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Poesía doméstica

Antonio De Pablos García

El principio del vuelo

Arturo Tendero

Editorial Páramo (Valladolid, 2022)

El principio del vuelo es otro de los títulos sugerentes con los que Arturo Tendero (Albacete, 1961) acostumbra a encabezar sus poemarios. Antes vinieron Adelántate a toda despedida, sacado de un verso de Rilke, Memoria del visionario, Cosas que apenas pasan, Alguien queda y El otro ser. Títulos que valdrían también para encabezar novelas, pero que en su caso lo que hacen es contar la novela de la vida de quien los escribió. El vuelo que refiere en este libro puede ser tanto el estremecimiento que produce el poema cuando funciona, como la descripción de las leyes que favorecen que cualquier objeto volador despegue. A Tendero el título le sirve, de paso, para rendir homenaje a su colega y amigo Antonio Cabrera, que era también ornitólogo y que falleció en tristes circunstancias.

La poesía, al ser un género pegado a las emociones, siempre tiene un componente importante de biografía. En el caso de Tendero la biografía es literal porque es un poeta narrativo, es decir que sus poemas cuentan una historia, y lo que cuentan está extraído directamente de la cotidianeidad, de la vida diaria, de la familia, los hijos, el mundo que lo rodea. Lo cuenta con un lenguaje llano, con ritmo y sin adornos. Es un poeta doméstico. Pero, ojo, no confundamos doméstico con aburrido. Como a Tendero le gusta recordar, en las pequeñas cosas que hacemos cada día hay tanta complejidad como en el rincón más recóndito del cosmos. Solo que no nos detenemos a examinarlas con el microscopio.

De lo que se trata es de salvar los momentos que nos pasan inadvertidos por el imperativo de la prisa o la rutina, y que sin embargo contienen una carga de emoción significativa, que se va a acumulando y nos afecta, sin que la detectemos. Por eso, en los poemas de Arturo Tendero a veces parece que no pasa nada y, sin embargo, seguimos leyéndolos fascinados por la pura sencillez de lo que cuentan, porque lo que cuentan nos resulta absolutamente familiar, nos está ocurriendo con él porque ya nos estaba ocurriendo antes a nosotros.

El principio del vuelo condensa las señas de identidad de Tendero y al mismo tiempo reúne distintas fases de su crecimiento como escritor, ya que ha introducido en estas páginas poemas que se le fueron quedando fuera de los libros sucesivos por razones diversas, como que no los consideraba terminados o porque eran demasiado parecidos a otros que ya estaban incluidos. Así, dentro del amplio abanico de las edades, pasamos por poemas de educación sentimental como Adolescencia, por poemas de crianza como Lo que pasa cuando te acuestas donde le lee un cuento a su hijo antes de acostarlo, pasamos también por los tiras y aflojas de la vida conyugal en los que hay también tiempo para el remanso: "Hecha un ovillo, duerme, que agradezco tu peso, / compartir por un rato el dulce no hacer nada".

Como contrapeso vital nos encontramos, en escenas que recuerdan al cine, con poemas dedicados a los que partieron. Impresiona ese armario cuyo olor reconocible actúa como consejero, o el momento en que la madre, como una pintura del Greco, se levanta con el último aliento a atender la llamada del personaje invisible que viene a buscarla desde el más allá. En El último mohicano es el poeta quien convoca a sus muertos y consigue que nos resulten casi tangibles. La rúbrica final resuena a Garcilaso: "Y de nuevo los nombro para darme ese gusto / de darles gusto a ellos / antes que el tiempo airado / cubra de nieve esta heredad que somos".

Hay más homenajes a poetas, bien entreverados con el discurrir de los versos. Algunos son muy evidentes, como el titulado ¿Por qué me trajiste padre a la ciudad? o como el poema conversado con Antonio Machado que se titula Carta al maestro que en cierto momento afirma: "nunca en España / nos faltarán tiranos / de esos que van con la escopeta al hombro / y disparan a todo lo que vuela / sin distinguir los versos de los pájaros".

El porque sí rotundo de la vida

Tampoco faltan en este poemario poliédrico los poemas meditativos como Guardar silencio, que parece escrito para cualquier guerra, pero también para ciertas sesiones del Congreso de los Diputados: "No existe acción más pura: / callar, y que el silencio / adelante su obra, / que lo que ha sido vuelva a parecerse / a lo que otra vez / será tarde o temprano". Por ser el más breve de todos los poemas, impresiona la contundencia de La eternidad: "Parece / más grande / cuando eres pequeño. / Cuando te haces / adulto, / se reduce a la nada / pero aún da / más miedo".

Quizá los dos poemas más excéntricos, y no por ello menos interesantes, sean Hambre y Siervo de su gloriosa majestad. El primero es una versión muy libre de un antiguo poema de los esquimales de Thule. La anécdota que relata es tan estremecedora que te deja literalmente sin palabras. En cuanto a Siervo…, que forma parte separada del libro, está escrito a la manera de un poema épico en el que el personaje se queja con sorna de que no consigue dejar de servir a la poesía, a la que describe como una reina británica, caprichosa e inconstante.

Antonio De Pablos García.

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