Resaca postvacacional: ¿Echamos de menos el pueblo o la vida que imaginamos allí?
“Volver del pueblo a la ciudad después de haber estado todo el verano allí es una de las peores sensaciones que existen durante todo el año”; “Top peores sentimientos: volver a casa después de estar en tu pueblo en verano”; “Nada se siente peor que la vuelta a casa después de todo el verano en tu pueblo”... Con la llegada de septiembre, las redes sociales se llenan de publicaciones nostálgicas que intentan alargar un poco más la sensación de felicidad que dejan las vacaciones.
Durante los meses estivales, muchos españoles hacen las maletas —por motivos económicos, familiares o sentimentales— y se dirigen al lugar donde crecieron ellos o sus familias. Es cuando se acaban estos días de vacaciones y toca volver al trabajo o a los estudios cuando gana terreno la nostalgia. “La resaca postvacacional golpea duro. La vuelta a la rutina cuesta después de haber vivido la mejor semana del año, que son las fiestas de mi pueblo”, comenta Irene, que veranea en Ciudad Real entre Argamasilla de Alba y Tomelloso. Cuando llega el final del verano, muchas personas empiezan a imaginar cómo sería alargar unos meses más esa vida allí, o incluso quedarse todo el año.
La idealización de la vida en el campo frente a la ciudad que aparece en tantos vídeos de TikTok y publicaciones de Instagram tiene, en realidad, una larga tradición a sus espaldas. Ya el poeta romano Horacio, con su beatus ille, ensalzaba una vida alejada del “mundanal ruido” unida a la crítica a la complejidad y desigualdad de la vida urbana.
Otro ritmo de vida es posible
Volver de vacaciones siempre cuesta. Pero no todas las vacaciones provocan el mismo tipo de nostalgia. Pocos vuelven de recorrer una capital durante días pensando que podrían sostener para siempre las caminatas, las comidas fuera o el impulso de fotografiar cada esquina. Sabemos que ese ritmo es excepcional. Con los pueblos ocurre algo distinto. Hay algo que nos hace pensar que sí podríamos acostumbrarnos a los desayunos que se alargan, a madrugar para pasear sin prisa…
Para el filósofo Juan Evaristo Valls Boix, esa sensación de querer extender nuestra estancia en el pueblo no nace únicamente de la nostalgia, sino de la manera en que estos lugares conservan una relación distinta con el tiempo. Allí todavía sobreviven espacios que existen simplemente para encontrarse, conversar o descansar; hábitos como tomar la fresca, o sentarse en la plaza siguen articulando la vida cotidiana sin tener que justificarse por su utilidad.
Para Natalia, una joven de 27 años cuya familia creció en Besande, León, las prisas de la ciudad no se trasladan al pueblo. “El ritmo de vida allí es increíble, el hecho de que un trayecto de cinco minutos pueda convertirse en media hora porque vas parando cada cien metros a saludar a alguien me emociona mucho”.
Este cambio en la relación con el tiempo también se extiende al ocio. Irene destaca de sus veranos en Argamasilla de Alba la posibilidad de llevar una vida “mucho más calmada y sosegada” pero también “más económica”. “Mi pueblo lo asocio al ocio, pero muchos de mis planes son salir a tomar algo, ir al campo a pasear o ver el atardecer, mucho más económico que hacer planes en una gran ciudad, incluso gratis”, destaca. Y además, este es un ocio mucho más espontáneo que en la ciudad: “No llevas ese ritmo frenético, surgen planes de manera espontánea y como tienes todo al lado no hace falta que inviertas mucho tiempo en ir o en gestionar esos planes, fluye más”. Todo ello facilita una tranquilidad que, según asegura, también te permite “aburrirte, estar tranquilo y descansar mucho más”.
Entre lo que más se valora de la vida en el pueblo destacan la tranquilidad, el contacto con la naturaleza —tan escaso en algunas ciudades— o la comunidad. A Raúl, creador de contenido, lo que más le “fastidia” de volver a la ciudad es la falta de cercanía con sus vecinos: “Cuando paseas vas saludando a todo el mundo, da igual que le conozcas o no. ¿Tú de dónde eres? ¿Quiénes son tus padres? ¿Dónde está tu casa? Son preguntas que te pueden hacer perfectamente. Y cuando vuelves a la ciudad todo el mundo es un completo desconocido, no hablas con nadie”. Héctor, que vive en Barcelona y también veranea en un pequeño pueblo de León, añade que “al final en un pueblo todo el mundo se necesita y somos ‘alguien’, sin embargo en la ciudad eres un anónimo, a duras penas sabes quienes son tus vecinos”.
@raul.lvp La vuelta del pueblo nunca es fácil, pero esto para mí es de lo peor #pueblo #verano #vuelta ♬ Another Love: Piano with Rain - Andy Morris
Para algunas personas, además, no se trata solo de un lugar, sino de una etapa de la vida; los veranos de la infancia, el tiempo en familia, una época con menos responsabilidades. Rosa María Álvarez Barral, psicóloga venezolana con más de 38 años de experiencia, explica que esos recuerdos pueden quedar asociados a sensaciones de “bienestar, paz, alegría, disfrute”. La nostalgia, entonces, no miraría únicamente hacia un lugar, “también hacia una versión de nosotros mismos”.
Valls Boix sostiene en conversación con infoLibre que las vacaciones representan un momento sumamente valioso porque nos permiten movernos, desocupar nuestra identidad actual y apagar el ordenador con todos nuestros perfiles para intentar ser otra cosa. Es precisamente en estos periodos cuando pueden surgir preguntas fundamentales sobre cómo vivir, quiénes somos y cuál es nuestra relación con los demás. “Unas vacaciones radicales son las que se atreven a darle respuesta a estas preguntas, a intentar vivir de otro modo".
Intentar imaginar otra vida
“Nuestra idealización de los pueblos es una forma de vincular nuestro anhelo con una forma de vida alternativa: menos mediada por lo digital, con más sosiego, menos estrés, mejor calidad del sueño y más descanso”. De esta manera, Valls Boix apunta a algo que va más allá de la nostalgia por un lugar concreto. Quizá cuando imaginamos una vida en un entorno más rural no estamos pensando tanto en el lugar en sí como en la posibilidad de vivir de otra manera. Una vida con menos pantallas y menos ruido, pero también con más tiempo para divagar, conversar, pasear o simplemente no hacer nada. Por eso, durante unas semanas, el pueblo parece ofrecernos una respuesta.
Estefanía Salgado, psicóloga general sanitaria especialista en gestión emocional en Área Humana, identifica detrás de este anhelo de trasladarnos a los pueblos una “intuición valiosa sobre el tipo de vida que deseamos”. Es por ello por lo que la experta en desórdenes emocionales, estrés y ansiedad recomienda explorar esta aspiración con calma, tratando de distinguir “qué parte del bienestar procede del lugar y cuál del descanso, la desconexión, la compañía o el mayor control sobre nuestro tiempo”.
A diferencia de la ciudad, donde el reloj suele organizarse alrededor del trabajo, Valls Boix cree que los pueblos pueden “señalar un conjunto de hábitos que no tienen que ver con el trabajo y que sin embargo articulan la vida”. Esa dificultad para imaginar una vida que no esté organizada alrededor de lo laboral es precisamente una de las cuestiones que el filósofo aborda en JOMO (Anagrama, 2026): “Nuestra vida gira en torno al trabajo, carece de estructura y de propósito si no se articula por el trabajo y sus valores (...) Definitivamente, las tareas laborales invadieron los espacios íntimos”.
Valls Boix recoge en esta obra cómo el anhelo por desconectar es más evidente en las generaciones más jóvenes, “como una resistencia a la presión por estar al día de todo y llegar mágicamente a todas partes”. Es el caso de Héctor, que tiene 30 años y se imagina viviendo en su pueblo a corto plazo, y lo que más le atrae es que su vida “no se regiría por los ritmos desenfrenados de las capitales ni se vería tan limitada por el alto coste de la vida asociado a las ciudades”. Natalia añade que “aunque a los jóvenes nos vean como seres tecnológicos, hay mucha conciencia de la calidad de vida que se puede tener en una zona algo más rural”.
Esa fantasía de otra vida no surge de la nada. La psicóloga Álvarez Barral, explica que, al llegar al pueblo, las personas “cambian de rutinas, salen de la agitación de los horarios, agendas, presión de vida de trabajo” y se trasladan a un entorno que permite “reducir drásticamente el ritmo” y descansar. La mente acaba asociando ese lugar con el bienestar y el descanso, de modo que puede aparecer el deseo de permanecer allí. “Es un escape ideal para apartarse de la cotidianidad”, señala.
Natalia, que también se imagina viviendo en Besande a los 40 o 50 años, reconoce que tiene idealizada la vida que lleva allí en verano. La cercanía con la familia y los vecinos, el contacto con la naturaleza o incluso la posibilidad de tener un huerto son algunos de los motivos que la llevarían a quedarse. Pero también cree que, detrás de ese deseo, en realidad hay algo más: la búsqueda de una vida “más pausada, digamos que un término medio entre el pueblo y la ciudad”.
En esta línea, la psicóloga Salgado resalta que el “beneficio no procede solo de estar físicamente lejos” de las ciudades; “no necesitamos irnos lejos para legitimar el descanso”. “El pueblo puede facilitar determinadas condiciones, como un ritmo más pausado o menos estímulos, pero también podemos crear espacios de recuperación en otros contextos: establecer límites con el trabajo, proteger tiempos de ocio, caminar, reducir la conexión digital o reservar momentos de calma en la vida cotidiana”.
Del pueblo imaginado al pueblo vivido
La imagen que tenemos de los pueblos también ha oscilado históricamente entre dos extremos: el de un lugar tranquilo y alejado del bullicio de la ciudad y el de un entorno atrasado, cerrado o falto de oportunidades. Dos miradas aparentemente opuestas que, sin embargo, tienen algo en común: convierten el pueblo en un escenario y dejan en segundo plano a quienes lo habitan.
Para Valls Boix, la imagen idílica del pueblo puede resultar “tramposa, capciosa, falsa” cuando se construye desde una posición privilegiada: la de quien ha heredado una casa y puede permitirse ir los fines de semana o llega únicamente durante el verano. Esa mirada, centrada en lo rural como refugio, a menudo ignora la realidad de quienes viven allí.
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Vivir en un pueblo durante todo el año significa enfrentarse también a aquello que las vacaciones dejan fuera: encontrar trabajo, desplazarse, acceder a determinados servicios... En muchos municipios faltan empleo, transporte o servicios básicos, y la precariedad forma parte de la realidad cotidiana. De hecho, señala Valls Boix, también hay quienes regresan a los pueblos no porque hayan elegido esa vida más tranquila, sino porque no pueden asumir el precio de vivir en las ciudades.
La experiencia rural, además, tampoco es igual para todo el mundo. Bajo la palabra “pueblo” conviven muchas realidades: no es lo mismo volver cada verano a la casa familiar que haber nacido allí y marcharse por falta de oportunidades o por rechazo ante lo diferente. El pueblo que se presenta como refugio frente a la ciudad también puede ser un lugar atravesado por desigualdades y dificultades.
En definitiva, quizá la pregunta que queda después del verano no sea tanto si seríamos más felices viviendo en un pueblo, sino qué es exactamente lo que echamos de menos cuando pensamos en quedarnos allí: más tiempo, menos trabajo, conversaciones que no caben en la agenda, paseos sin destino, más contacto con nuestro círculo... Es por ello por lo que Salgado recuerda: “No significa que todo el mundo necesite irse a vivir a un pueblo, ni que una vida urbana sea incompatible con estas experiencias. Más bien puede ser una señal útil: quizá necesitamos incorporar de forma más estable momentos de pausa y actividades que no estén orientadas al rendimiento. El interés por esos planes sencillos puede ayudarnos a preguntarnos qué estamos echando de menos en nuestra rutina y qué cambios pequeños, realistas y sostenibles podríamos introducir en ella”.