Los microrrelatos de Dolores Campos-Herrero

Dolores Campos-Herrero.

Dolores Campos-Herrero

La obra de la periodista y escritora Dolores Campos-Herrero (1954-2007) ha sido elegida para conmemorar el Día de las Letras Canarias 2022. Para ello, el Gobierno de Canarias ha reeditado los poemas que componen El libro de las horas y los días (2022, con prólogo de Santiago Gil), y distintas instituciones de la región, entre ellas la Universidad de La Laguna, han organizado un seminario para estudiar y difundir su obra.

Nació en Tenerife, pero gran parte de su vida transcurrió en Las Palmas, donde trabajó en el diario Canarias 7 y como corresponsal de El País. Fue, además, guionista de televisión (trabajó en RTVE desde 1987 hasta su fallecimiento), dramaturga, poeta, narradora, autora de cuentos y microrrelatos, cultivando también la literatura infantil. Con Azalea (1993) ganó el Premio Atlántico de Literatura Infantil. Formó parte de lo que se ha dado en llamar la generación del silencio, que se manifestó en los años ochenta del pasado siglo. Se estrenó como poeta con el libro Chanel número 5 (1985) y como narradora con Daiquiri y otros cuentos (1988). Y aunque en varios de sus libros aparecen microrrelatos, es en Ficciones mínimas (Ediciones Idea, 2007) y en Breverías (2008) donde se centra más en el género. En su libro Historias de Arcadia y otros cuentos (2017) tienen una antología del conjunto de su obra narrativa; y en Otros domingos (Baile del Sol, 2003. Prólogo de Ángel Sánchez), una recopilación de su poesía, con numerosos inéditos.

Para quienes quieran saber más de la periodista y escritora, pueden ver este vídeo o escuchar este audio de RNE.

A pesar de su constante dedicación al género del microrrelato, creo que su obra ha sido muy poco conocida en el resto de España. Su lectura muestra que la autora conocía bien el género (cita a Augusto Monterroso, a José María Merino y a Ana María Shua, e incluso a uno de sus más destacados estudiosos, como era David Lagmanovich), pero también sus mecanismos y posibilidades, tales como el empleo de las series, aquí damos una muestra sobre el motivo de la brujería, las dificultades de la denominada hiperbrevedad, de la que no resulta fácil salir airoso, el motivo del espejo o la utilización de los móviles, en la estela de los articuentos de Juan José Millás. El último texto que incluimos cabría entenderlo como una relectura certera de los crímenes ejemplares, de Max Aub, con los que dialoga de forma intertextual, un procedimiento que no resulta infrecuente en sus relatos. Su estilo oscila entre lo irónico y lo sentencioso, lo que se echa de ver en la misma disposición del texto en párrafos breves, contundentes, y no rehúsa al recurso del final sorprendente, si bien contenido, según suele ser habitual en estas composiciones narrativas. Su prosa cuidada nos advierte de su otra vocación como poeta. No queremos dejar de constatar que sin la ayuda de Nicolás Melini no podríamos haber compuesto esta colaboración.

El fatídico número trece 

Nací un día trece y esa circunstancia me ha marcado. Por eso fui siempre una niña flaca y medrosa. Una niña de ojos grandes sin apenas sangre corriéndole por las venas. Una pazguata que miraba fijamente a todo lo que no se movía.

A veces me quedaba tan absorta con un tocinillo de cielo entre las manos que finalmente me comían las moscas.

Mi madrina era una tía lejana un poco tacaña. Una solterona podrida de dinero que finalmente no me dejó un duro. Murió el día que yo cumplía trece.

Si multiplicamos trece por cuatro nos da una edad que pronunciar no quiero. Fue en ese momento cuando me detectaron una de esas enfermedades de diagnóstico y curación difícil. Ya por entonces huía de los trece, de los martes y de los hombres. Trece años menos que yo tenía el saxofonista que me rompió el corazón. El caradura que se las ingenió para imitar mi firma y dejarme en la calle.

Esta es mi historia. Sean generosos cuando les tienda la mano. Cuando me vean pedir una moneda, por caridad, una moneda, frente al convento de las dominicas.

Siempre allí. Justo en el número trece de la calle del Árbol Verde.

 

La casa de la playa

Había vivido tantos años tierra adentro que la nostalgia del mar se había convertido en uno de esos males de fácil diagnóstico. Cuando decidió comprarse aquella casa en la playa era la típica chica de ciudad, de sandalias y pantalones vaqueros.

Qué bien dormía con el ruido de las olas como si fueran una blanda almohada. Ven, parecían decirle aquellas voces de sal. Y las noches de marea alta, se revolvía inquieta en la cama. Ven, ven, ven, danzaban sus piernas.

Y después se despertaba siempre con aquel ruido de escamas y de viejos anzuelos.

 

Fui bruja posesa

Tras la sentencia

Dijeron que los hechos quedaban probados y, por todo aquello, el furioso prior la condenó a la hoguera.

Ardía por el bien de su alma.

Mientras se oían sus terribles aullidos, no pudo aquel hombre tan casto dejar de soñar con la mujer desnuda.

Confesión

Confieso que di en caer en eso de la brujería por culpa del mar de amores. Me miraba y obraba en mí tal clase de embrujo que yo olvidaba los rezos y la fe de Nuestro Señor que murió en la cruz.

Deseaba entonces aquellas hogueras del infierno, que no eran calderas oscuras sino caricias y deliciosos pellizcos.

Me abrasaban pero no quemaban. Sígueme, me dijo, y alcanzarás el cielo.

Juro por todos los santos que cuando hizo estas promesas, no me mentía.

Ignorancia

Nos resultaban incomprensibles las palabras de los inquisidores.

Mientras las decían no fuimos capaces de comprender qué significaban.

Por eso, tal vez, no llegamos a arrepentirnos como debíamos.

 

Pequeños defectos

No soy de las que guardan rencor y tampoco sé si lo mío es bondad o falta de memoria.

Me aburre encastillarme en esos sentimientos tan enfebrecidos que el sinperdón implica.

Poseo un temperamento plácido y mucha voluntad para el optimismo. Cuando tropiezo, siempre me levanto.

Si de lo que se trata es de sentarse a evocar el pasado, tengo telarañas en los ojos.

— No hay que mirar nunca hacia atrás. Esa es la clave — recuerdan mis amigos que dije en ocasiones tristes.

Si se hiciera una encuesta sobre mi persona, la mayoría me definiría como una chica de sonrisa fácil, dispuesta a dejarse complacer en cualquier momento. Dócil, de buena fama, de las que no abandonan fácilmente los caminos rectos.

Pero el destino me la puso delante.

Ella me lo había quitado todo y el recuerdo, cuando vino, llegó como una marea roja.

A mi favor tengo que siempre he sido una conductora pésima.

 

* Procedencia de los textos: Dolores Campos-Herrero, 'Historias de Arcadia y otros cuentos', Ediciones La Palma, 2017. Prólogo de Santiago Gil. Edición de Nicolás Melini. 

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