Los Estados del Golfo rediseñan su seguridad tras los ataques de EEUU e Israel a Irán

El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan (a la izquierda), el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman (en el centro) y el primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif, en La Meca, el 7 de agosto.

Gwenaelle Lenoir (Mediapart)

Se ha celebrado una cumbre tripartita en La Meca que ha reunido a Arabia Saudí, Pakistán y Turquía. En paralelo, se ha firmado un acuerdo sobre la navegación en el Estrecho de Ormuz entre Irán y el Sultanato de Omán. Pero también han hundido un buque indio en el mar Rojo y se ha recrudecido el conflicto entre los hutíes (aliados de Irán, que controlan Saná) y Arabia Saudí: dos petroleros saudíes han sido blanco de misiles balísticos, uno en el mar Rojo y otro en el golfo de Adén.

El tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz ha disminuido con respecto a la semana anterior. Mientras, el presidente estadounidense anuncia, por enésima vez, el fin “muy próximo” de la guerra entre su país e Irán. Ya nadie le cree.

Esta primera semana de agosto de 2026 ofrece por sí sola un panorama de las turbulencias de Oriente Próximo y Medio Oriente, así como de los intentos de los Estados de la región por salir de ellas. A pesar de sus intereses dispares, estos Estados intentan esbozar la arquitectura de un nuevo sistema de seguridad regional capaz de restablecer la estabilidad indispensable para sus economías, altamente dependientes de las exportaciones de hidrocarburos.

Estas potencias regionales sufren directamente las repercusiones del ataque lanzado contra Irán por Washington y Tel Aviv hace unos meses. Y ven frustrados sus proyectos de desarrollo, basados en la captación de inversiones masivas.

Desde el 28 de febrero de 2026, el caos en materia de seguridad ha sustituido, de hecho, a una estabilidad construida gracias al paraguas americano y a los acuerdos de defensa —en algunos casos muy antiguos— entre los Estados de la península Arábiga y Estados Unidos, y mantenida, según creen los inversores, por regímenes autocráticos reacios a cualquier tipo de contestación.

Las represalias de Irán contra los aliados de Estados Unidos en Oriente Medio, previsibles, afectaron en primer lugar a los países de la Península Arábiga. Lejos de calmarse tras la firma del protocolo de acuerdo del 17 de junio, que se suponía que abriría el camino a la resolución del conflicto, los ataques se han extendido tras el fracaso de las negociaciones posteriores.

Jordania, que alberga instalaciones militares estadounidenses, fue atacada en varias ocasiones durante el mes de julio. Egipto evitó por los pelos una catástrofe de grandes proporciones cuando un dron de procedencia no establecida oficialmente atacó dos buques de transporte de gas en el puerto de Damieta, en el mar Rojo, el 29 de julio.

Sustituir el “paraguas” americano

Estados Unidos ha pasado, pues, de ser garante de la seguridad a fuente de inestabilidad. Sobre todo porque no suele consultar a sus aliados árabes antes de atacar. La Administración estadounidense, y Donald Trump en primer lugar, es considerada por los dirigentes de Oriente Medio como poco fiable y excesivamente alineada con los intereses israelíes. Así, Teherán sabe perfectamente cómo abrir brechas en la histórica alianza entre los Estados del Golfo y Estados Unidos.

“El cálculo iraní consiste precisamente en presentar la alianza con Estados Unidos como portadora de amenazas y en que el establecimiento de bases militares estadounidenses, junto con importantes acuerdos, ya no se perciba en absoluto como una póliza de seguro. Los dirigentes iraníes han logrado demostrar que, con un dron de unos pocos miles de euros, es posible desestabilizar acuerdos de defensa que cuestan miles de millones”, analiza Hasni Abidi, especialista en Oriente Medio y director del Centro de Estudios e Investigaciones sobre el Mundo Árabe y el Mediterráneo (Cernam) de Ginebra.

“La cuestión es que no existe una alternativa inmediata a esta alianza para los países del Golfo. Necesitan tiempo para construir un nuevo sistema de seguridad”, añade.

Los países del Golfo se han visto obligados a plantearse un nuevo diseño de la seguridad regional

Hasni Abidi, director del Cernam

La guerra de febrero ha reforzado en los países árabes la idea de que Irán es también un factor de desestabilización. Pero ahora están convencidos de que no es el único. La presidencia de Trump lo es igualmente. Y también Israel, que no deja de estar en guerra desde el 7 de octubre. “A excepción de los Emiratos Árabes Unidos, que han ido muy lejos en su normalización con Israel, y de Baréin, por cuestiones confesionales, los Estados del Golfo consideran a Israel un agente desestabilizador”, añade Hasni Abidi. “Son las consecuencias del 7 de octubre, con la voluntad manifiesta de Benjamín Netanyahu de remodelar Oriente Medio, tal y como él mismo ha dicho, los ataques israelíes en Siria y el Líbano, y la continuación de la maquinaria bélica israelí en la Franja de Gaza, a pesar del acuerdo de alto el fuego de Sharm el-Sheikh de octubre de 2025. Los países del Golfo se han visto obligados a plantearse un nuevo diseño de la seguridad regional”.

La recomposición del orden regional se lleva a cabo poco a poco y de forma fragmentada. En lugar de un nuevo eje de seguridad, se están forjando alianzas múltiples y diversas. En primer lugar, porque no existe una línea política única, ni siquiera entre los aliados de Estados Unidos y del Consejo de Cooperación del Golfo.

Así, los Emiratos Árabes Unidos miran hacia Washington, Tel Aviv y Nueva Delhi. Una elección establecida desde hace tiempo, reafirmada por su adhesión a los Acuerdos de Abraham —que oficializan y profundizan la normalización con el Estado hebreo— y reforzada por su ruptura con Arabia Saudí, antes aliada.

De hecho, prescindir de Estados Unidos supone todo un reto. Sobre todo, subraya de nuevo Hasni Abidi, porque “se desconoce el desenlace del conflicto contra Irán, que ha puesto al descubierto el sistema internacional y regional. Seguimos siendo testigos de este pulso entre Irán y Estados Unidos, especialmente en lo que respecta al estrecho de Ormuz”.

Riad, potencia militar y económica de la región, desempeña más que nunca un papel fundamental en este inicio de la reestructuración de Oriente Medio. Refuerza su alianza con Pakistán, el único Estado musulmán que posee armas nucleares y con el que mantiene vínculos políticos, económicos y militares antiguos y sólidos.

El papel de mediador de Islamabad, respaldado por Donald Trump, en el conflicto entre Estados Unidos e Irán le confiere un papel fundamental en la reconfiguración en curso. Turquía, por su parte, también ha recuperado en la región una importancia que había perdido en cierta medida. Como mediadora junto a Catar entre Hamás e Israel, actor de primer orden en la nueva Siria y miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), resulta indispensable en el marco de una diversificación de las alianzas.

Los primeros indicios de una reorganización

Estos tres países se reunieron el viernes 7 de agosto en La Meca, la ciudad más sagrada del islam, para firmar un nuevo acuerdo de defensa trilateral, que se suma al que vincula a Islamabad y Riad desde septiembre de 2025. El nivel de las delegaciones pone de manifiesto la importancia de esta cumbre: Recep Tayyip Erdoğan, presidente turco, y Shahbaz Sharif, primer ministro pakistaní, se desplazaron hasta allí para firmar este pacto de defensa mutua junto a Mohamed bin Salmán, heredero del trono saudí y gobernante de facto del reino.

El comunicado publicado al término de la cumbre precisa: “Este acuerdo tiene por objeto reforzar la disuasión colectiva frente a cualquier acto de agresión y estipula que cualquier ataque armado contra uno de los tres Estados se considerará un ataque contra el conjunto de dichos Estados”.

Ya había allanado el camino la coalición entre Turquía, Egipto, Arabia Saudí y Pakistán, que se viene gestando desde hace varios meses y que se oficializó mediante una reunión de ministros de Asuntos Exteriores celebrada en Islamabad el 26 de abril de 2026. El pacto de hoy transforma una iniciativa diplomática en un acuerdo militar y de seguridad. Por el momento no está claro si el acuerdo de Yedá está destinado, en un futuro próximo, a ampliarse a Egipto u otros países, o si está concebido para seguir siendo un pacto trilateral.

La ruta alternativa al Estrecho de Ormuz para los petroleros saudíes, la que pasa por los puertos del mar Rojo y el canal de Suez, se ve también amenazada

Riad también quiere situarse a la vanguardia para garantizar la seguridad del comercio y las rutas marítimas. Hay que decir que Arabia Saudí se encuentra ahora en primera línea por partida doble: al cierre del Estrecho de Ormuz, en su flanco oriental, se sumó, el 21 de julio, la entrada en escena de los hutíes de Yemen, que han decretado un bloqueo marítimo del reino. La ruta alternativa para los petroleros saudíes, la que pasa por los puertos del mar Rojo y el canal de Suez, se ve también amenazada.

Uno de los buques afectados el miércoles 5 de agosto fue, además, atacado frente a las costas de Yanbu, terminal saudí de un oleoducto que transporta hidrocarburos desde los yacimientos petrolíferos del este hasta el mar Rojo, atravesando todo el reino.

Riad reaccionó una semana después de que los hutíes impusieran el bloqueo creando una nueva coalición internacional. Esta tiene como objetivo garantizar la seguridad de las rutas marítimas comerciales en el golfo de Adén —el estrecho de Bab al-Mandeb, entre la península Arábiga y el Cuerno de África, y el mar Rojo, hasta el canal de Suez—.

Esta coalición tiene su sede en Riad y el comandante de sus fuerzas militares es un contralmirante saudí. Este se felicitó, el jueves 6 de agosto, ante la agencia oficial de noticias saudí, por la presencia de 43 Estados en la conferencia de lanzamiento de la iniciativa. Por el momento, 14 de ellos, entre los que se encuentran Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania, se han adherido formalmente a la misma.

Esta reestructuración solo está en sus comienzos y no es seguro que Estados Unidos vaya a perder su papel preponderante. “Más bien han consolidado su posición en la región”, prosigue Hasni Abidi. “Ahí radica la gran paradoja de esta guerra. Irán, que pretendía presentar las alianzas militares con Washington como amenazas para los países del Golfo, en realidad los ha convencido de que Irán es un Estado conquistador, con ambiciones expansionistas peligrosas para ellos. Por lo tanto, buscan diversificar sus alianzas pero sin prescindir de los americanos”.

Por su parte, Washington quiere dar garantías a sus aliados de Oriente Medio, que se han visto muy afectados por la guerra que desencadenó sin siquiera consultarles. El martes 4 de agosto firmó con Ammán un acuerdo bilateral sobre una ayuda por valor de 306,7 millones de euros a lo largo de cuatro años, que se suman a los 1.250 millones de euros de una alianza estratégica de siete años que se extiende hasta 2029.

Lo que Yemen anticipa sobre la guerra en Oriente Medio

Unos días antes, el 22 de julio, Estados Unidos y Arabia Saudí habían puesto en marcha una alianza para facilitar la adquisición, por parte del reino, de un programa nuclear civil —una antigua reivindicación saudí—. Pero esta iniciativa se vio empañada por el cambio de postura de Donald Trump unos días más tarde, quien añadió requisitos más que restrictivos tras la reacción muy negativa de su aliado Netanyahu.

Este episodio lo que hizo fue convencer a Riad y al resto de países de Oriente Medio de la necesidad de forjar nuevas alianzas.

Traducción de Miguel López

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