El cuerpo como territorio de poder: cómo el capitalismo, el género o la clase se inscriben en nuestra piel

Esculturas del Partenón de Atenas en el Museo Británico de Londres.

A menudo hemos pensado el cuerpo como aquello que nos individualiza: lo que nos distingue de los demás y define a la persona que lo habita. Durante siglos ha sido nuestra principal forma de estar y reconocernos en el mundo, una superficie aparentemente propia que nos diferencia de otros —algo que parece parcialmente desplazado por la tecnología—.

Pero esa individualidad convive con todo aquello que nos sitúa dentro de una sociedad: el cuerpo lleva inscritas la clase social, el género, la ascendencia o la etnia, y con ellas también las relaciones de poder que determinan cómo somos vistos y qué lugar ocupamos en el mundo. 

El cuerpo como lugar de disputa

No todos los cuerpos ocupan el mismo lugar en el mundo ni han aprendido a moverse de la misma manera por él. Para la filósofa argentina Carolina Meloni, “el cuerpo es un lugar de disputa”. Rechaza la idea de que el cuerpo sea únicamente una ”herramienta puramente individual”, ya que también lo considera una “construcción histórica y social”. 

La historia del pensamiento “occidental clásico” ha disociado el cuerpo de la razón, relegando la corporalidad a una especie de segundo plano. Sin embargo, Meloni reivindica nuestra realidad como “sujetos encarnados”. Recuerda que “pensamos con el cuerpo, amamos con el cuerpo… forma parte de lo que somos, de lo que sentimos y de lo que deseamos”. Por eso, es importante atender a esa relación de ida y vuelta: nuestro cuerpo influye en cómo somos percibidos y en el lugar que ocupamos en el mundo, pero también nuestra posición social, nuestro género o nuestro origen condicionan cómo habitamos y experimentamos nuestro propio cuerpo.

“En el cuerpo hay una serie de intersecciones que tienen que ver con el género, con el lugar que ocupamos, con la clase social que habitamos, con cómo somos percibidas por los otros… Si eres percibida como una mujer migrante, racializada o trans, esto hace que tu cuerpo ocupe un lugar dentro de un sistema de opresiones que puede hacer de él un lugar difícil de habitar”, explica en conversación con infoLibre.

El cuerpo convierte así en experiencia concreta cuestiones que a menudo se discuten de forma abstracta. La clase, el género, la racialización o la posición social no se quedan fuera de él: afectan a cómo somos percibidos, a los espacios que podemos ocupar y a la manera en que aprendemos a movernos por ellos. Para Valerio Rocco, director del Círculo de Bellas Artes, el cuerpo “marca de manera indisoluble lo que somos”, también desde una dimensión social. La sociedad impone una fuerte normatividad y cánones físicos —desde la altura o el peso hasta el color de piel— que determinan qué cuerpos son aceptados y cuáles quedan fuera de la norma. No cumplir con estos cánones genera discriminación, estigmatización y exclusión, pudiendo apartar a personas de la comunidad exclusivamente por su cuerpo.

La “doble dimensión” del cuerpo

Si el cuerpo es individual y al mismo tiempo está atravesado por lo social, ¿podemos seguir pensando en él como algo exclusivamente individual? Para el filósofo Javier Moscoso, el cuerpo posee una “doble dimensión”. El también codirector del Festival de las Ideas recupera para explicarla la distinción platónica entre el cuerpo físico —fisiológico, individual— y el cuerpo político —la representación de las comunidades, la sociedad y el Estado—. Una distinción que encuentra un ejemplo paradigmático en la figura del “doble cuerpo del rey”: por un lado, está el cuerpo físico e individual de la persona que ocupa la monarquía; por otro, el cuerpo político que encarna la institución.

Esta doble dimensión permite pensar que aquello que sucede a los cuerpos individuales no queda necesariamente reducido a una experiencia privada. En un contexto de creciente individualismo, para Valerio Rocco se vuelve fundamental reflexionar sobre qué es una comunidad y un cuerpo social. Esto implica reconocer que existen derechos, deberes, obligaciones o dimensiones colectivas —como la injusticia y la desigualdad— que, aunque no afecten directamente a nivel individual, sí impactan en el cuerpo social.

La pertenencia a un cuerpo colectivo tampoco es neutra. Los individuos pueden ser considerados “agentes positivos de enriquecimiento de ese cuerpo social” o, por el contrario, “agentes patógenos que deben ser combatidos y repelidos”. La forma en que una sociedad mira, clasifica y trata determinados cuerpos acaba convirtiendo la discriminación en algo corporal —algo que Rocco encuentra ejemplificado en la cuestión migratoria—. 

El poder también moldea nuestros cuerpos, deseos y placeres

El poder no solo se inscribe en los cuerpos desde fuera. También interviene en la manera en que aprendemos a habitarlos: cómo ocupar un espacio, cuánto mostrar, qué esconder o incluso qué cuerpos consideramos deseables. La educación corporal tampoco es igual para todos. Según el filósofo Juan Evaristo Valls, autor de JOMO y editor de Dolor Capital y Placer Común, según la clase social, el cuerpo es educado de manera desigual: mientras que en ciertos sectores se le enseña a "mostrarse" y "expandirse", en otros está condicionado para "desaparecer" y "no hacerse ver".

Las intersecciones del cuerpo —el género, la clase social o cómo somos percibidos— hacen que incluso la vivencia del placer o del goce sea distinta. Para Carolina Meloni “se da una jerarquía ontológica” por la que “algunos cuerpos están destinados a disfrutar del ocio, porque son de una clase media alta u ocupan un lugar en el mundo”, mientras que “hay otros cuerpos a los que se ha excluido totalmente del goce, que son precisamente los que sostienen el mundo (los cuerpos feminizados, migrantes, empobrecidos…)”.

Pero el poder puede actuar en un terreno todavía más íntimo: el del deseo. El filósofo Paul B. Preciado ha analizado cómo las formas contemporáneas de poder no se limitan a prohibir o disciplinar los cuerpos, sino que también participan en la producción de subjetividades, sexualidades y deseos. En Testo yonqui, Preciado habla de un régimen “farmacopornográfico” para referirse a la intervención de las tecnologías farmacológicas y pornográficas sobre los cuerpos y sobre nuestra relación con el sexo y el placer. El cuerpo deja así de ser únicamente aquello que el poder controla para convertirse también en un lugar donde el poder produce deseos. 

Valls ubica esta realidad en “el capitalismo propio de las sociedades de consumo ya avanzadas” o “neoliberalismo”. Asegura que este sistema “nos gobierna a través del placer y de nuestro deseo”; no nos pide tanto obedecer, sino gozar, consumir, cumplir nuestros sueños… No se trata de imponer conductas, sino de conseguir que participemos en ellas porque las percibimos como elecciones propias, y sobre todo como una fuente de disfrute. 

Carolina Meloni —que protagonizará junto a Valls la conversación La revolución del placer en el Festival de las Ideas— advierte de que el capitalismo actual ha estructurado un "goce mercantilizado" y "muy artificial", que se sostiene a través del consumo, los likes.... Para la filósofa, este es un "goce claramente ficticio" porque opera bajo la "lógica de la carencia", atrapándonos en una dinámica que hace que siempre necesitemos más. 

No solo se ven afectados los deseos de los cuerpos, sino también la relación que mantenemos con ellos. La industria del wellness, sostiene Valls, promueve junto al capitalismo una concepción “puramente individual” del cuerpo, entendido como un “repositorio de valor”, como fuerza de trabajo o capital humano en el que hay que invertir. Cuidarlo, mejorarlo, optimizarlo y convertirlo en una versión más productiva de sí mismo puede terminar formando parte de la misma lógica que lo convierte en objeto de consumo. Está de acuerdo Meloni, quien señala que el sistema nos empuja a "vivir encerrados en nuestras individualidades como si fuéramos un sujeto deseante único", lo que fragmenta los lazos comunitarios y genera "muchísima soledad, aislamiento y también malestar".

El cuerpo como lugar de resistencia

Si el poder intenta producir sujetos afines a sus necesidades, el cuerpo puede ser también aquello que se le escapa. Para Juan Evaristo Valls, ante un sistema que busca moldearnos, “el cuerpo es el primero que se evade”: actúa como una parte inconsciente desde la que es posible resistir. No siempre lo hace de manera deliberada ni a través de un discurso: “El cuerpo no deja de hablar, aunque no lo haga con la razón”. El estrés, el insomnio o el cansancio pueden convertirse así en formas en las que el cuerpo manifiesta aquello que no hemos sabido o podido expresar de otra manera.

“Mi cuerpo tiene ideas y razones que yo no tengo”, sostiene el filósofo, recuperando una formulación de Roland Barthes. Escuchando nuestro cuerpo podemos lograr “distancia y disonancia entre nosotros y la posición del sujeto que se nos ha instado a ocupar para estar en una sociedad, distancia que se vuelve indispensable en un sentido crítico y político para hacer un cuestionamiento de los órdenes”. Pensar el cuerpo de esta manera supone dejar de entenderlo como un objeto pasivo sobre el que actúan las estructuras sociales y reconocer también su capacidad para desbordarlas.  

También para Meloni “recuperar el cuerpo como un espacio político es una vía fundamental para romper con las opresiones sistémicas”. Recuperación que también debe incluir el placer. Frente a un sistema que convierte el goce en mercancía y lo pone al servicio del consumo, Valls plantea la necesidad de “politizar el goce” y “disputar al capitalismo el concepto de placer”: imaginar un deseo que no esté orientado únicamente a producir, consumir o acumular experiencias, sino a habitar, vincularse con los demás, parar y descansar.  

La resistencia, entonces, no tiene por qué consistir siempre en enfrentarse al poder de manera frontal y directa. También puede consistir en volver a encontrarnos. En recuperar espacios para estar juntos, para hacer cosas que no tengan una finalidad productiva, para compartir el placer y también la vulnerabilidad. Javier Moscoso propone, en este sentido, algo tan sencillo como revelador: encontrarnos en la plaza pública y tomarla —algo que el codirector del Festival de las Ideas busca con este evento—. Quizá una de las formas más radicales de recuperar el cuerpo sea precisamente dejar de vivirlo como una experiencia exclusivamente individual y volver a ponerlo en común. 

Pensar con el cuerpo

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Se ha tendido a pensar el cuerpo como un objeto sobre el que reflexionar, casi como algo de carácter pasivo. Pero ¿qué ocurre si, en lugar de pensar sobre el cuerpo, pensamos desde él, con él, como él? Para Valls, uno de los grandes legados del pensamiento europeo u occidental del siglo XX ha sido precisamente ese desplazamiento: “pensar desde el cuerpo, pensar con el cuerpo, pensar cómo el cuerpo”. Atender a la lucidez del cuerpo permite cuestionar incluso el lugar desde el que pensamos y, en palabras de Jean-Luc Nancy, “devolver el peso al pensamiento”.

Pero pensar desde el cuerpo implica también reconocer que no existe un cuerpo completamente aislado de los demás. Vivimos, señala Valerio Rocco, en una sociedad que nos hace creer que podemos bastarnos a nosotros mismos, algo que se acrecenta por las formas de socialización cada vez más superficiales que ofrece la tecnología. Pero frente a esa ilusión de autosuficiencia, “la fragilidad, la herida y la vulnerabilidad” recuerdan nuestra interdependencia. “La vulnerabilidad es lo que nos hermana a todos”, sostiene Rocco. No debemos olvidar por ello que el cuerpo es, precisamente por eso, una “herramienta muy potente para generar vínculos”: aquello que nos hace vulnerables también puede recordarnos que necesitamos a los demás.

Estas preguntas que atraviesan el cuerpo —cómo el poder lo moldea, cómo puede resistir, qué lugar ocupa el deseo, qué nos hace vulnerables y qué posibilidades abre para pensar con otros— estarán también presentes en el Festival de las Ideas, que se celebrará en Madrid del 17 al 21 de septiembre. Filósofos como Juan Evaristo Valls, Carolina Meloni, Javier Moscoso y Valerio Rocco, junto a otros pensadores como Paul B. Preciado, Édouard Louis o Zadie Smith, reflexionarán sobre qué significa habitar un cuerpo y qué posibilidades se abren cuando dejamos de pensarlo como un objeto que poseemos y empezamos a entenderlo como el lugar desde el que vivimos, sentimos y pensamos el mundo.

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