'El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla

Cubierta de 'El sur', novela de Tash Aw.

Tash Aw (traducción de Álex Gibert)

En una plantación abrasada por la sequía, bajo un sol que parece capaz de incendiar el país entero, dos muchachos caminan entre árboles enfermos que pronto serán talados. Allí, en medio de la maleza reseca y el olor a corteza viva, el deseo irrumpe con la misma violencia silenciosa que se cierne sobre la naturaleza. Años después, ese instante —breve, torpe e irreversible— seguirá proyectando una alargada sombra.

Tash Aw compone en El sur una novela de iniciación y memoria que es también el retrato de Malasia, un país en transformación. A finales de la década de 1990, la familia de Jay, un joven malasio de 16 años, viaja al sur del país. La madre, Sui Ching, ha heredado de su suegro una finca en decadencia, administrada por Fong y su hijo Chuan, que se convertirá en epicentro de tensiones, secretos y revelaciones largamente postergadas.

El autor explora así las jerarquías invisibles y las lealtades ambiguas que sostienen —y asfixian— a unos personajes que intentan encontrarse a sí mismos en un espacio donde confluyen la memoria colonial, la desigualdad persistente y la promesa incierta de un futuro mejor.

infoLibre ofrece en exclusiva a sus lectores un adelanto de El sur, una novela sobre el desarraigo, la herencia invisible del pasado, la necesidad de pertenecer y el impulso de huir, que llegará a las librerías el 2 de septiembre de la mano de Anagrama.

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El campo desfilaba a nuestro lado: la selva cedió paso a unas plantaciones de palma aceitera antes de recuperar el terreno de un verde monótono, con una densa masa de vegetación salpicada de pequeñas urbanizaciones más o menos apartadas de la carretera. Viejas y adolescentes se lanzaban a la calzada en sus ciclomotores y a veces parecía que las íbamos a atropellar, pero siempre torcían justo a tiempo. En todo caso, no íbamos muy rápido y ellas tampoco; el calor lo ralentizaba todo. Ni siquiera los perros callejeros que paseaban por el asfalto se molestaban en trotar.

El polvo entraba por la ventanilla abierta y me dio un ataque de tos. Chuan rebuscó en el bolsillo lateral de su asiento y me tendió una botella de agua a medio beber que estaba asquerosamente caliente, pues debía de llevar allí un buen rato.

–No estás acostumbrado al calor –dijo.

–No hace más calor aquí que en casa.

–Pero seguro que no pasas mucho tiempo fuera cuando estás allí.

Se volvió hacia mí y paseó la mirada de mi cara a mis brazos y mis rodillas, como para asegurarse de que estaba tan mal preparado para el clima como él suponía.

–¿Volviste tarde a casa anoche? –pregunté, dispuesto a disculparme por haber usurpado su cama.

–No volví.

Buscó a tientas el paquete de Marlboro que se había caído entre los asientos, pero se lo pesqué yo. Al abrirlo, vi que solo quedaba uno. Lo saqué, se lo di y estrujé el paquete. Él se lo encajó entre los labios y sacó el mechero del bolsillo.

–Ya compraremos más en el pueblo –murmuró.

–¿Dónde pasaste la noche?

No supe si sonreía o era solo su manera de dar una calada al cigarro.

–En casa de una amiga, cerca del trabajo. Hacía el turno de noche y acabé tarde. No valía la pena volver a esa hora.

–¿Una amiga?

–Una amiga. ¿No tienes amigos, tú? Lo hago siempre que curro hasta tarde, al día siguiente libro y duermo hasta las mil o vengo a ayudar en la finca, si hay algo que hacer. Como hoy. Pero no será por mucho tiempo, porque yo me voy de aquí. Bien lejos, puede que a Singapur.

–¿Y qué hará tu padre?

Se encogió de hombros.

–El viejo hace lo que quiere con su vida y yo hago lo que quiero con la mía.

–¿Qué vas a hacer en tu día libre?

–Cuántas preguntas... ¿Eres siempre así de cotilla?

Nos acercábamos ya a las afueras del pueblo, las aldeas daban paso a hileras de casas de una sola planta que bordeaban las calles: el mismo tipo de viviendas que se veían por todo el país, en el mismo tipo de suburbio residencial de cualquier localidad de provincias. No tenían más de 20 o 30 años, pero estaban bastante deterioradas, con la pintura blanca cubierta de moho y los desagües obstruidos por la maleza y pequeños diques de bolsas de plástico, latas y otros desperdicios.

En el semáforo, Chuan asomó la cabeza por la ventanilla y silbó para llamar la atención de alguien. Lo hizo juntando dos dedos bajo la lengua como un actor de cine, y el silbido, repentino y fortísimo, me sobresaltó. Una chica se dio la vuelta y levantó la cabeza; si antes caminaba cabizbaja, como si quisiera medir la distancia entre cada paso que daba o evitar los hoyos del pavimento, ahora permanecía inmóvil. Chuan silbó de nuevo y ella saludó con la mano antes de acercarse al camión. Llevaba unas gafas de sol enormes y un flequillo teñido del mismo rubio arenoso que Chuan.

–¿Tu viejo ya te ha vuelto a esclavizar? –dijo.

–Es mi sino –dijo Chuan–. Pero mira, ya que te preocupas tanto por mí, le diré que la próxima me sustituirás. Te sacarás un extra por los servicios nocturnos.

La chica se subió las gafas a la cabeza. Al reír, se le formaron arrugas en torno a los ojos y en el entrecejo.

–Muy gracioso –dijo y agregó, señalando con la barbilla en mi dirección–: ¿Quién es el chaval?

–Un primo mío –dijo Chuan.

–¿Tienes un primo? Primera noticia. ¿Por parte de padre o de madre?

–¿A qué viene hoy tanto interrogatorio? En realidad no es mi primo, solo un pariente lejano que está de visita.

Los coches de detrás se habían puesto ya a tocar el claxon, pero Chuan no se daba por enterado; empezaron entonces a adelantarnos por el carril contrario, acelerando y pitando con más rabia al pasar.

–¿Te veo esta noche? –dijo la chica mientras Chuan ponía la primera.

–¡Quién sabe! –le gritó mientras nos alejábamos.

Ella soltó un taco que no alcancé a oír y Chuan lanzó una carcajada.

–¿Es tu novia? –le pregunté.

–¿Por qué eres tan cotilla?

Las calles del pueblo, de una anchura sorprendente, hervían de coches y ciclomotores, pero muchas de las tiendas habían cerrado definitivamente y sus escaparates estaban pintados por dentro con una cal blanquecina, de modo que era imposible distinguir qué clase de negocios prosperaba en los espacios vacantes. En los cristales habían pegado carteles de vivos colores, con el nombre y el teléfono de agentes inmobiliarios, que anunciaban su venta o alquiler, aunque era obvio que no había muchos interesados; no era de extrañar que Chuan confiara en encontrar en el pueblo alguna habitación de alquiler. A la entrada de un banco había una larga cola de clientes esperando pacientemente para entrar. Habían tapiado el cajero automático con maderos y supuse que aquella gente quería sacar algo de efectivo.

–Se llama Jessie –dijo Chuan por fin, sin responder a mi pregunta–. Antes trabajábamos en el mismo sitio.

Al llegar nos encontramos al mayorista esperando junto al mercado. Tenía la piel lisa, brillante, y los ojos muy hundidos en las mejillas.

–Llegáis tarde –refunfuñó–. No sé ni por qué me molesto en ser puntual.

Me apeé y me dirigí a la parte trasera del camión, dejando que Chuan hablara con él. No quería ser testigo de su conversación: el tipo parecía a punto de ponerse grosero y tenía miedo de la reacción de Chuan, del conflicto que pudiera estallar.

Budi empezó a tendernos las cajas a Eka y a mí desde la plataforma. Siguiendo el ejemplo de Eka, fui dejándolas en un rincón a la sombra, ahí al lado. No pesaban tanto y me sorprendió la soltura con la que me desenvolvía. El comerciante se acercó a la parte trasera del camión y observó la operación de descarga.

–¿Eso es todo? –dijo–. Tu padre me prometió el doble de lo que trajisteis la última vez.

Chuan encajó el comentario con una risa y pensé que quizá lo había malinterpretado todo, que no entendía cómo se comunicaba la gente del campo. A lo mejor estaban de broma.

–Te estamos vendiendo la mejor fruta del mundo –dijo Chuan.

Cuando pasó junto al comerciante fue a darle una palmadita amistosa en la espalda, pero el hombre le apartó la mano.

–No te hagas el loco. Cada remesa que me traes es más pequeña que la anterior. Se está yendo a pique esa finca de mierda que tenéis.

Cogí una caja que me tendía Budi y al girarme tropecé con una piedra. No la sueltes, pensé mientras caía, no la sueltes. Fui a aterrizar sobre una rodilla antes de caer hacia delante, luego la barbilla se me enganchó en el lateral de la caja, que se me escurrió finalmente entre las manos. Qué estampa más extraña, pensé, todas esas frutas ovaladas rodando de cualquier manera por el suelo polvoriento de la calzada. El comerciante se agachó y recogió una. Se la puso a Chuan en las narices y dijo:

–Mira qué birria. Es más pequeña que tu picha. Me estás tomando el pelo. Te doy 500, ni un céntimo más.

Recogimos la fruta desperdigada y terminamos de descargar el camión. Luego paramos en un colmado para comprar tabaco y unos baos de pollo. Chuan se acercó a las neveras y sacó tres botellas de Carlsberg. Cuando me preguntó qué quería le dije que lo mismo que ellos, pero se echó a reír.

–Estás de broma –dijo y me compró una Pepsi.

Nos acabamos fuera nuestras bebidas y Chuan le dio a cada jornalero un billete de diez ringgits.

–Lo siento –le dije a Chuan en el camino de vuelta.

–¿Por qué? Tú no tienes la culpa de que el tío sea un capullo.

–No sé cómo dejé caer esa caja. Todo iba bien y al cabo de un momento estaba por el suelo.

–No es para tanto. De todas formas, no nos la ha pagado.

–Ya lo sé. Aun así, lo lamento.

Se volvió para mirarme y entornó un poco los ojos, concentrándose, como si reparase en mí por primera vez.

–Estás sangrando –dijo, tocándose la barbilla para indicarme dónde estaba la herida. Cogió una toallita que tenía embutida entre el salpicadero y el parabrisas y me la tendió. Cuando me la llevé a la cara, estaba caliente.

–Lo peor de todo –dijo– es que el muy capullo tiene razón. La finca se nos muere.

Chuan volvía a mirar la carretera y palpaba ahora en busca del paquete de cigarros que se había escurrido de nuevo entre los asientos. Lo cogí y le di uno, como había hecho antes.

–Mi padre no podrá apañárselas, ni conmigo ni sin mí. La sequía de este año lo ha matado todo.

–Es el Niño –dije–. No me preguntes por qué, pero lo llaman así.

–¿Qué coño es eso?

Le expliqué que era un fenómeno climático cíclico causado por el movimiento de las corrientes cálidas del Pacífico. Le repetí lo que había leído en los periódicos y había visto en la tele: estábamos padeciendo el episodio más severo del Niño jamás registrado. No era solo aquí en el campo donde había escasez de agua: también en la ciudad nos cortaban a veces el suministro. Abrías el grifo y no salía más que un hilillo de agua marrón terrosa. En otras partes del mundo había inundaciones terribles. Media China estaba anegada.

Chuan escuchaba atentamente, echándome una mirada de vez en cuando.

–Ah –dijo–, así que el Niño nos está dando por culo a todos.

Nos reímos. El Niño aquel era un hijo de puta peligrosísimo.

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Las carreteras se iban vaciando a medida que nos acercábamos a la finca. Ya solo pasaban unos pocos coches en sentido contrario, rumbo al pueblo. Empezaba a reconocer algunos puntos de referencia que indicaban el camino: la colina en forma de triángulo escaleno, la casa de madera abandonada en medio de un campo de maleza, el cartel descolorido que anunciaba una crema de blanqueado facial. Las modelos seguían sonriendo, blanqueadas por el sol; el papel se había despegado y donde antes estaba la oreja de una de ellas se abría ahora un gran orificio por el que se veían los árboles del fondo, como si estuviera escuchando la selva. Pensé que si me perdía bastaría con buscar a la modelo de la oreja hueca para encontrar el camino de vuelta.

–¿Vuelves esta noche a casa o te quedas con tu amiga? –le pregunté.

Se volvió hacia mí, esbozó una sonrisa y le dio una última calada al cigarro antes de tendérmelo. El humo que salía de la brasa trazó en el aire un signo de interrogación.

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