió en el 2013, en la edición catalana del diario. Reconoce que sus Relatos orales (1999) fueron un antecedente de Soldados de Salamina (2001), así como la importancia del comentario que le dedicó Vargas Llosa a Soldados de Salamina, que tanto contribuyó a su éxito (p. 57); pero no creo que la consagración de Patria, la novela de Fernando Aramburu, se deba a El País (p. 62), aunque la reseña de Mainer y el artículo de Vargas Llosa debieron suponer un buen empujón, sino, más bien, al boca a boca de los lectores, al Premio de la Crítica y al Nacional de Narrativa, y, sobre todo, a la capacidad del autor para contarnos una tragedia contemporánea, el sufrimiento de las víctimas, la conducta abyecta de los agresores, en términos literariamente lúcidos y verosímiles.
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Que el capítulo 13 sea un elogio del debate, del intercambio de ideas diferentes; o que se confiese partidario del socialismo democrático es algo que sabíamos quienes lo hemos leído. Que sus ídolos sean Kafka y Borges, y sus maestros Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar y Cabrera Infante, suena de lo más atinado y lógico, aunque me sorprende que —siguiendo el mal ejemplo de Vila-Matas— no figure entre ellos ningún escritor español.
Estemos de acuerdo o no con él, y a menudo comparto sus impresiones, Cercas tiene el don de la amenidad, así como la capacidad de analizar los hechos con lucidez e independencia de criterio; algo infrecuente en un país en que el periodismo cada vez se muestra más sectario, aunque como él mismo reconoce, a propósito del diario, la independencia total no existe, aun cuando haya que luchar, empeñarse, tender a ella como sea.
*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.